Luis Octavio Vado - Paradojas

Paradoja personal – Luis Octavio Vado Grajales

Durante mucho tiempo creí que mi abuelo Luis era la influencia mayor de mi infancia, que su carácter y la manera de encarar las responsabilidades me habían marcado si no como una copia, al menos como una evolución pokémon, por decirlo así.

Pero poco a poco me he dado cuenta de la huella que dejo en mí mi abuela Arte, de una manera que se complementa y mezcla con la de mí abuelo. No es que dudara del amor mutuo que nos tuvimos, sino que pensaba que su influencia en mí había sido menor; sin embargo me he dado cuenta que no es así, que mucho de lo que ella fue se quedó en mí. Lo noto en cosas como gustos musicales, afirmaciones categóricas, cierta visión de la vida más realista (tal vez desencantada.

Incluso a veces lo percibo en gestos. Me veo repitiendo los de mi abuela.

Creo que no percibí esta influencia porque fue más sutil, incluso sin la intención de enseñar o de ejemplificar. La recuerdo cuando nosotros dos nos quedábamos a la sobremesa, ella con un café endulzado con leche condensada y fumando hasta dos cigarros, yo escuchando sus historias de familia inolvidablemente ya borradas, que se integraban en mi sin darme cuenta.

En esas sobremesas escuché lo mismo historias trágicas o tristes, y otras de mucha alegría; las contaba de forma precisa y directa, sin sumar adjetivos innecesarios. Para decirlo claro: las contaba como yo quisiera escribir este texto.

Brillaba en su narración, o en las reflexiones que hacía, una visión práctica de la vida. No negativa, ni amarga, pero tampoco llena de aspiraciones o ideales; tenía los pies lo suficientemente fijos en la tierra para dejar que un sueño la arrancara de la misma.

Pero esa visión no era descreída, tampoco estaba exenta de amor, ni de ocurrencias. Era la manera de ver las cosas de una mujer que nació a finales de los años veinte del siglo pasado, que tuvo una vida con periodos duros y otros mucho más amables.

Así, contrario a lo que pensaba, la influencia de mi abuela es algo que me formó y aún me forma. De manera sutil, como el agua que se cuela en la tierra sin prisa pero sin pausa, se integró a mí ser de forma que soy el que soy en buena medida porque ella fue la que fue.

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