Claudia Ivonne Hernández - Miradas Sin Filtro

#MiradasSinFiltro | Benito, la vida entre pulque y mercurio – Claudia Ivonne Hernández

Viajamos en octubre. Hacía frío y ya era tarde. Casi de noche. Llueve y la neblina confunde. El GPS nos dice que hay que llegar primero a la comunidad de El Doctor, en Cadereyta de Montes. Y así lo hacemos. El Doctor es una comunidad pequeña. Un antiguo y abandonado ya, pueblo minero, en donde viven apenas 161 personas según el último censo del Inegi.

Ahí nos recibe Genaro, el delegado de Loma de Guadalupe. Una comunidad muy cercana a Los Juárez. Genaro es un poco renuente. Parece que no le agrada nuestra presencia y al principio, pone muchos pretextos para llevarnos a Los Juárez.

Dice que llegar a esta hora sería ponernos en riesgo.

Que la gente no nos iba a recibir… que si nos confunden con delincuentes…

Que si la pendiente está muy pronunciada y con la lluvia se pone peor… que si en el crucero asaltan…

No tenemos opciones y aceptamos humildemente lo que nos ofrece. Nos da hospedaje en su casa, en la Loma de Guadalupe.

Luego de una canela con café, televisión y algunos chistes de familia, Genaro nos anuncia que saldremos al día siguiente a primera hora rumbo a Los Juárez. Vamos a ciegas. No sabemos si nos recibe la Señora Esperanza o el Subdelegado o el Comisariado… no sabemos nada.

Lo único cierto, es el frío de la noche. Un frío que nunca se disipó.

Los Juárez

Al llegar a Los Juárez el subdelegado, Ismael, nos hizo varias preguntas: Quiénes somos, qué queremos, por qué estamos ahí, para quién trabajamos y para qué hacemos lo que hacemos. Ismael tiene la piel morena, igual que toda su familia. Morena y colorada. Sus mejillas están rojas de frío. El clima es en extremo húmedo y frío.

Iniciamos nuestro peregrinar y primero pedimos hospedaje en la casa de doña Esperanza. Una mujer de raíces otomíes que nos habían dicho, podría recibirnos. Pero está enferma. Y en la comunidad no hay nadie más que tenga un espacio para acomodarnos.

Luego de varios minutos de silencio, Ismael nos dice: Se pueden quedar en mi casa.

Y así fue

En la casa de Ismael viven su mamá doña Sofía, su esposa, dos hijos y su papá, don Benito.

Nos acomodan en un pequeño cuarto que usan como bodega. Guardan algunas pocas cosas que han hecho con mármol y ónix. Y es aquí donde comienza la historia de la gente de Los Juárez.

La historia la cuentan sus piedras.

Toda la comunidad está asentada sobre una enorme veta de mármol. El cerro completo es de mármol y ónix.

Los pobladores de Los Juárez tienen piedras y piñones. Hay bosques completos de la semilla que les permiten vivir de la venta cada tres o cinco años.

Esta zona era habitada por grupos nómadas y semi-nómadas, guachichiles y jonaces de la etnia chichimeca. Tienen raíces otomíes aunque ya casi nadie habla la lengua. Casi nadie se reconoce otomí.

Don Benito hablaba otomí, muy poquito, dice él. Y entonces comienzan las lecciones:

“Por decir… un jarro de pulque… a ese se le dice madha ( Y me doy una licencia para escribirlo como suena porque así aprende la gente en las comunidades. En el día a día, la lengua no sabe de gramáticas). Si es solo el pulque, se le dice zehi. Frijol se dice bindoju o bonju”.

Benito está orgulloso de su pasado otomí y me dice:

“¡Mis abuelos eran la pura mata! Ellos sí hablaban que daba miedo… quién sabe que tanto nos decían. Nomás nos quedábamos mirando, ¡capaz que te la están mentado y uno ni sabe!»

Le digo: -a ver cómo se mienta la madre en otomí…- pero se ríe y me dice que le da pena. Al final se decide y dice: Chinarinaná

Don Benito reconoce que ahora les da pena hablarlo.

Tiene poco más de sesenta años. Es un hombre grande y fuerte. Y dice que su fortaleza se la debe al pulque. Toma desde muy pequeño. Recuerda que su primer pulque fue a los seis años. Su salud se la agradece a cada trago.

Imagino que más que sangre, en sus venas corren litros de pulque que le suman espesura a su fortaleza física.

Benito trabaja desde muy chico. Empezó en las minas de mercurio de San Joaquín cuando apenas tenía once años.

“¡Yo era el único que trabajaba! La necesidad… Me ponían a majar la piedra con una maceta, o sea lo que queda del mercurio. Piedras chiquitas así, para que lo fundan. Las piedras grandes hay que majarlas. Era mi trabajo. Y era todo el día. Y los que entraban a la mina, salían como a las diez de la mañana y hasta el otro día y yo decía… ¡No, pssss eso es la pura vida! ¡Y yo estaba desde las siete y hasta las tres de la tarde para ganar siete pesos cada ocho días! Y entonces me acerqué al patrón y le dije… oiga patrón, deme chance de entrar a la mina… Pa´salir temprano… es que vivo lejos”.

Benito caminaba tres horas en la madrugada desde Los Juárez hasta la mina en San Joaquín. Salía de la comunidad a las tres o cuatro de la madrugada. De regreso caminaba la misma distancia y durante el mismo tiempo: tres horas de ida, tres horas de regreso.

“Caminaba con mi carburito… mi lámpara de carburo… Bien canijo –me dice en voz baja, sorprendiéndose de su propia fortaleza-.

Trabajó majando piedra hasta los trece años y ganando siete pesos a la semana. El patrón le dio permiso de entrar a la mina, recién cumplidos los trece. Pero antes le advirtió: no te vayas a caer. Porque son escaleras grandes, muy grandes – “. Y así tienes que trabajar –“con tu lamparita aquí y con la otra mano a agarrarse de la escalera y te daban un costal y te amarrabas aquí”- (Me enseña cómo se ponía el paliacate en la frente)- “Si te gana el peso, puedes matar a los otros que vienen atrás de ti”.

Le pregunto si lo que cargaban era como una especie de guangoche y me dice que sí, busca un costal de esos que usaba en la mina y me lo muestra –“Como éste-, me dice.

“Psssss tu verás muchacho, me dijo el patrón… pero no te vayas a caer”.

Al final le dijo que si se caía no era responsabilidad de la mina, -tú te quieres ir pa’ abajo, tú sabrás- le dijo.

Cuando entró a la mina, le pagaban por tonelada:

“Me hacía en dos días, una tonelada. Pagaban a 30 pesos la tonelada. En el día me echaba diez viajes para completar 500 kilos y así completaba una tonelada en dos días. Empecé con 25 kilos. Ya veía yo a los otros que cargaban unos costalotes y decía, ¡Estos son animales, bestias, ya no son cristianos! En un solo viaje llegué a cargar hasta 50 kilos nada más. No volvía cargar más”.

Benito trabajó durante dos años más dentro de la mina, después le dieron el cargo de hornero, para atizar el metal, para fundir el mercurio.

Entre pulque, mercurio y pérdidas, don Benito duró casi veinte años trabajando en esa mina. A los dieciocho dice que empezó a buscar mujer y doña Sofía lo ve de reojo, apostándole a su prudente palabra.

De todos los que trabajaron con Benito, ya ninguno queda vivo. Él también se enfermó de la mina. – “Quede todo tembeleque – dice. Pero sobrevivió. Hace una pausa y le da un trago a su jarro de pulque, como agradeciéndole que siga con vida.

Recuerda que luego de la mina, decidió irse a trabajar a México. Estuvo trabajando en la Basílica de Guadalupe. Dice que le pagaban como noventa pesos a la semana pero les pagaban cada quince días. La primer semana fue difícil porque llegó sin nada. En México se sufría mucho de casa, me dice.

“Rentábamos pero era difícil. Duré 10 años y venía a dejarles algo a mis padres. Luego mi papá murió y ya me vine para acá”

Benito al igual que mucha gente de la comunidad, buscó opciones para sobrevivir. Antes no sabían que vivían sobre mármol:

“Hasta que llegó ese patrón que le digo de Vizarrón. Él nos explicó qué era el mármol. Pssss cuál es el mármol, cuál es el color… y nos enseñó una piedra, nos dijo es éste. ¡Uy! Aquí tenemos de eso… ¡A ver! Y fuimos a ver y sí… ¡Resulta que si era!

Aquí está la maravilla dijo aquel patrón. Le pegó a la punta de una piedra y dijo, este es más mármol que el que yo traigo. Mañana traigo el compresor y a trabajar muchachos, ¿quién quiere trabajar? Uy, pues todos dijimos yo…¡quién no iba a querer trabajar!»

Muchas familias se han mantenido con la explotación del mármol aquí en Los Juárez, cortaban bloques grandes de piedra y en Vizarrón hacían algunas artesanías. Pasaron varios años antes de que la gente de Los Juárez empezara a explotar el mármol haciendo sus propios productos. Necesitan máquinas grandes, máquinas especiales.

La familia de Benito se ha dedicado a la explotación del mármol desde hace poco más de 30 años extrayendo los bloques de piedra para distribuir a los artesanos e industriales en Vizarrón.

Ismael comenzó igual que su papá a los once años:

“Yo le dije aquí te vas a enseñar a trabajar y me preguntaba pero cómo y yo le decía pues así (y le da un manazo). Muchas veces me ha reprochado que lo maltraté mucho. Pero era necesario. Nos enseñamos a agarrar una máquina y así… le enseñé cómo agarrar la máquina para que no te tumbe, si es de aire cómo agarrarla para que no te brinque… Le enseñé a barrenar las piedras y así se fue enseñando”.

El banco de mármol es propiedad comunal y la comunidad repartió los espacios que cada familia puede explotar para su beneficio.

“Todos somos dueños y nadie es dueño. Todos podemos poseer de todo lo que hay en la comunidad, sea mármol, sea piñón, algún mineral, dependiendo de la necesidad de la persona”- me dice Ismael, que cuando habla de esto, asume orgulloso, el papel de subdelegado.

Ismael aprendió a hacer lavabos, ceniceros, piezas de concurso como jaguares, osos, tortugas de gran tamaño. Aprendió a explotar la piedra pero también a defender su derecho de producir con su propia piedra. Para Benito, su familia es todo su orgullo. Presume todo lo que le enseñó a Ismael, su hijo, y defiende todo lo que su hijo hace por ellos.

“Aunque a veces se me pone medio chongo”- dice… ¿Chongo? Pregunto yo… Toda la familia se carcajea y Benito finalmente me traduce: -“¡medio pendejo, pues!-“.

Entre risas y lecciones, decidimos andar a la cocina. Nos esperaba una salsa de piñón y un fogón ardiendo que disipó un poco el frío de aquella tarde de octubre.

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