Luis Octavio Vado - Paradojas

José Vasconcelos tuitero – Luis Octavio Vado Grajales

Estos días se recuerda el nacimiento de José Vasconcelos, uno de mis escritores favoritos, autor de unas amplias memorias; de las que disfruto en particular el primer tomo, denominado Ulises criollo. Su pluma acaricia a los personajes del México que conoció con la delicadeza de una lija, y no lo detiene ni la prudencia ni la vergüenza para hablar de sí mismo, ya sea para exhibir sus pasiones o para alabar sus virtudes.

Si Whitman dijo que albergaba multitudes, Vasconcelos guardaba en si muchos hombres. Fue escritor, filósofo, político, diplomático, amante, abogado, profesor, servidor público, conspirador, revolucionario, conservador. Fue todo lo que podía ser y más, brillando en todas sus facetas y también en todas exhibiendo oscuridad.

Compañero de Madero, se comprometió públicamente con la revolución convirtiéndose en un agresivo y brillante defensor del gobierno del Presidente Bueno (hoy hubiera sido una estrella de Twitter) para después acompañar al gobierno de la Convención. Luego se enfrentó a Carranza para sumarse al gobierno obregonista, y convertirse en un mítico secretario de Educación, en buena medida el facilitador del muralismo mexicano.

Buscó la gubernatura de su estado, Oaxaca. Perdió. Quiso ser Presidente en 1929 y no lo consiguió. Maestro no solo de América, como algunos le llamaban, sino también en el uso del adjetivo punzante, reservó lo mejor de su ingenio para llenar de ofensas a quien consideraba culpable de sus derrotas: Plutarco Elías Calles, pero no tuvo empacho en conspirar con él cuando ambos vivían exiliados en Estados Unidos.

Lo mismo la vida que la obra de este oaxaqueño, padre por cierto del senador Héctor Vasconcelos, es una paradoja sin solución. Guiado siempre por la pulsión de vida (Eros debió haber sido el nombre de este mexicano pasional) no dudaba en arriesgar ni la vida ni el prestigio por las luchas que consideraba importantes, a sus ojos todas sus causas eran las de la nación y nadie podría encarnarlas mejor que él.

Por lo mismo, su vida es su mejor obra, lo que hace que su enorme autobiografía sea amena a la vez que incómoda. No he leído a nadie que tenga tanta seguridad de su propia valía, ni siquiera Winston Churchill, otro espléndido autobiógrafo vanidoso.

El final de su vida, cercano a posiciones totalitarias y francamente nazis, es lo más inaceptable de su tránsito.

Amigo de Alfonso Reyes, cercano en un tiempo a Manuel Gómez Morín, viajero incansable y especialista en repicar mientras andaba en la procesión, nos deja un recuerdo de lo problemática que es la vida de un personaje público que, además, cuenta su vida sin filtro.

Hoy, repito, sería un tuitero formidable, superando a cualquiera que conozcamos.

 

Luis Octavio Vado Grajales

Especialista en asuntos electorales

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