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El color inventado por los mayas – José Sobrevilla

Increíble que a estas alturas civilizatorias la cosmogonía mesoamericana y en particular la cultura maya nos sigan impresionando. De estas culturas es sabido que el azul del cielo, el color del mar, el de los bosques, servían para interpretar el universo. Para algunos dialectos de Guatemala que se niegan a morir, el color verde se vinculaba con la felicidad, significando la inseparable conexión entre los humanos y la tierra; así, para los mayas, la dirección más importante no era la marcada por el magnetismo de la tierra en las brújulas, sino el Oriente, sitio creador de vida y movimiento, eje rector del tiempo.

Hoy, para alejarnos de los tiempos de discordia que vivimos es importante recordar que para los mayas el rojo de los amaneceres era importante porque rompía la oscuridad del Caribe y por eso era considerado principio creador. Cada nuevo amanecer representaba la renovación del espíritu y la apertura a nuevas ideas; innovación y despertar de la conciencia, como es mencionado por Alejandro I López en www.culturacolectiva.com; por ello, el oeste, donde cae el sol, lo asociaban con el color negro.

Por ello, en el Popol-Vuh, la historia de la creación de los mayas quichés, los huesos de los hombres se crearon con maíz blanco y sus carnes con maíz amarillo, color que vinculaban con la vida, la creación y el movimiento, y en su fonética expresaba vitalidad, madurez y sabiduría.

La herencia maya no fue solamente en matemáticas y astronomía, sino que desarrollaron pigmentos que por su difícil extracción, eran costosos pero duraderos al paso de los años. Ejemplo de ello es el púrpura que por las anteriores características, ha estado relacionado con la naturaleza, sin embargo también llegó a servir como moneda por su difícil elaboración; era el azul ultramarino obtenido del lapislázuli, piedra proveniente de Asia.

Los mayas en el siglo VIII inventaron su propio pigmento azul que muy pronto fue conocido como “azul maya” y se utilizaba en ceremonias rituales y que – igual que el europeo – tardaba años en desvanecerse con el sol. Ha sido encontrado en murales, edificios arqueológicos, piezas cerámicas, esculturas y códices. “No sólo posee un color intenso, sino que es resistente a la luz, a la biocorrosión y al calor moderado, no se decolora ante el ácido nítrico concentrado, los álcalis, ni los solventes orgánicos, y los murales ejecutados con él han tolerado bien la humedad durante cientos de años” (www.quimicasthai.wordpress).

Este azul se obtenía mezclando arcilla palygorskita o sepiolita y añil, que es un pigmento azul que se obtiene al macerar tallos y hojas de la planta llamada así, y cuyo nombre es Indigofera suffruticosa. El método para obtenerlo sigue siendo un misterio. No hay que olvidar que de este color eran pintados los cuerpos de las personas ofrendadas al dios de la lluvia, Chaak, antes de acostarlas de espaldas en el altar del templo de los guerreros de Chiché Itzá para sacarles el corazón.

El color fue encontrado en 1931 por el arqueólogo H.E. Marwin mientras realizaba exploraciones al templo de los guerreros ubicado en Chichén Itzá, (península de Yucatán). El nombre de “azul maya” se lo dio Rutherford Gettens y George Stout porque creían que sólo se encontraba en Yucatán, sin embargo posteriormente se halló también en diversas zonas de Centroamérica, entre otras Tajín, Cacaxtla, Tenochtitlán y Tula.

Hace más de mil años, cada equinoccio, entre marzo y septiembre, se revive en Chichén Itzá la experiencia de la magia maya: el Sol proyectando su misteriosa sombra, y los escalones del templo se van iluminando dando vida a una gran serpiente que se desliza por los escalones hasta desaparecer. Crear esta ilusión óptica requería de profundos conocimientos de esta civilización iniciada en el 450 a.C. y que se extendía por Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco, Yucatán, Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador. Desea conocer un poco más de ¿cómo este color maya sigue dando de qué hablar? visite Nuevas pistas para recuperar la misteriosa fórmula del azul maya.

José Sobrevilla

Periodista Cultural

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