Julio Figueroa - Vistas

Visita al poeta de la otra banda -Julio Figueroa

Es otro tiempo en este tiempo. Otra realidad de la realidad. Veo al otro al verme allí, sentado, caminando, pensando con el alma al aire. El jardín, remanso de paz. La iglesia, recogimiento del espíritu. La tienda de la esquina, la compra del día. El estrépito de la ciudad se ha silenciado. Ya no hay huertas ni sembradíos pero el ritmo de la vida aquí transcurre más lento, como suspendido en otro tiempo, sin gritos ni aceleres. Ya me imagino, en aquel tiempo, el alboroto de la gente al escuchar el silbato del tren, hoy casi muerto. Es el barrio de la otra banda, San Sebastián.

El tiempo como una tela de araña de principios del siglo XX suspendido en esta orilla de principios del siglo XXI. Ya nadie habla de barrios sino de colonias, fraccionamientos, zona residencial, El Campestre, El Campanario. ¿Cuál es la diferencia? Lo indígena y lo español, lo primitivo y lo colonial, los nativos y los fuereños, la ciudad abierta y la ciudad encerrada.

La Casa de Otoño del poeta en ruinas. Su estatua asoleada y manchada. Sin ninguna placa visible que diga quién es ese fulano y qué hace allí sentado en la banca pública. ¿Qué libro lee? Creo que es el Libro Negro de la Eternidad Vacía. Está solo, en el calor y en el frío. Tal vez como siempre lo estuvo por su carácter, su oficio y su mala pata. Lástima que no tengo ninguno de sus libros a la mano. ¿Quién lo lee?

–¿Y Karla? ¡Pinche Karla! ¿No que iba a venir contigo? ¡Pinche Julio, me engañaste! Dile a Karla que a la noche voy a ir a jalarle las patas. A ella y a Blanquita. La primera y la última dama que me atendieron en el asilo Luz al Ocaso, carajo.

Así era el poeta que de pronto estallaba en su santa ira. Y luego te deslumbraba con sus ramalazos de luz. Y al final nos decía: ¿Ya se van? ¿Cuándo vienen?

Alzo la vista y veo el cielo azul pálido barrido por escobas blancas.

La pequeña plaza se va poblando de pequeños comerciantes, ya es la hora de la salida de las escuelas. Extiendo la mirada y veo a los viejos taciturnos en un rincón, las señoras platicadoras, los niños traviesos, las muchachas seductoras, los trabajadores lánguidos de la limpieza comiendo, el viento fresco, la dulce luz entre los árboles, el tiempo viejo y el tiempo nuevo platicando. Es hora de partir.

¿Qué tiempo es éste, Chava, en que estás aquí y ya no estás? ¿Esto es la vida en la Tierra, un antes y un después sin nosotros? ¿A dónde vamos y de dónde venimos? ¿Valió la pena?

El jardín, la iglesia, la calle de Otoño, la Casa del Faldón, la biblioteca, las escuelas, las tienditas de la esquina que aparecen y desaparecen, las jóvenes madres, las pequeñas criaturas, las estudiantes, los novios, los trabajadores, los transeúntes…

Fui hacia las vías del tren. Oriné al aire libre. Las vías tristes del tren. El progreso de ayer y las ruinas de hoy. La vitalidad y la decadencia del tiempo, en las cosas y en las personas. No sabemos acumular, transformar, trascender. Saber hacer y saber pasar.

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