Claudia Ivonne Hernández - Miradas Sin Filtro

#MiradasSinFiltro | Semillas de biznaga. Migrar, un acto de supervivencia – Claudia Ivonne Hernández Torres

Migrar significa según el diccionario: el que una persona deje su lugar de residencia para establecerse temporal o definitivamente en otro país o región, o bien el que un animal deje un lugar para dirigirse a otro en condiciones climáticas más propicias a su especie.

Yo digo que migrar, es un acto de supervivencia. Cambiar de lugar, cualquiera que sea o a cualquiera que sea, siempre tiene una motivación de profundo que se liga con nuestros deseos de ser feliz y estar bien.

José Luis migró tres veces a Estados Unidos. Trabajó como jardinero, vendiendo paletas y en talleres de mármol. Ganaba 50 dólares diarios. Lo suficiente como para comer y pagar la renta. Pero no siempre le alcanzaba para mandar dinero a su comunidad, San Miguel Tlaxcaltepec, en Amealco.

José Luis está casado con Martha y tiene tres o cuatro hijos. En su casa, viven sus hijos, su esposa y Doña Lorenza, una viejecita de 90 años que ya se quiere morir. A José Luis apenas le alcanzan las fuerzas para dar vivienda y sustento a los que crecen bajo el cobijo de sus brazos. Por eso se fue.

Sus primeros viajes fueron productivos. Iba y venía. Podía mandar dinero y quedarse con lo de la renta y la comida diaria. Pero un día derribaron las Torres Gemelas y el trabajo se acabó:

– Ya no hubo empleo para nosotros. Entonces aplicaron esa ley de castigar al patrón por si tenía empleados inmigrantes, tons ya no daban. Sólo con seguro bueno nada más. De repente bajó el trabajo, me quedaron a deber dinero y luego ya no fui a trabajar… Llegó el día en que ya no alcanzaba ni para la renta, apenas para comer y la renta, ya para mandar para acá ya no alcanzaba… Dejé un año entero sin mandar nada para la casa. No podía acomodarme… Llegó el día en que ya no alcanzó ni para la renta… eso sí, nunca dormí en la calle. Dios no nos deja. Siempre hay alguien que nos ayuda.

La primera vez que José Luis viajó, tuvo que endrogarse, dice él, para poder pagar lo que los “polleros” le pedían para cruzarlo al otro lado. Vendió la yunta y dio la mitad de lo que le pagaron para apartar su lugar. Pagó a finales de los 90, como 12 o 14 mil pesos, era un buen dinerito – recuerda–.

Me cuenta que dio como tres animales, la yegua parida y el potro por siete mil pesos. La primera vez se fue solo. Y llegando a la frontera, tenía que buscar quién le ayudara a cruzar:

– Estuve encerrado una semana… nos decían ya salimos en una semana, que siempre no, que en unos días… teníamos que esperar hasta que juntaran más gente. Y uno no sabe… uno desconfía de todo. Me daban ganas de escaparme y dije no… y luego pensaba, ya se tardaron… nos tenían encerrados en un cuarto a todos y nos decían no se asomen, no salgan, ahí todos juntos…. Ya estando allá uno tiene que soportar todo y así estuve hasta que salimos y nos fuimos.

Caminaron durante cuatro días por el desierto de Sonora.

– Caminamos mucho. Caminamos cuatro días por el desierto y si… llegando allá donde nos iban a levantar pasaron como 15 o 10 minutos y los de la migra pararon al señor que nos llevaba. Nos detuvieron. Al señor lo esposaron.

Mientras José Luis nos cuenta, teje un aventador de palma. Sus dedos están todos cortados por la planta. Se detiene de vez en cuando y se chupa como aliviando con la saliva las pequeñas heridas que marcan las yemas de todos sus dedos. Martha su esposa nos sirve frijoles de la olla, un café y un poco de pan.

A José Luis se le pierde la mirada recordando. Y entonces empieza su viaje por el desierto de Sonora de nueva cuenta. Los dejaron ahí, tenían que caminar para llegar a la línea fronteriza y esperar a los polleros que los ayudarían a cruzar.

– Yo me lastimé mi rodilla… es que en la noche me iba a ir al voladero… Caminábamos por la noche y en la madrugada íbamos ya a subir a la montaña para arriba, pero quien sabe cómo volteé y casi me caigo al voladero… y quien sabe cómo me lastimé. Para bajar la montaña no aguantaba mi rodilla… casi me arrastraba del dolor… el guía nos gritaba Ey! Vienen todos?? Así gritan y es que van corriendo casi… uno no está acostumbrado a caminar así. En la noche nos dan un galoncito de agua… no son ni cuatro litros. Yo tenía mucha sed y una noche antes, casi me la acabé.

José Luis me cuenta que en algunos de los lugares por donde pasa, hay como detectores. El guía ya conoce el paso y les instruye pisar sobre sus propios suéteres o chamarras para no dejar sus huellas. Él mismo, va borrando todo al paso. Pero es casi imposible no pisar alguno de esos detectores. Y así fue.

– Por esperarme a mí cuando pasaron el alambrado pisaron un detector y salieron corriendo. Pero una vez que pisas algo de esas cosas, en algún momento y en algún lugar, la migra te va a encontrar. Dijeron ora sí, hay que meternos a dormir en unas ramas y a las diez de la mañana, nos despertaron y seguimos. Uno como anda cansado desvelado, hambriento… te vas quedando. Nos dieron una bolsa negra de asa pero con las espinas en la noche, con la uña de gato, se va rasgando y a mí se rompió… en la subida nomás se oía el ruido de las latas que se iba cayendo de mi bolsa. Pero no te puedes esperar… porque si no, el grupo te deja… también traía mi suéter amarrado en la cintura… se me rasgó, se me atoró y ya no pude recuperarlo… Yo ya no podía caminar por la rodilla, se me hinchó y ya no… yo pensaba, no voy a poder darles paso a ellos. Me quedé. Pero regresó el guía y me levantó, me dijo, vámonos… discutí con él y le expliqué que yo no quería ser carga para ellos… Le dije que si me levantaba pero que a mi paso, nomás dígame para dónde y el guía me enseñó… mira es para allá. Nomás no te desvíes. Sin agua, sin lonche, adolorido y me levanté.

El propósito era no desviarse. Seguir caminando y a solas, sin perder el rumbo. Pero para quien camina por el desierto, sin agua y sin alimento, el único pensamiento es sobrevivir. José me cuenta que estaba confundido, sediento. Se desvió buscando algo que tomar:

– …Tenía mucha sed… yo buscaba algo, tenía la lengua como olote… a ratos como me faltaba el aire, pero yo buscaba algo y decía… bueno, es ahí cuando uno clama a Dios… Cuando uno es más sincero con Dios. Le pedí, señor por favor sana mi pie… mi rodilla. Y me quité mi pañuelo de la cabeza, me lo amarré en la rodilla y seguí caminando. Busqué un tronquito por ahí (para hacerse un bastón) y a caminar. Yo buscaba… comía ramas de los huizaches, masticaba yo para hacer saliva y no… recordé que cuando éramos niños, nos decían que echándose una piedrita en la boca, uno hacía saliva, pero nada. Luego me fijé en las plantas del desierto… Pensé si estas plantas viven aquí es que de alguna manera debe de haber algo que las haga sobrevivir. Y entonces empecé a buscar… encontré de esas biznagas grandotas. Me encontré con una que tenían tres tunas, una bien seca, la otra chupada y la que estaba más fresca, parecía que un ratón le había roído… Y pensé si le comió el ratón, entonces no es veneno… me la metí a la boca y empecé a masticarla. Es agrio, pero a mí me sabía dulce dulce… y pensé, si hay una, debe de haber más. Y entonces me empecé a desviar. Buscando de esas tunas. Si encontré más… Me llené la bolsa del pantalón de tunitas.

Las juntó y las echó en su pantalón y en su camisa. Ya iba bien fresco dice… recuerda que resolvió su sed. Se fue caminando poco a poco hasta que escuchó un chiflido en su camino. Era el guía. Lo estaba esperando en la orilla de una carretera a la que tenía salida aquel agreste desierto. Lo esperaron. Retomaron el camino.

José Luis sobrevivió al viaje. Y después de eso, lo intentó dos veces más. Con una rodilla lastimada, los pies llenos de ampollas y una lengua como olote. A José Luis le valió la experiencia para aprender a hacer paletas y es lo que ahora vende en su comunidad.

Regresó con vida y vuelto al cristianismo. Y cuando platico con Martha su esposa, ella me dice como resignada: cuando se van siempre regresan cambiados, para bien o para mal. Pero siempre cambian.

Cuando José Luis recuerda el cruce por aquel desierto, también recuerda que mientras saciaba su sed con las tunas de aquella biznaga, iba tirando las semillas a la tierra, pensando en los que vendrían después de él. Para que de esas semillas nazcan más biznagas, me dijo… semillas de biznaga que les de esperanza como a él.

¿Quieres dejar algún comentario?

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

To Top