Claudia Ivonne Hernández - Miradas Sin Filtro

#MiradasSinFiltro Regalo de Dios – Claudia Ivonne Hernández Torres

Es muy común que en las comunidades indígenas o incluso en las rurales, las mujeres sean vistas como un objeto que sólo se toma a contentillo siempre, del varón.

He escuchado muchas historias que pretendiendo ser graciosas, muestran lo profundo de nuestra cultura de propiedad, de supremacía y posesión.

En San Ildefonso, delegación indígena de Amealco, así es la historia de “amor” de las mujeres. Cuando van al río, cuando andan en el cerro, algunas de ellas son “robadas”… las jalan del rebozo y con ese acto de posesión y sometimiento, los hombres y también ellas, dan por hecho que ahí comienza su historia de pareja.

Para Donata decir no al matrimonio en una comunidad en donde las mujeres no aspiran a otras cosas, significó habladurías, señalamientos y juicios sobre su decisión.

Donata es indígena otomí. Originaria de San Ildefonso, Amealco.

Cuando era una niña de apenas 15 años, en varias ocasiones intentaron robarla:

– Me iban a robar dos veces, me pidieron una vez y luego si conocí a un muchacho, clandestinamente porque no me daban permiso para tener novio. Entonces nos tratamos, en ese momento hubo la oportunidad de estudiar la secundaria. Una maestra me estaba gestionando la inscripción… Antes así era. Los hombres te jalaban el rebozo… En una de esas, fue en el río, yo fui por agua para tomar. De repente oigo ruido por ahí… y vi a un señor ¡y que lo correteo a pedradas! La segunda vez iba con las religiosas… Me crucé primero con mis dos hermanos, venían de la escuela… Ese señor o muchacho venía con su radio… con su música. Dejó su radio en el piso y ya iba a agarrarme y que agarro unas piedras ¡¡y pues yo creo que tenía buen tino!!!

Así se escapaba de los que la querían robar: a pedradas.

– El que me pidió, nunca me habló directamente. Mandó a su papá, a otro señor para pedirme. Yo tenía 15 años.

Mientras platicamos, Donata me ofrece un pan de pulque con miel y queso. Nos preparamos un café de olla y la escucho atenta. Viste un traje sencillo pero típico de Amealco. Su blusa es blanca y la falta, azul metálico. Trae un refajo que engalana su atuendo. Su pelo es negro y largo. Y sus ojos oscuros y redondos, no dejan de bailar, como recordando con cada frase.

– El primer año, año y medio como que yo quise formalizar casi el matrimonio pero la verdad, rogando a Dios que no viniera el muchacho. Teníamos ya dos años de novios… Pusimos una fecha… Pero no llegó. Pero en mi oración yo decía… que no venga… no me voy a sentir feliz en un matrimonio…

Donata dice que otro hombre la pidió en matrimonio. Ella no lo conocía… tuvo otra oportunidad para platicar con sus papás:

– Empecé a preguntar y quién es ese señor, que hace, a qué se dedica… y pssss nomás andaba de borracho…

En Amealco, las “pedidas de mano” tradicionalmente eran los jueves. Bien tempranito aparecen los señores en la casa de la muchacha y la piden. Cuando hay una respuesta afirmativa, se espera a los ocho días para que regresen, cuando no, hay que ir un día antes a la casa del pretendiente a avisarles que no. Donata tenía prácticamente siete días para tomar una decisión.

Ya había comenzado su formación con las marcelinas, una orden de religiosas que hacía trabajo comunitario en la delegación.

– Mi papá me mandó decir con mi mamá que ya no fuera con las religiosas hasta que eso se resolviera… pero yo dije que no. Decidí que seguiría con mi vida normal. ¡Si ni he dicho que sí! Cómo me voy a encerrar! Mi papá me preguntó el miércoles que qué había pensado de esta situación… Yo pregunté qué pasaba si decía que si o si decía que no… mis papás me explicaron y yo me sentí libre… y decidí que no. Que no me quería casar. Dije, quiero disfrutar mi vida así… quiero disfrutar mi juventud… Ellos fueron temprano a avisar que no me casaría.

Yo le pregunto, ¿no te arrepientes Donata? No… así estoy contenta.

Donata decidió ingresar a la orden de las Marcelinas. Recuerda que las religiosas llegaron a la comunidad en 1977. Para el 79’ ella apenas terminaba la primaria.

– Me metieron a la escuela como de seis o siete años pero luego me brinqué un año y salí muy pronto de la primaria… en ese tiempo si ibas bien, podías hacer dos grados en un solo año. En esa final de la graduación normalmente pedían una misa. Yo no había hecho mi primera comunión así que me acerqué para terminar con eso. Y empecé a acercarme con las religiosas. Me ofrecieron como unas clases de biblia y yo le seguí.

Luego las religiosas empezaron un grupo de preescolar, con el método Montessori y Donata comenzó a apoyarlas. Se iba los martes y jueves en la tarde, al centro de San Ildefonso, en una loma al costado de la iglesia, recuerda. Así estuvo varios años. Se involucró en varios grupos cooperativos de distintos lugares en México, Puebla, Morelos – Y yo a veces iba sin entender mucho, pero ahí iba…-

Aprendió medicina tradicional y finalmente tomo los votos perpetuos. Se ordenó como religiosa.

Mientras Donata me cuenta, imagino lo complicado que debe de haber sido tomar la decisión pero ella dice que desde muy pequeña, sabía que ella era diferente:

– Era muy sensible a lo espiritual. Y pensaba si me caso, tendré las manos así (como atadas) para ver solo a una persona… si las abro un poco más, a lo mejor alcanzaré a mirar a su familia. Y yo decía, yo siento que mi capacidad de amar, es mucho más grande como para limitarme a una sola persona… y es lo que me hizo cambiar de opinión. Yo rezaba para que no se concretara una vida de pareja… y me lo concedió.

Cuando decidió ordenarse religiosa, el hombre que la pretendía, la acusó de andar con otros hombres. Pensó que lo rechazaba por estar con alguien más – Pero luego ya se dio cuenta de que no era así.

– La gente dice que yo decidí irme con las religiosas por una decepción o porque me dejaron pero no… tampoco voy a contarle a la gente el detalle de mi vida… pero me siento tranquila porque yo decidí. Con apoyo de mis papás… sobre todo de mi papá

Algo que no es común en las comunidades indígenas.

– El día que me iba a ir, los dos me dieron sus consejos, según nuestra cultura… Mi papá me dijo que contrario a lo que en la comunidad pasaba, en donde solo hablamos otomí, allá me iba a enfrentar al español. Que a lo mejor no iba a entender algunas palabras. Y me dio un diccionario de esos chiquitos que usábamos en la escuela. Cuando algo no entiendas, lo buscas en tu diccionario, me dijo. Mi mamá decía, si te vas no queremos que pierdas ni tu lengua ni tu traje y yo pensé y les dije, me voy pero no voy a perder nada, al contrario, aprenderé otras cosas.

Estuvo varios años con las religiosas, desde 1986 hasta el 2007. Después, dice ella, se escapó.

Yo estaba muy sensible desde que me fui… quería ir a un lugar parecido a San Ildefonso o incluso más pobre… de hecho hasta pedía ir a la India o a África. Pero no se me dio la oportunidad. Me pidieron que me quedara en un colegio. Y yo decía, si me gusta pero no me siento al cien, porque yo estaba consciente de que las necesidades en una comunidad son muy distintas a las necesidades en la ciudad. Por eso me metí mucho a desarrollo comunitario. Y las hermanas aunque aquí vivían, había quien le quería entrar y había quien no y empecé a pleitear con ellas, porque les decía… si estamos aquí es porque nos vamos a insertar en la comunidad. No podemos seguir la misma estructura de una comunidad religiosa cuando estamos en una comunidad rural o indígena. Aquí por ejemplo, si quieres hacer una visita, o vas temprano o vas al medio día o vas muy tarde… no puedes decir que si estás rezando no puedes visitar. Yo empecé a decir, es que nuestra gente nos necesita más… y entonces empezamos a tener conflictos.

Hasta que un día le dijeron, o tu gente o la comunidad religiosa. Donata decidió por su gente.

– Sólo Dios sabe… y yo seguí trabajando aquí, con la gente.

Regresó por cuatro meses y se quedó definitivamente.

Como ella dice, solo Dios sabe para que se fue y para qué regresó. Fue religiosa, fue regidora y ahora promueve una cooperativa de mujeres que trabaja la medicina tradicional. Donata significa regalo de Dios. Un regalo que decidió darse de brazos abiertos.

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