Claudia Ivonne Hernández - Miradas Sin Filtro

#MiradasSinFiltro | Lorenza, la Calandria – Claudia Ivonne Hernández

A Lorenza le gusta cantar. Tiene setenta y siete años y siete hijos. Vive en Guanajuatito y desde que tenía ocho años, aprendió a trabajar con el ixtle. Hacía lazos, estropajos, bolsas. Antes vendía muy bien pero cuando llegó el plástico el negocio se vino abajo.

Lorenza tiene setenta y siete años y es viuda recién. Su marido, un hombre de más de ochenta y cuatro años, falleció el año pasado. Tenía cáncer en la garganta. Yo lo vi. Caminaba con dificultad y cargaba una gran bola en su cuello, justo a la altura de la garganta. Ya no había nada que hacer por él. Solo le daban medicamentos para el dolor. Hasta que un día, Marcelo decidió no sufrir más.

Cuando Lorenza me cuenta de ella, el primer recuerdo que acomoda es el de su vida amorosa:

– Me casé de 15 años. Mi suegro, mi suegra, me pidieron. Él fue a pedirme (se refiere a Marcelo). Él si me habló pero le dije que yo no me iba a ir con él solo así… que necesitaba que le avisara a mi mamá. Y si fue mi suegro, mi suegra, le hablaron a mi papá y ya quedaron de acuerdo. El primero de diciembre de 1955, me casé.

El noviazgo de Marcelo y Lorenza comenzó a los catorce años. Lorenza es 1941, dice. Marcelo tenía dieciocho años.

– Bueno, decía que tenía 18 pero quien sabe… no tenía papeles. Le robaron sus papeles cuando andaban los rebeldes. Contaba que había rebeldes en los pueblos. Que se metían en los ranchos. Yo todavía no nacía en ese tiempo. Que sacaban a la gente, que los golpeaban… que asustaban a la gente… Tons le robaron sus papeles allá adentro. Se los llevaron, sus papeles de terreno, de sus hijos, de su suegra. Todo se lo llevaron… Mucho tiempo después lo registraron de nuevo… Pero yo creo que si era más grande.

Son las seis con once minutos y Lorenza se apura a contarme cómo aprendió a hacer lazos. Dice que desde muy pequeña su mamá le enseñó los quehaceres de la casa.

– Me enseñó mi mamá el quehacer de la casa, desde chiquita… Tenía yo como 8 años. Me enseñó a poner el nixtamal, a hacer cocina, a cocer frijoles, a pelar nopales… Yo le ayudaba a mi mamá en la cocina. Éramos yo y mi hermano que se murió… luego otra hermana, allá por la capilla… ahí junto viven dos hermanas y otro hermano que vive allá por el pueblo.

Lorenza es fuerte. Siempre trae un rebozo que le cuida su cabeza. Su cabello parece de ixtle. Ixtle sin escarmenar. Ixtle rebelde y fuerte. Camina y parece que el viento la acompaña. Junto a ella, siempre está Candi. Cándida. Candi, candidata, como le dicen juguetonamente sus hermanas… una mujer con una discapacidad mental. Su hija. Es una niña de sesenta y tres años.

Nos mira primero desconfiada y después juguetona. Me presume sus “bolegos” y me dice “Cau”. Me toma del brazo y me acompaña a la tienda. Me enseña sus veredas y con su forma tan peculiar de hablar, me dice que ya casi es hora de darle de comer a sus animales.

A Candi la dejaron en el rancho cuando hubo necesidad de migrar:

– Cuando nos casamos, él se iba a vender a México. Tejíamos la mera cincha, apero y todo lo llevaba, lazos también… a veces se iba y luego llegaba, traía ixtle. Y yo me quedaba a escarmenar el ixtle y ya luego cuando regresaba ya había mucho para hilar… Estuvimos allá por Magdalena Contreras… Por ahí vivimos, allá fuimos a rentar… Ya después le dije, yo no sé qué estamos haciendo aquí… si no tenemos nada, parece que no tenemos donde vivir. Tú sabrás si te quieres quedar… yo ya me voy para la casa. Y me siguió. Nos vinimos con mis hijos. Estaba chico mi hijo… Mi Candi se había quedado con su abuela aquí. Ya de ahí, ya no hemos regresado

Sus papás tallaban el maguey y así lograban el ixtle. Tallaban, escarmenaban y elaboraban artesanías de ixtle, principalmente lazos y estropajos pero con la entrada del plástico, el ixtle dejo de venderse. Lorenza dice que la gente dizque se baña con eso… pero cree que el ixtle es mejor.

Lorenza forma parte del reducido grupo de otomíes de la delegación de Villa Progreso, en Ezequiel Montes, que todavía hablan su lengua materna. Dice que ella aprendió solo de escuchar. Sus papás no le enseñaron a hablar otomí. Dice que hubo un gobierno que no quiso que la gente hablara su lengua originaria.

Cuando Lorenza no me cuenta, me canta:

En una jaula de oro
Pendiente de un balcón
Se hallaba una calandria cantando su dolor

Hasta que un gorrioncillo
a su jaula llego
“si usted puede sacarme
con usted yo me voy”

Y el pobre gorrioncillo
de ella se enamoro
y el pobre como pudo
los alambres rompió

Y la ingrata calandria
después que la saco
tan luego se vio libre
volo, volo y volo!

Le gusta cantar. Canta cuando lava los trastes, cuando cocina. Canta cuando escarmena ixtle y cuando busca a Candi y a los bolegos.

Regresa a su vida en la ciudad de México:

– Cuando vivíamos en México, ¡Marcelo tomaba mucho pulque! Se tomaba hasta quince litros diarios! Yo decía, con esa panza en donde le cabe tanto pulque. Con el pulque casi no se emborrachan, lo que si emborracha es el “vinote”.

 

Recuerda que viviendo en la ciudad, no alcanzaba para nada. Marcelo era chalán, ayudante de albañil y ganaba apenas 90 pesos a la semana.

– En México está uno rentando. Allá es puro dinero. Si uno quiere algo, lo tiene que comprar. Y si no tienes dinero… hay veces que no hay dinero y entonces no hay para la renta, no hay para comer… Si uno quiere quelites, si uno quiere nopales… si quiere uno todo, hay que tener dinero y aquí no. Uno nomás sale al cerro y recoge quelites, verdolaga… Ya era regalada su fuerza de uno…

Y tiene razón. Esa tarde, salimos al campo. Me llevó a conocer su milpa y recogimos verdolagas y quelites que más tarde, acompañaron un conejo en salsa verde que nos dieron de comer.

Lorenza recoge leña y nopales secos. Usa un sombrero ya gastado por quien sabe cuánto tiempo… su cuchillo, bien afilado, me regala tunas rojas que va recogiendo del camino. Me enseña con orgullo las capillas familiares que aún cobijan la fe de los habitantes de Guanajuatito y me ofrece pulque. Nos sentamos a la sombra de un huizache y cantamos otra vez. Cantamos juntas la Martina. Yo digo veinte y ella me corrige, quince años… reímos y tomamos pulque. Y así, con pulque y canciones, Lorenza me enseña que en la vida, nada es tan difícil si se tiene una buena tierra de dónde comer.

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