Claudia Ivonne Hernández - Miradas Sin Filtro

#MiradasSinFiltro| Los tacos de Gregoria – Claudia Ivonne Hernández

Doña Gregoria hace tacos en San José de las Flores.

Una comunidad de migrantes pames, arriba de Purísima de Arista en Jalpan de Serra. En la comunidad viven unas 300 personas. Muy pocos hablan xi’ui y por iniciativa de algunos habitantes, han comenzado a compartir la lengua con aquellos que solo hablan español.

En San José de las Flores, la gente vive y come de lo que produce. Hay maíz, frijol, calabaza… cosechan miel y por cierto, es de las mejores cosechas que he probado.

Es una comunidad de indígenas que olvidaron su lengua pero que tienen la voluntad de recuperarla.

Doña Gregoria me ayuda a satisfacer un antojo citadino. Vende tacos de bistec afuera de su casa. Su origen es pame. Su familia migró de Santa María Acapulco hacia Purísima de Arista, en esta zona norte de Querétaro. Mientras el aceite se quema en el sartén y las piezas de carne brincan prometiendo ser una deliciosa cena, Doña Gregoria recuerda su pasado.

Hoy vende tacos de bistec, pero a sus 72 años recuerda que el hambre la persiguió durante mucho tiempo. El hambre es canija. Gregoria lo sabe. Para ella, cada petate, era un plato de comida.

Cuando era muy pequeña, su mamá y papá la llevaron a ella y a sus hermanos a vivir a las orillas del río de los Botellos, en Lagunillas, cerca de San Luis Potosí. Recuerda que en aquellos entonces, se estaba construyendo la carretera que conecta a Purísima con Río Verde.

– Nos dejó en el río a mí y a mis hermanas. Nos dejó y entonces no teníamos ni qué agarrar… Y entonces mi abuelita me dijo, pues hija, enséñate a hacer petates, para que vendas. Mi mamá nos dejó ahí y ella se vino a Purísima quesque para que mi hermano mayor trabajara ahí.

Del río de Botellos a la comunidad más cercana, se hacían hasta cuatro horas de camino:

– Nos dejó ahí, no nos llevó ni de comer ni nada, nos dejó ahí a la buena de dios. Nos dejó solos como tres meses… Mi abuelita me enseñó a hacer petates… Entonces yo los hacía, mi abuelita me decía cómo y mi papá se los llevaba a un ranchito que se llama La Soledad del Refugio… allá estaba un señor que se los compraba… Cuando podía, le hacía hasta cuatro y el señor le daba maíz, le daba chiles, pilón (piloncillo), para hacer agüita de dulce… Y así la pasamos todo el tiempo que mi mamá no estuvo.

Gregoria dice que cuando el río se llenaba de agua no se podía pasar a ningún lado. Y entonces, el hambre era mucho peor.

Le tocó cuidar a sus hermanos desde muy niña. Apenas cumplió los catorce y se juntó con el que todavía hoy, es su marido.

– En un tiempo así la pasé. Con hambre. Luego mi señor comenzó a salir a vender los petates con un hermano y entonces ya comenzó a cambiar un poquito porque el traía el gasto, el mandado…

Gregoria, al igual que muchas mujeres de la zona indígena del estado, aprendió a tejer petates de palma. Un solo petate lo terminan en un día, si es que no tienen otras labores que cumplir. Pero por lo general atienden a los hermanos, al marido, a los hijos… así que para terminar un petate, pueden tardar hasta tres días. Hoy un petate puede venderse hasta en doscientos pesos.

Cuando Gregoria era niña, un petate se lo pagaban a cinco pesos o cinco dobladitos de maíz.

Se casó siendo una niña. Tiene trece hijos y todos le viven. Cinco de ellos, están en los Estados Unidos. Yo le pregunto, ¿pues qué no tenía televisión? Y me dice divertida, ¡nombre! En ese tiempo no había pero si hubiera tenido, ¡¡se aprovechaban los comerciales!! El marido la secunda y dice ¡¡ni radio había!! Ni tele ni radio, ni luz…

Gregoria es una mujer que sobrevive. Que libró la batalla contra el hambre y el abandono. Que crió hijos sin televisión, sin radio, sin luz. Que durmió en camas que ella misma tejió y que hoy, vende tacos de bistec para quitarle el hambre a los demás.

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