Gerardo Aguilar - A ojo de pájaro

La Marcha Zacatecas y el Pasito Duranguense – Gerardo Aguilar

Se requiere un grado avanzado de obsesión por las aves, para levantarse a pajarear temprano un día 25 de diciembre, cuando el pavo y el bacalao de la cena de Nochebuena están todavía en proceso de digestión, junto con las bebidas que los acompañaron.

Aún peor es emprender, precisamente en esa fecha y condiciones, un viaje de dos mil kilómetros, para pajarear intensamente todo el día durante una semana. Sin embargo, mi hijo Miguel Ángel y yo conseguimos tres cómplices más para ese viaje, que partiría de la Ciudad de México llegaría a Zacatecas y transitaría después por Durango, Sinaloa, Nayarit y Jalisco. Desde ahí, haríamos otro trayecto largo, para dar con nuestros traqueteados huesos de regreso en la Ciudad, justo a tiempo para celebrar el fin de año.

En una expedición tan ambiciosa, se genera una gran cantidad de anécdotas, tanto por el encuentro con las fascinantes aves, como por las peripecias de los locos que van tras ellas. Esta narración se centra en el inicio del viaje, de Zacatecas a Durango. La idea era viajar todo el primer día para llegar a Sombrerete a dormir y empezar el recorrido pajarero al día siguiente. Sombrerete es un pueblo mágico y aunque sólo nos dimos unos minutos para recorrer el centro y encontrar algo de comer, fue una buena manera de descansar del camino y cargar las pilas para el día siguiente.

Aventurarse a zonas altas en el norte del país, a fines de diciembre, implicaba enfrentar temperaturas bastante más bajas que las que acostumbramos como chilangos… Lo sabíamos y nos preparamos: Varias capas de ropa, prendas íntimas térmicas, guantes, bufandas y gorros. Aún así nos helábamos, sobre todo al salir antes del amanecer todos los días.

Desde Sombrerete, salimos hacia la Sierra de San Francisco de Los Órganos, que alberga al Parque Nacional Sierra de Órganos, decretado como tal desde el año 2000. Antes de llegar al parque, hicimos una parada junto a un estanque cercano, que prometía dejarnos ver algunas especies acuáticas. Aunque no hubiéramos encontrado aves, el lugar era espectacular: Yucas, garambullos, saguaros y mezquites poblaban el paraje a nuestro alrededor y al frente teníamos el estanque, con la imponente Sierra al fondo. El tono cobrizo de la piedra de esta sierra es muy llamativo siempre, pero en el amanecer, empieza a pasar de los tonos azulados de la madrugada a un dorado intenso, con la luz de las primeras horas del día. El frío de dos grados bajo cero era duro para nosotros, pero en aquél amanecer desértico, ese frío era parte de toda la experiencia y a mí me pareció que incluso la mejoraba… Sólo hubiera faltado escuchar un lejano aullido de coyote, para completar una ambientación como de película del Oeste.

Entre la bruma y la luz que apenas iba iluminando el estanque, se alcanzaba a ver movimiento de aves acuáticas hasta la orilla más alejada y aún con los binoculares, costaba trabajo identificarlas. A pesar de ello, pudimos ver Pato cucharón, Pato friso, Pato golondrino, Cerceta alas verdes y…. ¡WOW! ¡El Pato monja! Este es un pato menudo, de movimientos rápidos, que se sumerge frecuentemente. Se identifica por su pico pequeño y su cabeza redonda, con un parche blanco en el cachete. Al verlo, mi vaho provocado por el frío se hizo mucho más abundante por la excitación del LIFER.

Así como a veces la fortuna nos elude al fotografiar aves, otras veces es muy generosa. Por supuesto que era bueno haber visto el Pato monja, que era un objetivo importante para mí, pero la suerte se hizo patente, cuando desde otra esquina del estanque, una pata decidió reunirse con el grupo y para ello, levantó el vuelo y nos pasó relativamente cerca. Fue ahí donde tuve oportunidad de fotografiarla, aunque no fue fácil: Tenía los parámetros de la cámara preparados para poca luz y con sujeto en reposo y de pronto tuve que cambiarlos para un ave en vuelo, lo cuál requiere varios movimientos, que me costó trabajo hacer con los dedos entumidos de frío.

Aún así, pude aprovechar como 3 segundos del vuelo del ave, cuando estaba en la distancia y ángulo correctos y logré unas pocas tomas que a pesar de no ser las mejores, me dejaron muy contento por ser la evidencia tangible del nuevo registro.

En México, el Pato monja se encuentra en el Norte, como ave migratoria no reproductiva. Sus áreas de reproducción preferidas se encuentran muy lejos, principalmente en Canadá y Alaska. El plumaje reproductivo del macho, que difícilmente nos toca ver en México, es absolutamente espectacular ya que la cara es negra, con tonos de verde y morado iridiscente, mientras que la parte posterior de su cabeza es muy blanca. Su cabeza abultada le da su nombre en inglés “Bufflehead”, como abreviatura de “Buffalo head”, Cabeza de búfalo (Que en realidad, se refiere al bisonte).

Después de esta primera parada, nos dirigimos hacia la entrada del Parque Nacional Sierra de Órganos. En esta parte de la Sierra se pueden admirar las imponentes formaciones geológicas que recuerdan los tubos de un órgano monumental de iglesia y que dan nombre a la región.

“Al que madruga, Dios le ayuda”, dice un refrán y como habíamos madrugado mucho, recibimos mucha ayuda. Aparte del pato monja, casi incidentalmente nos encontramos con otro LIFER: El Cardenal desértico, que estaba en unas matas a un lado del camino, tan sólo a unos metros del coche. Esto me permitió fotografiar tanto al macho como a la hembra, relativamente cerca y sin bajar del auto, todavía con la luz dorada de la mañana.

El Cardenal desértico es una especie residente, que se distribuye en todo el Norte de México, con excepción de la Sierra Madre Occidental, y el norte de la Península de Baja California. Se alimenta de semillas e insectos y vive en hábitats como desiertos y cañadas con matorral xerófilo.

También vimos una Matraca del desierto, perchada en un mezquite, luchando contra un fuerte viento. La Matraca aparece en mi crónica que lleva el mismo nombre, en esta columna:
https://www.enlalupa.com/2019/02/16/un-encuentro-con-la-matraca-del-desierto-gerardo-aguilar-anzures/.

Ya en el Parque, pudimos ver algunas especies interesantes, comenzando su actividad, con el sol un poco más alto y con menos frío. Encontramos la chara de collar, el zopilote aura, el cuervo común y varias especies de mosqueros y gorriones.

Sin embargo, lo más espectacular fue ver a los zopilotes planear majestuosamente en un marco tan imponente. No he tenido la oportunidad de visitar muchos Parques Nacionales en Estados Unidos, pero estando ahí en Zacatecas, me sentí transportado a un lugar como Bryce Canyon y las postales que había visto de esos parques acudieron a mi mente.

Estábamos a la mitad del primero de seis días de pajareadas y había que continuar, saliendo de Zacatecas e ingresando a Durango, para llegar horas más tarde a la Ciénaga los Álamos, que era nuestro siguiente punto de pajareo. Ahí habíamos quedado de encontrarnos con Oly Rojas, una excelente amiga mía y fotógrafa, que había tratado antes, por medio de los grupos de Facebook de fotografía de naturaleza y nos llevábamos muy bien.

Fue muy agradable conocerla en persona y la verdad fue muy amable en acompañarnos, ya que por las fechas decembrinas, tenía otras visitas, que ese día encargó con alguien más. Gracias a ello, estuvo con nosotros a partir de las 3 de la tarde, en la Ciénaga, hasta que llegamos a la Ciudad de Durango por la noche.

Es sumamente valioso poder pajarear en un lugar desconocido con alguien que esté familiarizado con ese lugar y que conozca los senderos, los lugares dónde se encuentran ciertas aves y cuáles son sus movimientos. Esta información hace que la pajareada sea mucho más eficiente, evitando los errores que provoca tratar de adivinar por dónde ir y qué buscar. Pero Oly hizo mucho más que eso, fue sumamente amigable y entusiasta, como si todos nos conociéramos de tiempo atrás y fuéramos compañeros de pajareada frecuentes.

Para nosotros los chilangos, el principal objetivo en este sitio en particular, eran los gansos: el blanco, el careto mayor y el canadiense, aunque éste último está muy cerca del límite sur de su distribución en la Ciénaga. El ganso canadiense, había sido visto días antes, pero no tuvimos fortuna con él. Por lo que toca al careto mayor, pudimos verlo bien, pero en número limitado.

El Ganso blanco sí nos dio oportunidad de verlo mejor, ya que había una parvada bastante grande. Ver aves tan grandes volar en abundantes números es un espectáculo especial. Tomé una buena cantidad de fotos, pero lamento no haber pensado en ese momento en hacer unas tomas de vídeo, que hubieran sido muy impresionantes.

Desafortunadamente, los gansos y otras aves en la Ciénaga son muy sensibles a la presencia humana, puesto que frecuentemente hay cazadores que les disparan, así que cuando detectan a la gente, ponen de por medio una distancia prudencial de varios centenares de metros. De tal suerte, tuvimos que contentarnos con verlos con binoculares y con tomar fotografías al límite del alcance de nuestros lentes telefoto, cuando volaban un poco más cerca.

Hubo otra cosa que fue un tanto decepcionante de la Ciénaga. Aunque es un lugar bello, dónde abunda la fauna, existen zonas donde hay una cantidad exagerada de basura. Siempre es deprimente ver la falta de conciencia de la gente, que irresponsablemente contamina las áreas naturales.

Por lo demás fue una pajareada espléndida: Los grandes espacios abiertos como éste frecuentemente brindan la oportunidad de hacer buenas vistas y tomas de aves en vuelo. A manera de desfile, pudimos ver pasar Pelícano blanco, Zarapito, gaviotas y una interesante variedad de rapaces: Aguililla cola roja, Gavilán de Cooper, Caracara, Gavilán rastrero, Cernícalo americano, Zopilote común, Zopilote aura y Halcón peregrino.

Dicen que cada pajarero tiene su Némesis, al cuál no es capaz de ver o de fotografiar. Yo he tenido un mal comienzo con el Gorrión corona blanca, que pude ver en la Ciénaga los Álamos y en otros puntos del viaje, pero varias veces se me negó fotografiarlo, ya sea porque lo veía tarde, fallaba en el enfoque o bien porque en el último momento el gorrión volteaba la cabeza o se escondía en la vegetación. A la fecha tengo deuda conmigo mismo por él.

La tarde transcurrió rápidamente y llegó el crepúsculo, que fue todo un espectáculo y un digno final de la excelente pajareada. El resultado final para mí fue de dos lifers y 60 especies avistadas, lo cual fue muy satisfactorio.

Hasta el momento no he mencionado una parada para desayunar o comer. No fue una omisión: NO HUBO TALES… Sobrevivimos el día con fruta, nueces surtidas y algo de bebidas que nos procuramos antes de salir de Sombrerete. Todo el día estuvimos en frenesí pajarero, pero cuando éste se desvaneció de camino hacia Durango, casi aullábamos de hambre.

Como duranguense orgullosa, Oly quería llevarnos a comer las deliciosas gorditas, que son una tradición local. Desafortunadamente, el lugar estaba cerrado y acabamos cenando en una hamburguesería cercana. La verdad estaban muy buenas las hamburguesas, pero nos parecieron todavía mejores, por el hambre que llevábamos.

Después de la cena, nos despedimos de Oly y nos dirigimos a nuestro hotel en el centro de Durango. Sentí la tentación de salir a pasear un rato, pero la noche fría y el cansancio de todo el día me disuadieron y opté por descansar, porque al día siguiente nuevamente saldríamos antes del amanecer. En momentos así, me pregunto “¿Éstas son las vacaciones que quiero?”, pero entonces reviso mis fotos del día, recuerdo las maravillas que pude ver y me siento muy satisfecho.

Para la mañana siguiente, estaba programado pajarear en dos localidades de Durango, para después seguir al poniente, hacia Sinaloa. Durante gran parte de los trayectos en coche pudimos disfrutar de un hermoso paisaje, con majestuosos bosques de pino-encino que se extendían por kilómetros.

Hicimos una primera parada en el tramo Carretero El Regocijo-El Tecuán. El paraje era muy bello y para entonces, ya había amanecido. La luz era cálida, pero un vientecillo frío, no dejaba de recordarnos la latitud y altitud a las que nos encontrábamos.

Fue una pajareada breve y con pocas especies, pero muy bellas todas y para mi sorpresa, de las 11 especies que vimos, dos fueron LIFERS: El Carbonero embridado y el Carpintero elegante. Éste último escapó a mi lente, ya que nunca pude tenerlo en un espacio abierto, sino que veía con frustración cómo se movía entre el tupido follaje de los enormes árboles.

Pero el Carbonero embridado sí quedó capturado en imágenes y en realidad fue una gran alegría, puesto que esta ave me encanta: Me parece un duende, que una bruja convirtió en pájaro: con su cresta, que parece el gorro y con el plumaje en forma de barba en su cara (que también parece una brida, lo que le da su nombre). En fin, puedes ver la fotografía y estar de acuerdo conmigo, o pensar que me faltan tornillos.

Otro de mis consentidos, es el Trepadorcito americano, que me concedió unos breves segundos en un tronco bien iluminado, permitiéndome tomar un par de fotos de mi agrado.

Retomamos el camino y la siguiente escala fue la Ciénaga de los Caballos, rodeada por un bello entorno boscoso.

En el cuerpo de agua pudimos ver varias especies de pato: Friso, chalcuán, mexicano y pico anillado y en el bosque circundante, completamos una lista de 28 especies, principalmente de montaña, entre las que mi favorita es la hermosa Chara crestada.

También pudimos ver a dos especies de azulejo, el garganta canela y el garganta azul.

Ya cerca de las 2.30 de la tarde, llegamos al impresionante Baluarte Bicentenario que es un puente atirantado, localizado en la Sierra Madre Occidental en el límite entre Durango y Sinaloa. Todavía hicimos una pajareada más en Durango, bajando por la ladera de la Barranca dónde pasa el Río Baluarte. La pared de la barranca tiene 402 metros de altura, así que era imposible que la descendiéramos completa, pero sí bajamos por un rato largo, lo cuál hizo de la subida un verdadero calvario, pues a diferencia de los fríos bosques de horas antes, el sol de las 3 de la tarde caía a plomo.

Pudimos registrar 23 especies entre las que se contaban 5 chipes y 4 colibríes, siendo claramente una zona más cálida, pudimos ver también al Cuclillo canela, calandrias y papamoscas de clima más caliente.

A mis 57 años, mi condición física no es mala, pero la segunda mitad de la subida me pareció eterna, mientras que los chicos que tienen la mitad de mi edad trepaban como cabras. Afortunadamente, en el arranque del puente hay una explanada con varios puestos de alimentos, dónde finalmente descansamos, comimos y bebimos. Nada como una cerveza helada, para celebrar el fin de una pajareada intensa bajo el sol.

A 1.2 kilómetros al oeste se encontraba el otro extremo del puente, en Sinaloa. Todavía quedaban cinco días y muchas experiencias por vivir, pero el inicio en Zacatecas y Durango había resultado extraordinario.

Hace algunas semanas escribí en esta columna acerca de las guacamaya:
https://www.enlalupa.com/2019/03/24/la-guacamaya-verde-la-libertad-en-vuelo-gerardo-aguilar/ , cuya historia aconteció un par de días después de esta narración. Ahora que los recuerdos han despertado, seleccionaré otros episodios del mismo viaje para seguir con esta crónica. Así que al estilo de las series de televisión:

C O N T I N U A R Á…

 

 

(Espero que no me odies por esto)

CONTACTO:

Correo electrónico: gerasimoagui@gmail.com

Facebook: @GerardoAguilarAnzures

Twitter: @gerasimoagui.

Para consulta de información de aves, se puede acceder a: http://avesmx.conabio.gob.mx

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