Amílcar Salazar - Filo Rojo

Sobrevivió 8 meses sola, sin comida y con 88 años – Amílcar Salazar

Texto: AMÍLCAR SALAZAR / ENLALUPA.COM
Fotos: MARCO ANTONIO ZAMUDIO

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Con 88 años a cuestas y un pie fracturado, Graciana Velázquez Ortiz sobrevivió durante ocho meses dentro de una choza perdida en la inmensidad de la Sierra Gorda de Querétaro.

Los voluntarios que fueron al rescate de esta mujer se sorprendieron al darse cuenta de que se había alimentado sólo con harina de maíz remojada –primero con agua de garrafón, luego de la lluvia, después con saliva u orina–.

Tras agotar su reserva de agua, la anciana debía arrastrarse sobre su piso de tierra para alcanzar la cubeta que puso afuera de la casa, junto a la puerta. Ahí captaba la lluvia y a veces sólo el rocío de la noche.

Dentro de su vivienda, hecha con troncos de árbol y piedras apiladas, sufrió calores, tormentas, ventiscas, heladas, granizo y nieve. Al dejar la puerta abierta, enfrentó el acoso de gatos monteses y serpientes.

Antes de ser rescatada por una familiar que pidió el apoyo de autoridades para trasladarla a un hospital, Graciana vivía convertida en ermitaña de su tierra natal: Loma de Guadalupe, municipio de Pinal de Amoles, donde no contaba con ningún vecino en menos de 20 kilómetros a la redonda.

EnLaLupa.Com pudo hablar con la sobreviviente y con los protagonistas de un singular operativo de “rescate de un adulto mayor” efectuado recientemente por voluntarios coordinados por el DIF municipal.

ÚLTIMA HABITANTE DE SU PUEBLO

Mujer canosa diminuta, no más de 1.50 de estatura, ojitos escurridos, delgadísima y con voz débil (médicos del Hospital General de Jalpan de Serra le diagnosticaron desnutrición severa y atrofia generalizada del sistema digestivo), Graciana cuenta a #FiloRojo como fue que sus padres campesinos, beneficiados con una parcela durante la Reforma Agraria del ex presidente Lázaro Cárdenas, la hicieron nacer en Loma de Guadalupe, allá por “1931 ó 32, no sé.”

A decir de Luisa Velázquez Cruz, su sobrina de 46 años, la tía consumió toda su vida en aquella ranchería situada en una región con poca presencia humana y sin carreteras, denominada Paso de los Limones, donde para acceder deben andarse elevaciones de hasta mil 400 metros y descensos de hasta 700.

Prácticamente sin bajar de la montaña, dedicada a exprimir las milpas y criar animales, Graciana recuerda (con ayuda de Luisa) pasajes básicos de su vida: cómo le tocó enterrar a sus padres, hace 45 años; ver partir hacia el extranjero a sus dos hermanos varones, hace 40; sepultar a su adolescente único hijo, hace 20; y luego enviudar, hace 15; quedándose en la misma choza de la familia.

“Ahora que salga de la enfermedad me regreso para allá, que dejé mis cosas”, augura Graciana, mientras su sobrina la secunda: “sí, titis, pero tienes que curarte bien y luego vamos.”

Graciana vive ahora en compañía de Luisa en una casa más grande dentro de la población de El Aguacate de San Pedro; ranchería que si bien es de 139 habitantes, está a ocho kilómetros de la subdelegación municipal de San Pedro Escanela, donde ya se cuenta con un centro de salud.

SOLEDAD EN LA MONTAÑA

En los últimos dos años, Graciana se había quedado sola en la montaña, ello porque sus últimos vecinos –de 33 que llegó a tener– se marcharon sin poder convencerla de que los siguiera.

–Véngase con nosotros, doña, aquí ya no hay nada ni nadie –le dijeron los Camacho, dueños de una de las siete casas hasta entonces habitadas en el lugar.

Un incendio que en mayo de 2017 consumió 70 hectáreas verdes de San Pedro Escanela aceleró el éxodo de agricultores de la zona, enfrentados cada día a una mayor pobreza.

Sin embargo, Graciana se aferró a permanecer.

–Aquí estaré hasta que me muera –fue su respuesta.

LUISA, UNICA FAMILIAR

La decisión de Graciana de quedarse para siempre en su casita era igualmente transmitida a su sobrina Luisa; única familiar que se tomaba el tiempo de hacer una caminata de tres horas para visitarla y proponerle llevársela a vivir con ella a El Aguacate.

–Mi tía quería morirse en su casita, pero por humanidad no podíamos dejarla –cuenta Luisa, quien tras fracasar en su más reciente intento por convencerla de mudarse decidió pedir apoyo de la autoridad pinalense para operar un rescate por causa humanitaria y así poderla mudar legalmente a El Aguacate.

La última vez que Luisa visitó a Graciana (mayo o junio de 2018), aún no se fracturaba el pie y tenía a la mano varios sacos de harina, su anafre funcionando, así como tres garrafones llenos del agua que habitualmente obtenía de un arroyo que le quedaba a medio kilómetro.

Pero el destino quiso que Graciana se fracturara el pie y ello la obligara a ya no poder salir de su vivienda durante al menos ocho meses, según estimaciones de Luisa. La crítica situación de la mujer pudo prolongarse aún más, de no ser porque el pasado 22 de enero la autoridad otorgó el permiso necesario para emprender el rescate.

RESCATE A PIE… A FALTA DE HELICÓPTERO

Este medio no pudo corroborar si el municipio de Pinal de Amoles solicitó o no el apoyo de un helicóptero del gobierno del estado, unidades que suelen estar disponibles para el traslado de personas en situaciones y lugares de riesgo.

La única certeza periodística obtenida fue que el rescate oficial se llevó a cabo a pie, por parte de un grupo de 13 voluntarios, además de una mula y un perro. El equipo rescatista anduvo cuatro horas de ida y siete de regreso entre El Aguacate y Loma de Guadalupe, debiendo trasladar al adulto mayor sobre una camilla que fue fabricada in situ, mediante dos carrizos y una manta.

–El traslado de esta señora fue el caso más difícil que nos ha tocado, porque al lugar no se puede llegar en auto y todo lo hicimos caminando, unas diez horas en medio de la nada –cuenta al reportero Marco Antonio Zamudio, titular de la Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia del ayuntamiento pinalense.

El propio Zamudio acompañó en la travesía al cuerpo rescatista, al cual se integraron dos trabajadoras sociales y sicólogas pinalenses, Leticia León y Flora Sánchez; una vocal del Instituto Queretano de la Mujer, la subdelegada honoraria de El Aguacate, Ofelia Guzmán; y la propia Luisa, junto su esposo, el campesino Noé Gutiérrez y seis varones de El Aguacate, quienes turnaron el papel de camilleros.

HARINA Y UNAS GOTAS DE AGUA

La caminata rescatista partió de El Aguacate a las 8:00 horas del día arriba señalado, llegando cerca del mediodía a la casa de Graciana; encontrándola postrada sobre su catre y con una mínima porción de agua blancuzca contenida en una botella de refresco, además de un plato con maseca humedecida.

Fiel a su carácter, la mujer se mostró reacia a la idea que le planteó Luisa, acompañada del grupo voluntario, de ser trasladada a un hospital, donde los doctores se encargarían de atenderla en todos los aspectos.

Graciana argumentó no contar con derecho al sistema de salud, pero Zamudio respondió que los gastos serían cubiertos por el municipio. La presencia de las sicólogas resultó igualmente útil para ir venciendo, poco a poco, la resistencia natural de una mujer que prácticamente no había dejado su tierra en casi nueve décadas.

Dentro de las muchas carencias que observaron dentro de la casa de Graciana, los visitantes destacaron el hecho de que sí contara con luz eléctrica y un foquito que a veces encendía. El casi milagro anterior, gracias a la durabilidad de un panel solar que ya llevaba 15 años instalado en la azotea. Un artefacto que el difunto esposo se ganó por asistir al mitin de un político.

EN SITUACIÓN DELICADA

Lamentablemente, Graciana no ha podido recuperarse tanto de la anemia como de la atrofia del sistema digestivo, además de sufrir en los últimos meses complicaciones virales, fiebre y dolores musculares.

“La titis se pasa el día con mucho malestar”, dice Noé Gutiérrez, esposo de Luisa, quien suele vigilar a la paciente durante las mañanas, mientras su mujer acude a un trabajo.

Gutiérrez aprovecha este medio para señalar que en el Centro de Salud de San Pedro Escanela sólo laboran dos enfermeras y un médico en horario matutino y que desde diciembre pasado sufre un desabasto de medicamentos del 90 por ciento.

“Aquí en su pobre casa a lo mejor no va a faltar de comer, pero no hay recursos para darle medicinas. Quedaron de traer de la cabecera, pero hace mucho que no vienen. Para moverla al médico hay que buscar carro, porque son ocho kilómetros y hay que cargarla”, se queja Gutiérrez, quien si bien ofrece su número de celular a EnLaLupa.Com, advierte que “acá casi no entran las llamadas.”

“Si nos quieren ayudar, que busquen a la señora Ofelia, en el DIF de El Aguacate, o en la cabecera de Pinal de Amoles. Ellos ya saben qué nos falta.”
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Twitter: @puroreportaje

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