Luis Octavio Vado - Paradojas

La paradoja de oriente y occidente – Luis Octavio Vado Grajales

Los humanos tendemos a organizar las ideas en parejas: arriba y abajo, izquierda y derecha, buenos y malos, salvados y condenados. Parece que nuestra mente requiere opositores para producir pensamientos.

Oriente y occidente es una de esas construcciones hermanas, que se apoyan para seguir creciendo y no derrumbarse. Más que ubicación geográfica, son imágenes mentales que describen una realidad tangible que nunca existió.

Nadie, dice Borges, se siente oriental. Nadie, puedo afirmar, se siente tampoco occidental; nos sentimos mexicanos o chinos o albaneses. Pero sin embargo identificamos algunas ideas con esa doble descripción: el occidente científico y mental, el oriente misterioso y atemporal.

O tal vez en Japón o Birmania afirmen que el occidente es misterioso y atemporal. No lo sé.

Podemos imaginar a unos comerciantes de la seda, que llegando lo más lejos posible para vender caros sus productos, arriban por primera vez a una ciudad griega. No los sorprende la vestimenta o el idioma, están acostumbrados a obviar esas diferencias exteriores. Tampoco los sorprenden sus edificios, que encuentran faltos de gusto y demasiado geométricos.

Lo que llama su atención y maravilla son sus dioses: hombres y mujeres como cualquiera. Piensan: “¿cómo pueden adorar a hombres y mujeres si ellos lo son?” y encuentran en ese hecho no sólo un error capital, sino también una imperdonable vanidad.

Dioses como personas, lo que es decir personas que son dioses.

Han descubierto por primera vez al occidente, a ese occidente que hace del ser humano la Cifra de la creación, que toda ha sido hecha para su goce. El ser occidental que es incapaz de reconocer superioridad alguna sobre él si no es en la forma de otro humano, aunque más poderoso y a la vez poseído por las mismas pasiones, pero en grado mayor.

Regresan estos mercaderes a sus tierras, a su oriente. Narran extraños cuentos de hombres con barbas ensortijadas y túnicas, relatos de desiertos interminables y de ríos caudalosos como mares. Pero deciden guardar silencio sobre esos equívocos cultos tan primitivos, ese adorarse a sí mismos que, consideran, es producto de una infancia emocional de la que un día despertarán esos occidentales que acaban de descubrir.

¿Quieres dejar algún comentario?

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

To Top