Eric Rosas - La onda plana

La guerra de los chips – Eric Rosas

Cuando durante la pasada campaña presidencial estadounidense, algunos presagiaban que, de ganar, Trump conduciría a su nación y al mundo entero a una nueva conflagración internacional, muchos imaginaban escenarios en los que los misiles cargados con ojivas nucleares surcarían el cielo, para causar destrucción en ambos lados del océano Pacífico. No se equivocaron los agoreros, pero seguramente fueron los menos, quienes verdaderamente avizoraron el germen que gestaría este nuevo conflicto. Así como en otros momentos de la historia de la humanidad han sido las disputas comerciales, las que han ahondado las diferencias entre naciones, hasta el punto de volverlas dirimibles sólo por la fuerza del fuego, ahora nuevamente es el aspecto económico, el que confronta a las dos principales hegemonías del orbe, y es la industria de la electrónica, la manzana de la discordia.

Conforme la sociedad mundial se renueva, hordas inmensurables se suman al consumo permanente de información y entretenimiento, que llegan a las palmas de sus manos mediante dispositivos como las tabletas, las computadoras portátiles o los teléfonos inteligentes, convirtiendo a esta industria en una de las más rentables y apetecibles para las grandes empresas transnacionales. Durante años, el sector de la electrónica ha visto crecer sin respiro sus mercados y ganancias, y en todo este tiempo, las principales marcas han tejido un complejo entramado de proveeduría, que les ha hecho depender unas de otras cada vez más. Así, por ejemplo, las grandes firmas ensambladoras de teléfonos inteligentes, como la china Huawei Technologies, requieren del suministro suficiente y puntual de millones de circuitos electrónicos miniaturizados, que en su totalidad han sido diseñados por la compañía británica Arm Holdings, y que sólo pueden ser fabricados por las estadounidenses Qualcomm o Intel. Pero éstas a su vez, dependen de las obleas de silicio altamente puro, que únicamente logran refinar la taiwanesa Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), la coreana Samsung o la misma estadounidense Intel; con la particularidad de que ésta última nada más fabrica los chips de diseño propio, mientras que, por ejemplo, la totalidad de los procesadores que usan los teléfonos iPhone, provienen de TSMC. Como complicación adicional, prácticamente la totalidad de los chips del mundo, se fabrican con equipos de litografía que vende de manera exclusiva la empresa holandesa Advanced Semiconductor Materials Lithography (ASML), que posee la única tecnología basada en radiación ultravioleta, capaz de lograr la miniaturización necesaria para los procesadores de las próximas generaciones de dispositivos electrónicos.

La telaraña de proveedores de esta industria multimillonaria, subsiste gracias a una infraestructura de producción y logística, que funciona cual maquinaria de reloj suizo, atiborrado de dependencias y de contrapesos que se mantienen todos en un peligroso equilibrio inestable. Apenas se desate uno de los nudos, la energía del sistema completo terminará por afectar sustancialmente y por igual a todos jugadores de este sector. Y, con sus amenazas, el presidente estadounidense parece estar estirando demasiado la liga, con el enorme riesgo de alterar de una vez y para siempre, la frágil estabilidad de los importantes intereses comerciales involucrados; mismos que no se restringen a la manufactura, sino que también incluyen a la programación, que mantiene una dinámica igual de enredada.

Aunque sin evitar sentir molestia a causa de las amenazas lanzadas desde Washington, las transnacionales de Asia, Europa y la misma Norteamérica, se han visto obligadas a reflexionar respecto del estado actual en que se encuentran sus cadenas de proveeduría. De esto, seguramente emergerá un nuevo orden para el sector, con mayor diversificación de proveedores y, por tanto, menor grado de dependencia. También, sin duda, veremos como las diferentes naciones impulsarán el desarrollo tecnológico dentro de sus fronteras, para encontrar redundancia en nuevas compañías. Sin embargo, la mala noticia es que también ha iniciado un nuevo conflicto mundial: la guerra fría de los chips.

Lo anterior, dicho sin aberraciones.

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