Andrés Garrido del Toral - Memorias Peregrinas

San Joaquín, sus orígenes (III) – Andrés Garrido del Toral

Puedo afirmar que al momento del contacto hispano, Ranas, Toluquilla y Quirambal ya se encontraban abandonadas. Es entonces, al finalizar el primer tercio del siglo XVI que se da la llamada “Guerra Chichimeca” entre los habitantes de la Sierra Gorda y los conquistadores españoles, conflagración que duraría 200 años. En este trabajo no tengo como objeto explicar el proceso de integración de toda la región a la nueva civilización implantada por España, solamente tocaré lo relativo a la zona que hoy comprende el municipio de San Joaquín.

De los testimonios de Jerónimo de Labra el joven se desprende que desde los primeros años de la incursión de misioneros en Sierra Gorda, franciscanos de Michoacán fundaron misiones en San Juan Tetla, Asiento de Gatos, San Cristóbal y otros, las que hubieron de ser abandonadas en 1609 por los ataques de aborígenes jonaces, añadiendo Labra que todavía en 1740 podían verse las ruinas de las construcciones levantadas en dichos parajes.

Fray Juan Bautista de Mollinedo, guardián de Xichú, fundó (quizá nuevamente si es que no se equivocó de Labra) la misión de San Juan Tetla el 22 de septiembre de 1617, dejando allí como ministro a fray Juan de San Antonio y declarando a este reducto misional como “cabecera municipal de todos los puestos y visitas de dicho Cerro Gordo” los cuales eran entre otros Maconí y Las Ranas. Dejó por escrito Mollinedo que había señalado lugar en San Juan Tetla para pueblo y convento donde habían de reducirse los chichimecos de la serranía.

Sin embargo, el historiador Lino Gómez Canedo menciona en su obra “Sierra Gorda” que San Juan Tetla no es mencionada en el informe de visita que hizo en 1626 fray Alonso de Revollo al comisario general de la Nueva España, fray Alonso de Montemayor, por lo que se crea la duda sobre si ocurrió realmente esa fundación de septiembre de 1617 o si fueron fundadas dichas misiones y destruidas antes de que llegaran los visitadores e informantes. Asegura también Lino Gómez Canedo que un escrito de 1693 atribuye a fray Martín Herrán la fundación de San Juan Tetla y que para 1789 –en una carta-, se quejaba fray Cristóbal de Herrera de la demolición de varias misiones por obra del famoso Escandón y Helguera, entre ellas la que nos ocupa.

Sin duda alguna, sostengo que a Jerónimo de Labra Izaguirre, el viejo, se debe el establecimiento de los más antiguos núcleos de población española y de las primeras misiones en el centro de la Sierra Gorda (al que pertenece San Joaquín si tomamos en cuenta que la cordillera se extiende por Zimapán, Pacula, Jacala y Huichapan), teniendo lugar dichos acontecimientos en el siglo XVII, concretamente a partir de 1636, cuando el viejo Labra emprendió las campañas militares contra los jonaces.

La fundación de las misiones tuvo como objetivo principal el de pacificar a los indios rebeldes, pero sería inocente no pensar que también don Jerónimo y sus hijos se interesaron en el descubrimiento de minas y en fundar haciendas de beneficio, aun en el territorio más difícil de toda la sierra por los ataques que recibían de los jonaces.

Las haciendas y minas de los Labra ejercieron una considerable influencia en el desarrollo de la Nueva España porque explotaban mercurio, metal muy codiciado a fines del siglo XVII por su utilización en el laboreo de la plata. Las principales minas explotadas por los Labra fueron las de Maconí, El Espíritu Santo, Nuestra Señora de Guadalupe, San Miguel el Rico, Nuestra Señora de la Luz del Puerto y San Nicolás. El avance de la conquista en esta región serrana es un poco tardío respecto del que hubo en la zona de Jalpan, y ello se explica por lo indómito e inexpugnable de la frontera jonaz.
En 1681 Jerónimo de Labra el viejo recibe del virrey Conde de Paredes el título de “Protector, capitán, cabo y caudillo de guerra de los indios chichimecas”, residiendo para ese entonces en el real de minas de San Buenaventuranza Maconí, lugar donde tenía una hacienda de beneficio y fundara una misión que sería la principal o cabeza de otras siete misiones de la región.

Para reducir a los jonaces de Ranas y otros sitios, de Labra recurrió a la donación de alimentos y a la ayuda de misioneros franciscanos. Fundó en compañía de fray Nicolás de Ochoa (al cual la Hacienda Real dotó de trescientos pesos para tal encomienda), el 13 de noviembre de 1682, la misión de San Nicolás Tolentino en el antiguo poblado de Ojo de Agua de Ranas y hoy ciudad de San Joaquín, donde estaban asentadas cuatro cuadrillas de “indios mecos”, por lo que se puede considerar esta como la fecha oficial de la fundación del pueblo, aunque seguramente ya existía en dicho lugar algún asentamiento indígena, porque a decir de González Arteaga en su obra arriba citada, los nuevos pobladores que llegaron cientos de años después del abandono de la ciudad de Ranas, erigieron con las mismas piedras de laja caliza de los antiguos edificios sus casas, formando una pequeña ranchería que es la hoy cabecera municipal, independientemente de la mención que se hace de Las Ranas en la fundación de septiembre de 1622.

De esas ocho misiones también pertenece al actual municipio la de Nuestra Señora de Guadalupe de Deconí y la de San Juan Tetla, que fueron fundadas el 14 y 15, respectivamente, de noviembre del mismo año. Llama la atención como detalle curioso que la misión de Ranas se fundó días y aún meses antes a las de La Nopalera, El Palmar y Vizarrón. La misión de Ranas pudo haberse fundado desde 1673, porque desde entonces de Labra había pedido al virrey Marqués de Mancera misioneros, cosa que le fue negada. El gran mérito de Jerónimo fue haber reducido a vivir en misiones a más de mil bravos jonaces desde 1636 hasta su muerte que ocurrió en el año de 1685, lo que provocó el desamparo de los indios y el abandono de las misiones, entre ellas la de San Nicolás Tolentino de Ranas. Ya en 1688 se hablaba de ellas como de cosa del pasado.

Lo normal era que se dotara a cada misión con un mínimo de una legua por cada punto cardinal a medir desde donde se ubicaría la iglesia, lo que equivalía a una superficie laborable de cuatro leguas cuadradas. Es de suponerse que la organización de la enseñanza y el trabajo recaía en instructores indígenas o mestizos, actuando directamente o con intérpretes bajo la vigilancia de un militar o del misionero mismo. Este sistema funcionó hasta que las misiones fueron siendo poco a poco autosuficientes.

Sin embargo, frecuentemente las tierras comunales de las misiones eran codiciadas por los estancieros vecinos y estaban sometidas a litigios. Estima el maestro Héctor Samperio Gutiérrez en su obra “Las misiones fernandinas y su metodología” que estas tensiones fueron una de las causas importantes de la decadencia y extinción de las misiones dominicanas.

Cabe mencionar que una vez que el religioso Ochoa dejó Las Ranas y Maconí, un religioso del convento de Cadereyta acudía a dar los sacramentos a dichos lugares.

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