Julio Figueroa - Vistas

Las enseñanzas de K – Julio Figueroa

Le costaba trabajo empezar pero todavía más acabar, cerrar el círculo abierto de un modo inverosímil. Abría un relato, una historia, y luego un cuento, una novela, hacía un apunte, una carta, expresaba un sí, se negaba en su diario… y muy pocas veces cerraba lo que había empezado. La continuidad era una montaña cuesta arriba y el punto final se perdía entre las nubes. Abría una línea y luego otra y otra… y casi todas quedaban abiertas, prodigiosas e inverosímiles, como la muralla china.

Probablemente veía todos los defectos en su hoja escrita a deshoras, en su propio cuerpo, en sus pensamientos, en su espíritu, en sus difíciles relaciones con los otros, en su diálogo interno. Sus diarios son la sentencia de un alma condenada. La imperfección lo atormentaba. Tal vez por eso nunca podía acabar nada.

No es que fuera un perfeccionista sino que no podía tolerar sus defectos humanos. La inseguridad lo devoraba.

Lo extraordinario era lo más natural en sus relatos de su observatorio obsesivo, detallista y patológico.

Ver los defectos, buscar la perfección, ser inseguro, qué combates.

–¿Por qué no me quedo encerrado en mí mismo?

–Debería meterme en un rincón, en completo silencio, contento de poder respirar.

–No dejaré que me domine el cansancio. Me lanzaré de un salto a mi narración corta, aunque me despedace la cara.

–Hay posibilidades para mí, sin duda, pero, ¿bajo qué piedra están escondidas?

–Si no me salvo con un trabajo, estoy perdido.

–Páginas conquistadas a puñetazo limpio.

–No hay camino, lo he perdido.

–La desdicha de estar empezando siempre.

–La destrucción sistemática de mí mismo en el curso de los años es asombrosa.

–Sensación total de desamparo.

–Las formas de la decadencia son inimaginables.

–Derrumbamiento total.

–Los relojes no coinciden.

K está en el centro del círculo para hacer el radio del círculo y no puede hacer el radio para hacer el círculo. Constantemente inicia un radio, pero siempre lo interrumpe, para hacer otro radio igual de inconcluso. El centro del círculo imaginario está lleno de radios que empiezan y no acaban. Y sabe que ya no hay sitio ni tiempo para más, y que significa el fin. Su vida, dice, es la vacilación prenatal.

–Estoy sentado junto al escritorio, y no saco nada adelante, apenas si salgo a la calle.

–Todo el tiempo en cama.

–Cada vez me da más miedo escribir cosas…

Hacerse chiquito-chiquito y comer humillaciones como otros comen elogios y chocolates. Y de esa soledad espantosa surgieron sus letras oscuras de luz que todavía nos alumbran en el arduo camino de la vida. Al final pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus escritos. Por fortuna no lo hizo.

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