Qro, Tierra de Artesanos

Video? La próxima vez considéralo antes de regatear con un artesano

Historia: Carlos P. Jordá /EnLaLupa.com
Fotos: Guillermo González /EnLaLupa.com
Video: Ernesto Rey y Ricardo Arellano /EnLaLupa.com

Doni significa flor en otomí y es también el nombre de la casa de artesanías donde Rosa oferta sus productos en la cabecera municipal de Amealco de Bonfil, al costado derecho de la catedral. A pesar del establecimiento legítimo y de las etiquetas que indican un precio fijo, muchos turistas no dejan pasar la oportunidad de regatear el costo de los productos elaborados con las manos de múltiples artesanos sin considerar las historias y las horas de esfuerzo que hay detrás de cada trabajo.

La historia de Rosa Margarito Blas comienza con la llegada de un joven llamado Mario a la comunidad de San Ildefonso, Amealco. Madres solteras y mujeres violentadas eran el principal objetivo de la institución llamada Puente de Esperanza para la cual laboraba el muchacho. El programa al cual se invitaba a las artesanas constaba de tres años de capacitación en la capital queretana para que estas pudieran obtener un mayor provecho de su trabajo. Mario encontró en Elena Blas un buen prospecto para formar parte del proyecto, sin embargo ésta tuvo que declinar la oferta puesto que no podía dejar sola a su hija epiléptica de 19 años: Rosa.

El joven regresó a la ciudad de Querétaro con aquella negativa y sus razones, a la cual, Puente de Esperanza realizó una contraoferta. “No me lo pensé dos veces”, comenta Rosa al recordar el retorno de Mario a San Ildefonso con la misma propuesta, en esa ocasión, dirigida a ella. “Mamá no quería dejarme ir, pero le dije que yo no nací para casarme muy chica, ni tener hijos muy chica, ni estaba lista para formar una familia. Le expliqué que era una gran oportunidad; una oportunidad para salir adelante, una oportunidad para aprender cosas nuevas. Una oportunidad para conseguir un médico.”

Tres años después, la hija de Elena volvía a su comunidad con la técnica del bordado perfeccionada, con el conocimiento necesario para hacer de sus artesanías un negocio rentable y con la epilepsia que la maltrataba completamente controlada. Hace ya 15 años que Rosa Margarito —es común encontrar entre los oriundos de Amealco apellidos de nombres propios en masculino— revolucionó la actividad de imprimir, con hilo, patrones y dibujos en servilletas y manteles que había aprendido desde niña con su madre.

En la actualidad vende blusas, monederos y bolsas en el espacio que la casa de artesanías Doni le renta, y muñecas en un local de la Plaza Bicentenario, a unos metros de Doni sin cruzar de acera. Todo elaborado con manos artesanas bajo el liderazgo de Rosa. Por supuesto, ella también fabrica los trajes típicos que usa todos los días.

Algo más que ganarse la vida

Para Margarito las artesanías no son sólo una forma de ganarse la vida, sino una manera de representar a las mujeres otomíes ante el país y ante el mundo entero. “Conservar nuestras tradiciones es recordar a nuestros ancestros”, explica, aunque no toda su vida tuvo esta perspectiva. Rosa se arrepiente de no haberle enseñado su lengua materna a sus tres críos mayores y ve complicado lograr que Griselda, su pequeña de 10 meses, aprenda el otomí, pues su esposo tampoco lo habla. “Es complicado, más si todos en casa hablan español. Cuando hablo en mi idioma mis hijos me dicen que no les hable en inglés. Creo que fue un error no enseñarles el otomí por miedo a que vivieran lo mismo que yo”, revela que de pequeña sufrió discriminación mientras cursaba la primaria en San Ildefonso, comunidad en la cual la mayoría de los habitantes tienen raíces indígenas.

Así es, aquella adolescente que se oponía a un matrimonio temprano encontró, en su vuelta a Amealco, el momento indicado y a la persona oportuna para formar una familia. “Tengo cuatro hijos; los dos más grandes son de corazón y los chicos los tuve con mi esposo”, al decir “de corazón”, Rosa se refiere a que ese par son vástagos de su marido con otra pareja y que, sin embargo, los quiere como si fueran suyos. Tanto así que su hija de corazón y su nuera (esposa del hijo de su marido) son parte importante del negocio que erigió y que considera patrimonio suyo y estandarte de su cultura. “Esto no debe morir conmigo, siempre le digo a mi esposo y a mis hijos que si yo no estoy ellos tienen que seguir”.

Rosa cree que las artesanías son cada vez menos producidas porque no se pagan como es debido. “No se crea”, responde al ser cuestionada sobre el regateo de la clientela, “la gente viene y quiere que se le venda más barato porque así es en la calle. Lo que no saben es que pagamos renta aquí porque estamos establecidos y eso le conviene a los compradores.

¿Qué pasa si consiguen un producto en la calle y algo no está bien o algo falla? ¿Cómo van a encontrar a la persona que se los vendió?” Aparte de la garantía que implica no hacer tratos con comerciantes ambulantes, la señora Margarito considera que los clientes que tiene la costumbre de preguntar “¿cuánto lo menos?” no son conscientes de todo el esmero que necesita una sola pieza. “Son horas de trabajo lo que vendo. A veces nos toma días acabar un producto.”

Detrás de cada artesana, una historia personal

“Muchas de nosotras (las artesanas) nos vamos a vender sólo con el pasaje de ida. Por eso  algunas compañeras en la calle dejan más barato su trabajo; lo malbaratan para poder comer y regresar a casa”. Rosa explica que no es una menor calidad en la mercancía de las artesanas de a pie, sino la necesidad lo que las lleva a cobrar menos de lo que su trabajo merece, sin olvidar que, al igual que Margarito Blas, todas tienen su historia personal.

Mujeres de Esperanza, la marca de Rosa, contrata a más artesanas para fabricar los cobertores de baño, las bufandas y los tortilleros que ofrece en Doni, y le paga a las manos que elaboran las muñecas que vende en Plaza Bicentenario porque, claro, como dice la propietaria: “nadie trabaja de gratis”. Resulta justo pensar que, al ser trabajadas de forma manual, las artesanías portan un poco de la persona, o de las personas que las crean.

Son entonces, el tiempo de trabajo, la cantidad de manos que elaboraron un producto, la sobrevivencia de una cultura y las historias detrás de cada rostro comerciante, cuestiones a considerar la próxima vez que usted, estimado lector, se acerque a preguntar por el precio de una artesanía.

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