Por el gusto de ser queretanos

Innes, el arquitecto que mezcla su educación escocesa con la amabilidad queretana

Historia: Jesús Arriaga /EnLaLupa.com
Fotos: Guillermo González /EnLalupa.com

Innes Webster baja despacio las escaleras de su casa, en el primer cuadro de la ciudad de Querétaro. El escocés, de 88 años de edad, emprendió un viaje de vida en su juventud, que lo llevó a recorrer casi todo el continente americano, pero el lugar que más le gustó fue México, a donde regresó para establecerse, trabajar en la Secretaría de Salud, ser maestro en la UNAM y asentarse en Querétaro desde los ochenta.

Innes se sienta en la sala. Ve rápidamente la primera plana de un periódico que está sobre el sofá.

Mónica Eugenia Figueroa Cabañas, esposa de Innes, deja a su esposo platicar. El hombre explica que Innes es el apellido de soltera de su madre, pero le fue adaptado como tercer nombre para diferenciarlo de su padre, que se llamaba John Henderson Webster. Él es John Henderson Innes Webster.

Señala que muchas ocasiones se les hace dudoso el género de su nombre, pues se confunde con Inés, aunque en su caso es con doble “n” y sin acento. Narra que nació en un pueblo ubicado en las riberas del río Clyde “donde han nacido los grandes barcos en los treinta”, dice.

“Era un pueblito con un astillero, pero sin pub, así que era muy original. Los astilleros necesitan tener pubs, como servicio adicional”, dice mientras ríe.

A México llegó en 1961, mientras que a Querétaro fue en los ochenta.

Recuerda que al terminar de estudiar en Edimburgo, tuvo la oportunidad de obtener una beca, con lo que tuvo oportunidad de cruzar el océano Atlántico en uno de los últimos barcos de pasajeros que había en aquella época. Llegó a Nueva York, viajó a Washington. También estuvo un tiempo en Boston.

Luego de trabajar por un año, sintió deseos de conocer más de Estados Unidos. Junto con un amigo decidieron recorrer esa nación. Además de visitar la Columbia Británica, donde vivía el hermano de su amigo.

Su viaje siguió y lo llevó hasta San Francisco. Su amigo volvió a Reino Unido, donde se volvió famoso, al hacerse socio de una de las firmas más conocidas de arquitectos. Él se quedó en San Francisco, donde conoció en clases de español a su primera esposa, originaria de Gales.

Una luna de miel en una camioneta van

Innes se casó y su luna de miel fue en una camioneta van, la cual arregló él mismo y que usaron para recorrer parte de América Latina. Llegaron a Nicaragua, donde se dieron cuenta que no podrían pasar más allá de Panamá, pues no había más carretera para transitar más al sur. La selva y los pantanos detuvieron su camino hacia el sur.

Para trasladar la camioneta hasta el otro lado tuvieron que mandar la camioneta por barco, aunque luego se complicó sacarla del muelle, porque les pedían una suma igual al valor de la unidad. Tuvieron que pedir ayuda al cónsul británico para poder recuperar la unidad.

En Venezuela se asentaron por un tiempo, juntando dinero para seguir el viaje al sur, pero los ahorros no eran suficientes. Regresaron a Nueva York y luego a México, donde vivió en la colonia Condesa.

“Por fortuna, los arquitectos, aunque sea de dibujantes, encontramos chamba, mal pagada, pero encontramos”, dice.

Trabajo haciendo casas de lujo, pero después una amistad lo presentó con el jefe de proyectos especiales de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA). Hizo un prototipo de hospital de 12 camas que se construyeron en varias partes del país.

En 1968 ya daba clases en la UNAM, de una materia, que le dejó una pensión de tres mil pesos.

“EN 68 estuvimos en una reunión de maestros cuando entró una profesora, en aquel entonces pelirroja, muy llamativa, diciendo ‘qué demonios hacen aquí, están matando estudiantes en la plaza de Tlatelolco’. Así fue como supimos lo que pasaba”, indica.

Mucha gente, comenta, decía que el 68 no iba a cambiar al país, pero visto a la distancia fue un “movimiento pivotal” en la historia de México. Fueron momentos interesantes, abunda.

Más de 30 años en Querétaro

En los ochenta, Innes llega a Querétaro, luego de salir de la SSA. Le ofrecieron, gracias a su experiencia, desarrollar un concepto de desarrollo urbano en Atlacomulco, en el Estado de México, pero no le atrajo el proyecto, y lo mandaron a Querétaro. Al final le pareció interesante al mismo tiempo que frustrante.

“Diseño urbano y planeación urbana son actividades muy frustrantes, porque al final de cuentas los que deciden el desarrollo urbano son los fraccionadores y sus amigos millonarios, y no los planificadores. El plan queda como papel tapiz al final. Por eso llegué aquí. Me había gustado Querétaro y me quedé aquí”.

Añade que Querétaro era una ciudad habitable y eso le gustó, pues la Ciudad de México era muy difícil para vivir, aunque él vivía en La Condesa, pues se podía caminar y mientras no se saliera de ese sitio era disfrutable.

Compró una casa en el centro de Querétaro, donde adaptó unos departamentos que renta, y de lo cual se mantiene.

Precisa que una de las ocasiones que regresó a Escocia fue cuando fue a ver a su padre, que estaba enfermo. Era el año de 1982. Trató de dejar todo en buen estado, para que cuidaran a su padre en casa. Tiempo después, a los dos meses exactamente, su padre fue hospitalizado y falleció. Regresó a Escocia para cremar a su padre. Su madre había muerto cinco años antes.

Mónica e Innes posan juntos para las fotografías, mientras recorren parte de la casa, con amplios espacios y bien iluminada. Una reproducción de un mapa virreinal de Querétaro decora uno de los pasillos. Innes se despide jovial y amable, con su mezcla de la educación escocesa y la amabilidad queretana, en este hombre, arquitecto de su propio destino.

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