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Arte, fortuna y estilo: crónica de una entrevista fallida

Jacobo García

Carlos P. Jordá / EnLaLupa.com

“Hacer algo peligroso con estilo es a lo que yo llamo arte”.

-Charles Bukowski

Los apasionados del futbol dicen reconocer, en un joven debutante, a un crack recién este toca la bola; es la manera en la cual acaricia el esférico y hace parecer fácil un pase filtrado o una definición frente al arquero. Quienes dedicamos nuestros días a leer y a escribir, y a leer más, a veces paramos el frenesí de nuestros ojos hambrientos ante un texto que vale la pena paladear. Es la manera en la cual un escritor le da una voz particular a su narración y a sus personajes, y lo fácil que hace parecer (puesto que fácil se lee) el rompecabezas de palabras que se inventa para contar una historia. Verídica o ficticia, el género es lo de menos.

Hace dos meses, aproximadamente, me encontré con “El Caribe turbio”, un reportaje publicado por El País y El Faro. En él se narran, a través de diversas voces involucradas, las circunstancias que viven tres diferentes puntos de la frontera a la cual casi nadie voltea a ver: la frontera sur. Es un trabajo riguroso que no escatima en recursos literarios ni audiovisuales. Una obra periodística integral, la catalogué, más cuando me enteré que apenas había leído la primera parte de una saga —de seis reportajes que pretenden hacer un mapeo de la línea divisoria entre México y Centroamérica— titulada, precisamente: “La frontera sur”.

El Caribe turbio

El territorio costero que comparten México, Guatemala y Belice es una de las regiones más porosas y desconocidas de la frontera sur de América.


“Me gustaría platicar con este sujeto, tal vez invitarle un trago o dos”, me dije sobre Jacobo García —relator de ese primer capítulo y coeditor de la serie— como un chaval que fantasea con jugarle una reta a un jugador de las grandes ligas del futbol europeo.

¡Fortuna atenta y bondadosa! Más de 60 días pasaron, desde que leí “El Caribe turbio”, cuando me enteré que Óscar Martínez de El Faro —narrador del segundo capítulo (ya publicado y altamente recomendado): “Petén: La frontera perdida en la selva”—, Elena Reina —desarrolladora del cuarto episodio, aún no estrenado, sobre Tapachula— y Jacobo García, estarían en un conversatorio en el Hay Festival México. En Querétaro, la ciudad que habito.

Mayor fue mi algarabía cuando, por trabajo, fui asignado a cubrir dicha conferencia y una entrevista cara a cara con el periodista español de apellido García cuya voz había escuchado, mediante letras escritas, un par de meses atrás. Sólo un lector empedernido sabe lo mucho que significa ponerle un rostro de carne y hueso y un acento regional a las palabras que se transforman en sensaciones y que lo incitan a uno a conocer el punto final.

Estaba nervioso, claro. Mientras esperaba con ansías en la sala de prensa la llegada de mi entrevistado, mi mente vacilaba con la idea de invitarle aquel espirituoso que fungiera como líquido de la paz y lubricante social. Al menos a mí me iba a servir. Igual jugaba, entre mis manos, con la ficha técnica de Jacobo; “corresponsal de guerra en Afganistán, bla, bla, blablabla, bla…” no que no fuera importante, sólo que la cabeza no me daba para más. Llegó agitado, casi corriendo; supe que el trago tendría que ser pospuesto. Sin embargo supuse, puesto que lo había visto encender un cigarrillo tan pronto bajó del estrado en su ponencia a medio día, que aceptaría platicar conmigo en un lugar donde ambos pudiéramos echar humos. Lo hizo y yo mandé a volar su currículum, me fui directo a lo que me interesaba: su estilo.


García en la entrevista con Enlalupa.com

“Hay que permitir que un texto se cocine bien” (entrevista 1)

Lo primero que me dijo Jacobo fue que el tiempo que se le da a un periodista para trabajar y para entregar un producto es esencial. “Hay que permitir que un texto se cocine bien, a veces vale la pena detenerse media hora ante una frase que no convence”. Lo mismo para encontrar a los personajes que llevan el hilo conductor de una historia; arribar unos cuantos días antes para indagar y encontrar las voces ideales.

Pregunté cómo era posible encontrar tiempo para desarrollar un escrito cuando la información se divulga, gracias al internet, casi al momento que se genera. Él respondió: “tenemos la creencia de que a los lectores les gusta el fast food, pero lo cierto es que agradecen cuando les das algo bueno. La gente, prefiere el caviar. Yo, personalmente, me fijo más en la permanencia del lector que en los clicks que tiene la publicación.”

Lo interrogué sobre la manera de lidiar con la presión de sus superiores. A esto contestó conciso: “ningún jefe le va a decir que no a un buen trabajo. Ejercer presión es parte de su empleo, pero, al igual que los lectores, valoran algo bien hecho”. Incluso cree que es más fácil ser mangoneado por la autoridad laboral cuando, como reportero, sólo se pretende cubrir la nota y no ir más a profundidad.

Aprovechando que se tocó el tema de los altos mandos, le comenté la situación que se vive en el país, sobre todo en provincia, en la cual lo que se habla en la prensa se ve sesgado porque los gobiernos son los principales clientes, los que más compran publicidad. “Lo que vive México hoy, ya se vio en Europa; los periódicos van a tener que aprender a vivir de sus lectores. El problema es que los dueños de los medios pocas veces son periodistas, la mayoría son empresarios”, dijo.

Regresando a lo primero, al estilo, le externé una duda que tenía desde hacía tiempo: la relación entre literatura y periodismo. “Bueno, yo creo que si una sola línea puede ser considerada literatura, como el cuento del dinosaurio, una nota o un reportaje también, aunque sabemos que hay ciertas reglas a seguir como el cuándo, dónde…” replicó, “la manera de hacer periodismo ya no es la misma, muchos compañeros y yo hemos dejado de dar toda la información al principio para luego rellenar una noticia con insignificancias, tratamos de dar la información a través del trabajo completo”.

Por último le hice la observación de lo bien complementados que me parecían su trabajo escrito con el video de sus compañeros, a lo cual contestó que cada miembro del equipo —fotografía, redacción y filmación— tuvo total libertad de abordar la historia como mejor le pareciera, ya que cada quien tiene su perspectiva y, por supuesto, el tratamiento que requiere cada producto es diferente. “En el Caribe turbio, a la compañera de video le gustó el hilo narrativo que yo tenía y por eso la historia que se cuenta es la misma, pero hubo quien, en otros capítulos del proyecto, le dio un enfoque diferente al del colega que escribía”, concluyó de pie y prácticamente encaminándose a otro compromiso que tenía que atender.


Jacobo García, Elena Reina, Óscar Martínez y Jon Lee Anderson durante el pasado Hay Festival

A decir verdad, no podría achacarle la síntesis de la entrevista a los 25 minutos que se me dieron para conversar con Jacobo. Salí del Gran Hotel, en Plaza Constitución, a eso de las ocho de la tarde, convencido de que tenía algo bueno. Pero Fortuna, caprichosa, hizo de las suyas.

Aquella noche trabajé en la nota de la conferencia “La frontera sur, la frontera olvidada”. Terminé y me traté con el par de cervezas que tenían mi boca inundada desde la tarde. Está bien; la primera la destapé a la mitad de la redacción y pudiera ser que, tras concluir, fueran más de dos las latas que consumí, “las tomezas que me cerve”. Horas después desperté sin resaca, hice los últimos ajustes en el trabajo de la velada previa, lo envié a mi editor, puse a cocer un huevo, eché un ojo en las novedades futboleras de Youtube y me quedé dormido de nuevo mientras veía el resumen de un partido más aburrido que el taller de bordado en verano.

Me despabiló el golpeteo del huevo contra la olla de peltre que estaba a punto de secarse completamente. Apagué la estufa y recordé que, siendo mediodía en sábado, aún no gozaba de las libertades que suponen el fin de semana. Me gusta mi trabajo, es uno de esos oficios en los que resulta fácil olvidar el día en que se vive y el descanso no llega forzosamente los domingos. En fin, no vi con malos ojos pasar la jornada sabatina tecleando frente al monitor. No obstante mi dispositivo electrónico —el mismo que fuera mi herramienta de trabajo y fuente de entretenimiento—, una tablet, fue incapaz de desbloquearse, apagarse o reiniciarse.

La frontera perdida en la selva

Dice el diccionario que selva no solo significa muchos árboles, sino también confusión, cuestión intrincada. Eso es el departamento guatemalteco de Petén. Comparte más de la mitad de la frontera con México y casi toda la frontera con Belice. La selva ocupa la mayoría de ese territorio.


Al borde de la neurosis, me convencí de que un experto en tecnología no tendría problema en reparar mi aparato. Acudí a la única tienda oficial de la marca en la ciudad, el diagnóstico no fue nada prometedor. “Podría ser una actualización de software, o una falla en el sistema, en cualquier caso habría que reconfigurarla, no tiene mayor complicación, lo único es que se borraría todo el material no respaldado”. Prácticamente todas las aplicaciones estaban vinculadas a mi cuenta de Google, casi todos mis archivos tenían una copia de seguridad, pero no el audio de la entrevista con Jacobo García. <<¡En la madre!>> pensé… ¿o dije? “Tal vez sólo es cosa de dejarla reposar, en unas horas podría estar funcionando de manera normal”, dijo el chico que me atendió, como si de una gripita se tratara, al interpretar la desolación en mi rostro. Evité la restauración de la tablet en caso de que a esta le diera la gana volver a funcionar, por supuesto, eso no pasó.

El sábado fue un día perdido. El tiempo de “reposo” que le daba al cacharro, entre revisión y revisión, no superaba los 30 minutos y por más que la forzaba, mi memoria se rehusaba a ponerle diálogo a las imágenes en mi cabeza del periodista español articulando oraciones mudas intercaladas con succiones a un pitillo y bocanadas de humo. Sin embargo Fortuna no se había olvidado del todo de mí.

A media mañana dominical recibí un mensaje de Gabi, la coordinadora de prensa del Hay Festival. El día anterior le lloriquee con letras y emoticones vía Whatsapp, contándole lo sucedido e implorando por un nuevo espacio para hablar con Jacobo. El comunicado decía que García estaría terminando una entrevista con Joe Sacco a eso de las 13:40. Ni me bañé. Media hora antes de las dos, ya escaneaba inquieto la sala de prensa improvisada en aquel hotel. Mi objetivo esperaba su turno (en este oficio ningún horario está establecido, repito), él no me había visto a mí, puesto que nadie tiene ojos en la nuca. Así, desprevenido, lo atraqué por la espalda, no tuve la cortesía de hacer contacto visual antes de disparar mi breve y trágica historia sin saber realmente qué quería conseguir; sin tener propuesta alguna.

Durante el Hay Festival Jacobo, Elena y Óscar hablaron con Jon Lee y con el público sobre la serie realizada en la frontera sur

Éramos dos en circunstancias similares. No me pareció haberlo tomado por sorpresa, todo lo contrario: mi interlocutor estaba tan alerta que mis susurros acelerados parecían su lengua materna. Me ofreció su número de celular y una nueva oportunidad para charlar el miércoles. La tomé. En teoría tenía que cubrir el Hay Festival, cuya clausura se celebraba ese mismo día, pero en la práctica pretendía abarcar un tema más trascendente que un magno evento internacional; el estilo en el periodismo.

“Me toca hacer lo que tú el otro día”, se despidió mientras señalaba con la cabeza la sala dónde Joe Sacco se despedía de otro reportero. Más tarde comprendí las prisas que Jacobo tenía y que lo hacían ser empático con las mías; esa noche se publicó en El País un reportaje sobre las autodefensas en Michoacán firmado con su nombre y, días después, en el mismo medio, se presentaba la plática que tuvo con el dibujante.

—Háblame de tu estilo, ¿por qué dibujas en blanco y negro?— inauguró García su entrevista.
—Porque no soy bueno con los colores… —fue la respuesta de Sacco.

Mientras llegaba el miércoles, el día de nuestra cita telefónica, recordé vagamente algunos detalles de nuestra primera conversación, mismos que plasme con anterioridad. También, pude leer su último reportaje —“Michoacán: En el corazón de la guerra en México”—, un testimonial suyo de la guerra en Afganistán y la charla con el ilustrador maltés. En conjunto, todo me bastó para preparar lo que me propuse sería una mejor entrevista que la que ya tenía y había perdido.

“Me gustan los sitios donde hay contacto con el ser humano en su estado más puro” (Entrevista 2)

Leí la cita: “hacer algo peligroso con estilo es a lo que yo llamo arte”

La última vez que nos vimos hablábamos del estilo y me queda claro que te has puesto en riesgo más de una vez, ¿qué opinas de esta frase de Charles Bukowski?

Bueno, a final de cuentas buscas contar la realidad y la realidad está jodida, es peligrosa. Es una realidad que nos afecta a todos, a ti y a mí. Pero qué bonita frase (ríe).

Te voy a leer otra frase, esta es tuya: “yo tenía la idea de que podría desenvolverme mejor haciendo el tipo de periodismo que me gusta”, te referías a tu trabajo en Afganistán, ¿por qué es eso lo que más te gusta?

Me gustan los sitios donde hay contacto con el ser humano en su estado más puro y creo que ese tipo de comportamiento se encuentra, muchas veces, en lugares de conflicto y en desastres naturales. También pasé mucho tiempo en Haití (después del terremoto de 2010), ahí se viven, al igual que en la guerra, situaciones al límite que hacen que salga lo peor y lo mejor del humano. Me ha tocado cubrir cumbres de primeros ministros de América Latina y me aburro profundamente, no creo que sea ahí mi hueco.

Hablando del aburrimiento, en tu entrevista con Sacco mencionan algo sobre el tema: ¿por qué es importante que los periodistas estén en el terreno?

Le preguntaba a Joe Sacco por eso porque es algo que me interesa y que sufro yo y sufrimos todos (en el medio) y de hecho la respuesta que él me daba, y creo que es en lo que todos coincidimos, es que los medios están viviendo una serie de recortes muy grandes y han pensado que donde se debe ahorrar es en enviar a la gente al terreno. Luego lo que tenemos es un periodismo mutilado que no es capaz de prever una victoria de Donald Trump en Estados Unidos, porque se nos ha olvidado lo más básico que es: ir, salir y preguntar a la gente. Pensamos que el periodismo es tener a unos tipos en un estudio de televisión haciendo opinión, pero al fin y al cabo una opinión se basa en los informes que nosotros traemos del campo. Se está viviendo una especie de “opinatismo” permanente; es un periodismo cojo.

Tengo otra frase, esta es de tu reportaje Michoacán: En el corazón de la guerra en México. Dice: “… el balance es similar al que arrojan algunas batallas en Siria, Irak o Afganistán”. ¿Por qué los ojos del mundo no están puestos ahí? ¿Por qué se habla tan poco de un conflicto que lleva años?

Primero creo que hay una pequeña y peligrosa normalización de la violencia que nos abarca y nos afecta a todos. Luego me parece que hay un interés de los poderes públicos de eclipsar este tipo de cosas porque ahora no interesa; hay que cambiar de tema, hay que hablar de la 4T u otras cosas. Este tema se ha bajado de la agenda diaria. También creo que, a veces, falta dimensionar algunas aberraciones que estamos viviendo, me explico: 19 cuerpos que aparecen desmembrados en Uruapan, por mucho que queramos, no es normal, no puede seguir pasando y me parece peligroso que apenas le dediquemos 12 horas o 24 horas. No se le ha dado continuidad a la información, ¿quiénes eran esas personas? ¿Por qué han amanecido así? ¿Qué está pasando y por qué está pasando? La realidad es tan abrumantemente violenta que unos temas se superponen a otros a una velocidad brutal. No es que yo pretenda estar hablando de violencia todo el santo día, pero sí creo que hay situaciones demasiado graves como para pasarlas muy por encima.


Óscar Martínez en plena charla con Jon Lee

La gente tiene mucho miedo, muchos periodistas han muerto y otros viven amenazados, ¿crees que, como reportero extranjero, tengas alguna clase de pasaporte especial? ¿Algo similar a un seguro de vida?

No, no, no. Tampoco es que yo sea el único ahí, he visto compañeros mexicanos en el campo cubriendo la información. Lo que creo es que, en el país más genocida contra periodistas en el mundo, todas las cautelas son pocas, ¿y qué está pasando con eso? Que se están creando zonas de silencio en el país sobre las que no tenemos ni puta idea y cuando vamos algunos y ponemos a la luz lo que pasa ahí, enseguida tiene repercusión, porque nos faltan noticias de esos lugares.

Dejando de lado la violencia y regresando al primer tema, una pregunta que ya te había hecho es: ¿crees que un trabajo periodístico puede ser arte?

Arte se me hace una palabra demasiado grande para mí, pero personalmente creo que quienes trabajamos con el lenguaje tenemos que tener una búsqueda estética. Puedes tener los mejores bombones del mundo, pero se van vender más si la caja es bella, si el envoltorio es atractivo estéticamente. Es algo que me importa, creo que tiene mucho mayor capacidad de impacto y me la paso mejor; jugando con el lenguaje, probando fórmulas y plasmando personajes, respetando, por supuesto, lo que es el periodismo: la verdad, la información y los datos. Es algo que me propongo desde que hago el reporteo y me ayuda a enfocarme en contar lo que me interesa. Cada vez dedico más tiempo a entregar algo que esté realmente cuidado.

Como en cualquier trabajo, en periodismo a veces tenemos que hacer cosas que no nos terminan de convencer, ¿no te atormenta entregar una nota obligada o que sólo tiene que cubrir lo “importante”?

Sí, claro, me agobia. Pero creo que he aprendido a disfrutar algunas de estas cosas que a priori parecen aburridas. Hace poco tuve que hacer una nota del paso de Björk por México y, personalmente, no conozco ni me gusta mucho su música. Ella no me hace caso y lo que hago yo es intentar reconstruir su vida en el D.F. a través del señor que le hace el jugo de naranja por las mañanas. Y, bueno, quedó una nota muy bonita, divertida, alegre y muy leída, precisamente porque tenía el amor por lo que hago.

Björk es mágica, pero México más

Björk y el señor Raúl miden casi lo mismo. Ella 1’63 metros y el señor Raúl ocho centímetros menos. Ella tiene 53 años y nació en Reikiavik, la capital de Islandia y él 64 y nació en Mérida, Yucatán.

En tus trabajos, los personajes que plasmas me parecen muy redondos. De todas las personalidades que encontraste mientras producías “El Caribe turbio”, ¿con quién te tomarías una cerveza?

Creo que con todos. Todos son personajes poderosos. Hasta con el subdelegado de Xcalak, aunque yo no le agrade tanto. Tal vez no con los menonitas porque ellos ni toman cerveza.

Ahora que hablas del subdelegado, mientras leía esa parte del reportaje me pareció estar frente a un guión de película de Luis Estrada, ¿no crees que hay momentos en los que la realidad se parece mucho a la ficción?

Sí, yo no lo hice con esa intención, pero cuando terminé el reportaje me pareció que lo que tenía era un cuento de aventuras con personajes reales.

¿Has leído a Hunter S. Thompson? ¿Crees que hizo escuela en la manera de imprimir un estilo en el trabajo periodístico?

Sí, bueno, es uno de los grandes maestros del periodismo. Al final creo que el periodista es una mezcla de lo que leemos, lo que vemos, lo que nos aportan otras personas, otros periodistas y lo que somos y vivimos; nuestras experiencias, nuestros amores, desamores, nuestras frustraciones y nuestros trabajos anteriores. Yo, a comparación de Thompson, no pretendo ser uno de los protagonistas ni vivir aventuras más que como testigo, porque sería imposible; mis personajes me desbordan pero por mucho.


Carlos P. Jordá conociendo más sobre el estilo del corresponsal de El País en México

Sin embargo creo que mediante tu narración te vuelves un personaje.

¡Hombre, gracias! (rie de nuevo)

¿Qué sigue en la agenda de Jacobo García?

Estoy viendo qué hago, tampoco es que me guste el peligro por el peligro. Cubrí mucha violencia de 2006 a 2011 y si te digo la verdad es que acabe muy tocado y bastante cansado. Ahora, creo que México es más grande que su violencia, este país es lo suficientemente rico como para hacer reportajes del señor que vende jugos en frente de casa. Estoy en una búsqueda, más que de temas espectaculares, prefiero hacer menos y que (mi trabajo) sea lo suficientemente atractivo y bonito para yo estar contento con lo que hago. Me interesa el cambio climático, Centroamérica es un universo que me llama y que es mucho más que la migración. Recientemente ha sido una locura, necesito parar dos o tres días y pensar en cuál va a ser la próxima tirada.

¿Hay tiempo para descansar como periodista?

Lo que pasa es que consigues una buena historia y al día siguiente ya te están pidiendo cualquier otra cosa. Esa es la diferencia con el arte o la literatura, el éxito del periodista dura 24 horas, es mucho más efímero.

Me despedí, no sin antes recordarle que le debía un trago. ¿De qué? “De lo que sea”, respondió, “tal vez ese sea mi problema”, pensé.

Antes de poner manos a la obra, reflexioné sobre esto último que mencionó en la entrevista. No se lo pregunté, pero supongo que Jacobo estaría de acuerdo con que ahí está el vínculo entre literatura y periodismo, la diferencia entre el reportero de oficio y el de vocación: en el afán por crear algo que trascienda más allá de una nota común. En lograr ser leído —por el estilo, la importancia del tema y la continuidad que se le dá— ya pasadas las 24 horas.

Una curiosidad: resulta que fue Jacobo García quien hace algunos años, durante una feria internacional del libro en Guadalajara, cuestionó a un candidato a la presidencia de México por los tres libros que marcaron su vida. Todos los mexicanos sabemos en qué acabó esa historia.

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