Luis Octavio Vado - Paradojas

Elogio de la Brasilia – Luis Octavio Vado Grajales

La recuerdo cuando la llevó mi padre. Era un sábado por la tarde, y llegó en esa blanca y armónica Brasilia de interiores en negro. Sin duda un estupendo ejemplar de su especie silenciosa y elegante, y mi padre un perfecto miembro de la clase de aquellos que usaban barba cerrada y lentes de aviador.

No pasó una semana para que le polarizaran los vidrios. Su conductor, con esa barba y esos lentes en tan rampante vehículo, parecía un judicial perdido en las calles de una ciudad enloquecida…

Solía llevarnos a la escuela en ella. Había que encenderla unos minutos antes y mantenerla ronroneando mientras se amoldaba su motor a un rítmico sonido que casi no se escuchaba en su mullido interior. Los vidrios, que sólo en la parte delantera tenían manija, no se podían subir nunca del todo porque la combustión se realizaba dentro del habitáculo, lo que provocaba con sus emanaciones que todos quienes viajábamos en ella tuviéramos un saludable y gasolinesco aspecto sonrosado.

Alcanzaba prodigiosas velocidades de 80 kilómetros mientras el sonido de sus fierros era comparable al de un concierto de Rammstein en un pequeño cuarto de baño; posiblemente podría haber viajado a mayor velocidad pero no estoy seguro de que nos hubiéramos mantenido cuerdos.

Ni qué decir, para 1986 era sin duda el auto más adecuado para una familia de cinco.

Hoy ya no somos ni cinco ni sé si seamos familia. No hay ya brasilias por las calles. Pero de alguna manera aún sigo viajando en ella, aún es 1986, mi madre vive y mi padre sigue usando lentes de aviador.

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