Luis Octavio Vado - Paradojas

El Yeyo de Zelontla – Luis Octavo Vado

El Yeyo siempre fue cargador en el mercado de Zelontla. Desde niño lo llevó su papá en cuanto supo sumar, restar y escribir un poco más que su nombre; hoscos y serios los dos, muerto el primero por una hernia mal cuidada, el segundo se volvió no sólo el sostén de su casa sino también el líder de todos los mecapaleros, que lo respetaban por su fuerza física tanto como por su habilidad alburera, nunca superada en un pueblo que presumía las mejores lenguas en el doble sentido.

Era un hombre no sólo mal encarado (mal encachado dirían en Zelontla) sino también de malos modos, a todos los cargadores los hizo unirse en un gremio y sólo sus miembros podían ayudar con los bultos de las marchantas. Nadie podía cargar nada sin su autorización, que se conseguía con una cuota y pasando una brutal novatada consistente en correr por un pasillo formado por todos los cargadores que le daban de reatazos en la espalda al novato.

Como había que cubrir varias cuotas, no sólo de ingreso sino también mensual y otras aportaciones según surgiera la necesidad, como por ejemplo la pancita que todos los días almorzaba el Yeyo, fue necesario fijar una tarifa por bulto que debían pagar quienes compraran. Con su letra redonda de escolar el líder la pintó en una tabla que fijó en la entrada principal.

Si alguien se negaba a pagar descubría que al volver al puesto de costumbre los precios habían subido. ¿Cómo lo consiguió el Yeyo? Su gente era la misma que descargaba los productos de los camiones para los puesteros, y al primero que no quiso cooperar se le negó el servicio, golpeando a quienes quisieran ayudarlo, así todos entendieron que debían colaborar.

Las cosas hubieran seguido igual si no se le hubiera ocurrido a don Simeón construir el mercado nuevo. Autorizada la construcción por el cabildo en un terreno municipal, empezó a levantarla con su propio dinero, sin avisar ni juntar al Yeyo y su gente para el proyecto. El líder se opuso con toda su fuerza: los camiones de volteo amanecían con las llantas ponchadas, los albañiles y los medias cucharas que trabajaban en la obra misteriosamente eran golpeados los sábados al salir de las cantinas. Incluso consiguió aliarse con los comerciantes del que ya le decían el mercado viejo, que también se sentían desplazados.

Pero don Simeón no había llegado a rico por tonto, por carecer de imaginación o por sobrar de moralidad. Y sabía que cuando se vendieran o arrendaran los locales se haría más rico aún, así que a cada ataque del Yeyo supo cómo responder: los camiones los mandó guardar en la noche en su finca, y cuando le faltaron trabajadores se los trajo del Manzano Chico, poniéndoles transporte de ida y vuelta.

Todos los ataques del Yeyo se deshicieron cuando Agustín, el cura tan querido y tan loco a la vez, dijo en una plática con catequistas que ya se había comprometido a bendecir el nuevo mercado en cuanto estuviera listo. No sé si don Simeón le pidió que hiciera ese comentario, pero en todo caso Agustín lo hizo, y todos interpretaron que si ya la iglesia por su conducto se conformaba con la situación, había que aceptarla.

Menos el Yeyo. Ya no pudo obstaculizar la obra, así que se dedicó a acumular su enojo sin poderlo sacar más que en sus borracheras, hasta que en una cruda fenomenal le llegó la Idea: quemar el nuevo mercado la noche anterior a su inauguración. No sería difícil, el techo de madera ardería muy fácil.

Tal vez don Simeón se enteró por el encargado de la gasolinera del pueblo, que era suya, de que el Yeyo había llenado dos tambos de gasolina. O por el olor que le reportaron los vecinos del líder, que rentaban una casa que era suya; en todo caso supo lo que pasaría y se decidió a actuar.

Unos pocos días antes de inauguración derribaron una de las columnas del pórtico, que rehicieron en la noche unos albañiles que nadie había visto y menos vuelto a ver. Mientras Agustín bendecía el nuevo mercado, Sarita la esposa del Presidente Municipal le decía a su marido “mira, como que la columna de la izquierda les quedó más gorda” “cállate mujer, déjame poner atención”, dijo su esposo mientras se acomodaba el cabello nerviosamente.

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