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Oswaldo Sagástegui: sólo venía de vacaciones, pero el azar lo llevó a convertirse en caricaturista del Excélsior de Scherer

Entrevista: José Antonio Gurrea C./EnLaLupa.com
Fotos: Guillermo González/EnLaLupa.com

Oswaldo Sagástegui (Llata, Perú, 1936) es un artista plástico sui generis. Con 52 años de carrera artística a cuestas, este pintor nacionalizado mexicano ha hecho lo que nadie: enfrentar varios géneros en la creatividad plástica, como el abstracto y el figurativo, y combinarlo con el ingenio periodístico de la caricatura.

En una conversación exclusiva con EnLaLupa.com Oswaldo comparte su llegada a México en 1968 invitado por su hermano, el caricaturista Marino, para asistir a los Juegos Olímpicos, y como el azar lo llevó a recibir una invitación para suplir momentáneamente en el Excélsior de Julio Scherer nada menos que a Abel Quezada, un figurón de la caricatura. Lo que iba a ser un efímero viaje de vacaciones se convirtió así en una trayectoria de más de 20 años como monero de la sección editorial de uno de los diarios más importantes del país.

Fue un encuentro casual con Manuel Felguérez, narra Oswaldo, lo que lo hizo regresar a la pintura en los años 80 del siglo pasado. “Nos despedimos y en el camino me quedo pensando ‘si yo era como esta gente, ¿qué pasó conmigo?’ Por lo que decidí regresar a la pintura”.

Aunque dejó por completo el oficio de la caricatura en periódicos desde 2002, en sus exposiciones sigue presente la veta artística desarrollada en los medios.

La suya es una vida donde el azar ha jugado un papel importante. ¿Cómo son sus inicios en la pintura?

Mi vida se inicia en la selva del Amazonas, en la zona más primitiva que tenemos allá, soy peruano, nací en 1936. La parte geográficamente más grande es la selva, luego los Andes, luego viene la costa. Digo que soy tres veces peruano, porque viví las tres regiones, los Andes, la selva y la costa.

Como consecuencia de vivir en la selva, yo empecé a dibujar a los 4 años con carbón quemado, con cartones en donde se compraban los alimentos para llevar a la selva, pues no había lápiz, no había pluma, no había nada.

Años después cuando toca el momento de estudiar nos vamos a Huánuco, en la parte de los Andes, es una ciudad como Córdoba o Guanajuato, una bella ciudad, y ahí veo la luz eléctrica, un automóvil, veía camiones de transporte, de lejos vi un avión y vi el cine.

Ahí mi padre invirtió todo su capital en un negocio con el gobierno y lo perdió.

¿De qué era su negocio?

Ampliar las carreteras de los Andes, perdió todo, nos quedamos en la vil calle, se tuvo que ir a Lima a buscar trabajo, yo empecé a trabajar a los 8 años cuando empecé a vender periódicos en Huánuco. Cuando cumplí los 10 años nos fuimos a Lima, pero ya no pude acabar la primaria porque tuve que trabajar, pero en esa época la escuela de artes de Lima recibía alumnos a partir de los 15 años y que no hubieran estudiado más que la primaria, cosa que me dio oportunidad de entrar.

Mientras cumplía los 15 años trabajé de obrero y en cantidad de trabajos para ayudar a la familia. Hasta que a los 17 años me presenté a un concurso de caricaturas en una revista, lo gané y de 100 soles que ganaba al mes, gané 800 soles de un jalón.

Empecé a hacer caricaturas y esa revista se convirtió en la revista más importante del país. Conocí a todos los periodistas importantes, entre ellos a Mario Vargas Llosa, y otros periodistas jóvenes que fueron importantes con el tiempo.

Después se presentó la oportunidad de trabajar en la televisión en los años 50’s, como los fotógrafos no alcanzaban a cubrir toda la información y no había más que un camarógrafo, me pasaban la nota y la dibujaba, hacia 14 dibujos para un programa de 20 minutos. Esa era una proeza de Marino (mi hermano) porque era buenísimo, a él se le ocurrió eso y presentó el proyecto, nos aceptaron y nos hicimos famosos muy jóvenes, después me gradué y me fui a Europa.

¿Hizo el viaje en avión o todavía en barco?

En barco, había un barco italiano de carga que se llamaba “Marco Polo” y tardaba un mes. Ese barco nos daba un 70% de descuento a los estudiantes, llegamos a Nápoles. Me costó mucho trabajo sobrevivir ahí hasta que empecé a pintar y hacer exposiciones.

Estando en Europa me llegó una invitación de México, había en este país una galería de arte moderno que era la más importante, de Antonio Souza, es el que aglutinaba a todos los jóvenes pintores: Cuevas, Helgueres, Toledo, García Ponce y formaba el grupo de La Ruptura, quienes luchaban contra el muralismo. Llegué con mis cuadros de Europa con un éxito bárbaro

Yo pude haber sido ya muy famoso en la pintura, pero me regresé a Perú y luego a Italia y me empezaron a pesar todas las carencias que viví en la vida, no tener dinero para comer, no ganar lo suficiente para vivir y poco a poco me voy desanimando, a pesar de toda la capacidad que tenía, lo hago a un lado momentáneamente y me retiro de la cultura.

En el año 67 o 68 me voy a Nueva York, en plena efervescencia de los hippies, y me pongo a hacer retratos a la gente que pasaba por el estudio, y me convierto en un buen retratista.

Después de eso me invita Marino (mi hermano) a México a ver las Olimpiadas.

¿Él ya estaba en Excélsior?

Ya era famoso, entró en el 63. Él iba a trabajar con Walt Disney, pidió la visa y no se la dieron tan rápido como él quería. Él se fue a vivir a un hotel que está frente a Salto del Agua, se le acabó el dinero y se le ocurrió publicar sus dibujos, los agarró y se fue al Excélsior. Manuel Becerra-Acosta padre era el director, Julio Scherer era el jefe de página editorial.

La secretaria de Becerra-Acosta envía a mi hermano con Julio Scherer. Lo recibe Julio, pero curiosamente ya estaba posicionado en Excélsior un periodista importante que se llama Pedro Álvarez del Villar, y quien era amigo de Vargas Llosa. Entonces Pedro le pregunta a Marino: “usted es peruano, ¿y qué hace’”. “Hago caricaturas”. “Hágase un cartón para mañana”. Se va volado al hotel, no tenía ni papel ni lápiz, le cuenta al dueño y éste le da 10 pesos para comprar material.

Al día siguiente está dormido, como a las 7 de la mañana le tocan la puerta a golpes, abre la puerta y le dicen: “chaval, mira tu dibujo”. Ahí estaba en la página internacional del periódico más importante de México. El dueño estaba más feliz que Marino. Mi hermano estuvo un año y luego se fue a Nueva York donde empieza a publicar en las grandes revistas de esa ciudad.

Luego se regresa y me invita a las olimpiadas. Marino llegó el día 14 de septiembre con el dueño del estudio de Nueva York, un mexicano que nos trae en coche hasta Guadalajara, me recibe mi hermano y me dice: “¿por qué no publicas en el diario con Manuel Seyde?”, que era entonces el editor de la página deportiva de Excélsior, y quien inventó el mote de “los ratoncitos verdes” para referirse a la selección mexicana de futbol.

Empiezo a dibujar, y me empezaron a pedir todos los días, luego a sociales, luego el magazine dominical, luego la revista de Lunes de Excélsior, en todas me dan chamba y empiezo a juntar mi lanita. En esas estaba cuando llega la noche del 2 de octubre. Me encontraba en la redacción, todos estaban alborotados esa noche, y entra un fotógrafo al que le habían cortado con la bayoneta el cinturón de la cámara.  Para mí México era otra cosa. Yo no me imaginé que hubiera una revuelta de este tipo y menos una matanza, ahora hay muchas versiones al respecto, pero en fin, eso ya es otra parte de la historia.

Cuando el gran caricaturista que era Abel Quezada presenta el 2 de octubre un cartón negro y se va por varias semanas, Scherer da un manotazo en la mesa y dice: “no es posible que un periódico tan importante como Excélsior no tenga suplente. Cuando se va Marino o se va Abel tenemos que meter cartones extranjeros”. Creo que fue Miguel Ángel Granados Chapa quien dijo: “ahí está el hermano de Marino que sabe dibujar”, y me llaman y me dicen “dígame una idea de cómo va a ser la caricatura mañana”, me llevaron a unos periodistas, quienes me dijeron más o menos como quería el director el cartón. Al día siguiente aparece en la página más importante del momento más dramático del país, una caricatura de un señor que nadie sabía quién era. Yo realmente no sabía dónde estaba parado.

¿Se acuerda del tema?

Sí, eran 4 brazos agarrados, los estudiantes, la sociedad, los militares y los políticos, como haciendo una unión, porque Julio Scherer no quería que se criticara tan violentamente. Llegaba Rockefeller en esos días y el tema era la llegada de Rockefeller a México, ése fue el segundo tema que me acuerdo, de lo demás no me acuerdo, la verdad.

Marino y yo éramos suplentes, pero yo seguí con deportes, con sociales, yo hacía dibujos para todas las secciones, pero la agencia de publicidad Ferrer hacía la publicidad de Excélsior, cobraba carísimo, y Julio Scherer dice “vamos a hacerla nosotros”, encarga a Pedro Álvarez del Villar el proyecto y dice Pedro: “lo voy a hacer con Oswaldo”. El logotipo del tecolote que todavía se usa era mío, yo lo hice, hice publicidad que tampoco sabia y tuve que aprender, todos los anuncios publicitarios, los institucionales, los comerciales, las campañas de suscripción y comencé a ganar buen dinero, hice todo lo que te puedas imaginar.

¿No extrañaba la pintura?

Claro. Pasaron los años y yo no pintaba. Me dedicaba sólo a la caricatura. Me pesaba todo el dolor que me había producido la vida de no tener para comer, tanto en Perú como en Europa. La pintura no me alcanzaba, no era sencilla la carrera y comencé a dejarla sin darme cuenta, cuando me di cuenta habían pasado 19 años y medio sin pintar. Pero no pintar significaba no ver arte como si no existiera, no ver museos, no ver artistas, un poco para defender mis dolores seguramente, como un mecanismo de defensa interno, no veía. Yo viajaba por el mundo y no iba a museos ni nada.

En el inter, me encontré con Manuel Felguérez en 1984, me reconoce, viene y me abraza, habíamos sido amigos. Él es un hombre muy importante en el arte mexicano. “¿Qué pasó, cuando llegaste?” “No pues ya tengo muchos años viviendo acá”, “yo llegué en el 68”. “¿Y por qué no viniste a buscarnos?” “Es que yo ya no pinto”. Todos admiraban lo que yo hacía, de repente me dice: “por cierto, en el Excélsior hay un caricaturista que se llama igualito que tú”. “Soy yo”, no lo quería creer, casi se va de espaldas. ¿Qué tenía que ver un pintor peruano que vivía en Europa, que hacía pintura abstracta y formalista, hablando de política mexicana en la página más importante del país?

Seguimos hablando y le digo: “¿y a ti cómo te va?”, me dice: “muy bien, vivo como príncipe, vendo lo que quiero, al precio que se me pega la gana, estoy bien posicionado”. Nos despedimos y en el camino me quedo pensando “si yo era como esta gente, ¿qué pasó conmigo?”

Como pintor en Perú fui pronosticado como una de las grandes promesas del país, en Europa ya empezaban a hablar de mi trabajo, y, a raíz de esta plática, comencé a pensar en la opción de volver a pintar. Cuando después vi a Manuel le dije: “por tu culpa yo regresé a pintar”.

Entonces me doy cuenta que no puedo pintar, me olvidé, casi 20 años la mano pierde la destreza, la relación entre el cerebro y la mano se pierde. Entonces se me ocurrió ir a una escuelita de arte del IMSS por San Jerónimo, tuve que empezar de cero, después de 2 años ya pude, estuve a punto de dejarlo 3 veces hasta que por ahí logré algo.

Me puse a exponer en Sonora, en las provincias primero y luego me invitaron a hacer una exposición en la Cámara de Diputados y la presidencia me da un regalo, todos los canales de televisión tenían que publicar un anuncio sobre mi exposición de 20 segundos, todos los días, todo México se enteró y me fue de maravilla.

Supongo que entraba en tiempo oficial

Sí, claro. Después de eso ya empecé a trabajar en galerías privadas, empecé a vender, la comunidad judía compraba mucho mis cuadros y años después consigo que me invite Bellas Artes, para esto en el año 84 ya me habían dado el premio nacional de periodismo, ya publicaba en Estados Unidos, Europa y Asia. Me seleccionaron dentro de los mejores pintores del siglo XX en el mundo. Hace dos años, con motivo de mis 50 años de trayectoria artística, expuse en el Museo José Luis Cuevas.

Son las cosas que me han pasado en la vida, extraordinarias, maravillosas, yo no me explico cómo.

Oswaldo con Mauricio Sagástegui, el hijo que ha seguido sus pasos.

¿Desde cuándo dejó de hacer hace caricaturas en periódicos?

Desde el año 2002 me retiré de Excélsior. Ya no hago más caricatura política. Me dedique a lo mío que es la pintura.

¿Qué sentimiento le despierta la crisis y desaparición de los medios impresos?

Más que nostalgia es dolor. Yo era de los que todavía usaba las máquinas de escribir, nada de computadoras. Recuerdo a los reporteros o a los articulistas que cuando terminaban un artículo se iban “al cuarto del tubo” para enviar su texto a producción, a talleres. Aún recuerdo el ambiente, el sabor, el olor de la redacción, la reacción de los lectores. Diariamente se vendían 150 mil periódicos fijos, era, además, un negociazo. Sin duda, mi paso por los medios impresos significó un reto, y me dejó una gran experiencia, un gran aprendizaje.

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