José Antonio Gurrea Colín - De memoria

Mi Roma está en la Portales (XI) – José Antonio Gurrea C.

Regresar a los lugares en los que uno ha vivido suele ser una de las formas más exactas y descarnadas de medir el paso del tiempo, escribió en alguna ocasión Héctor de Mauleón. Tiene razón. Qué necesidad de meterse en el túnel del tiempo y viajar, en mi caso, ¡hasta 1970!, cuando era joven, feliz e indocumentado.

¿Cuánto habrá de masoquismo en darle la vuelta al reloj y retornar casi medio siglo, sólo para confirmar que con el dios Cronos no se juega, que ese dios todo lo devora, que con ese dios hasta los lugares más entrañables, aquellos donde uno vivió su fiera infancia, pierden su esencia, su alma, y pasan a convertirse sólo “en estas ruinas que ves”?

Precisamente eso me ocurrió hace días cuando permeado por estas memorias, regresé, una vez más, a la vieja vecindad de Portales, sólo para confirmar los dichos del autor de La ciudad oculta (Planeta, 2018). Lo había hecho a inicios de este año, cuando comencé esta serie, sólo para enterarme que una asociación evangélica asociada de cierta manera a mi infancia (la Iglesia Cristiana Interdenominacional) había adquirido el viejo inmueble y construía ahí oficinas y aulas religiosas (véase “Mi Roma está en la Portales (III)”, www.enlalupa.com/2019/10/04/mi-roma-esta-en-la-portales-iii-jose-antonio-gurrea-c/).

Hoy, casi 11 meses después, el proceso de reacondicionamiento ha terminado. En el lugar del que salimos un verano de 1970, constato, para mal fario, que uno de los cuatro departamentos del ala derecha que han sido demolidos es el nuestro. No hay un solo vestigio de la casa donde yo viví desde mi nacimiento hasta los diez años: ni una pared ni un tabique al menos; tampoco una puerta, una ventana, una cortina. No queda nada, pues, del apartamento 3 de Calzada de Tlalpan 1237, que, junto al 4,  se hallaba en el primer piso. Tampoco del 1 ni del 2, que se encontraban en la planta baja. En su lugar hay una alta y tosca construcción de rústico tabique y casi sin ventanas que tiene, entre otros usos, el de oficina del personal de guardia. Tuvo mejor suerte José Emilio Pacheco, narra De Mauleón, pues cuando regresó a buscar el hogar de su infancia, entre el paisaje después de la batalla halló al menos el tapiz que adornaba las paredes de su recámara infantil.

Tuvo mejor suerte José Emilio Pacheco, pues cuando regresó a buscar el hogar de su infancia: entre el paisaje después de la batalla halló al menos el tapiz que adornaba las paredes de su recámara infantil.

En el caso de Portales, los departamentos no demolidos han sido convertidos en aulas religiosas. No sé si eso signifique mejor o peor suerte, sobre todo porque tras la reconstrucción final sobresale el mal gusto, y el exterior de los viejos departamentos tiene gran parecido con los pasillos de un reclusorio.

Además, la vieja higuera que todavía hace meses se encontraba en medio del patio principal, como única sobreviviente del antiguo jardín, también ha desaparecido, y en su lugar sólo hay cemento. Ni lo que era la casa de la dueña de la vecindad se ha salvado: hay espacios cerrados, pequeñas ventanas, persianas hechas bola y más tabique rústico y cemento, donde antes había un angosto pero largo pasillo en forma de U lleno de macetas y vegetación. Desde ahí, doña Evangelina Garibay, en compañía de Celia, su fiel escudera, se mimetizaba y podía observar y vigilar mejor a los vecinos, a sus inquilinos, una de sus debilidades.

El exterior de los viejos departamentos tiene gran parecido con los pasillos de un reclusorio.

El largo pasillo que da a Calzada de Tlalpan se ha angostado para privilegiar a un negocio de café del que ya hablé anteriormente (Papiro 52). Éste engulló todos los locales comerciales que se hallaban del lado izquierdo del citado pasillo. Tampoco hay huella de las accesorias que estaban del lado derecho. Sólo una larga pared prefabricada pintada de blanco. Éstas fueron demolidas para permitir el paso de los autos hasta el patio principal, convertido hoy en estacionamiento.

¿Cuántas personas, cuántas familias, cuántas generaciones, habrán pasado —con sus sueños y frustraciones, con sus luces y sombras, con sus cielos y sus infiernos personales— por los viejos muros de esta vecindad de Portales? Mi hermana Linda y quien esto escribe apelamos a la memoria y bosquejamos una especie de censo que aunque resulta numeroso, está lejos de ser exhaustivo por una simple razón: mis padres llegaron a vivir ahí en los años 40 del siglo pasado, pero desconocemos cuántos años y desde cuándo este inmueble sirvió como núcleo habitacional.

¿Cuántas personas, cuántas familias, cuántas generaciones, habrán pasado —con sus sueños y frustraciones, con sus luces y sombras, con sus cielos y sus infiernos personales— por los viejos muros de esta vecindad de Portales?

Por supuesto resultaría ocioso mencionar a cada una de las más de 100 personas que mi hermana y yo recordamos en aquel ejercicio mental realizado hace unos días. Sin embargo, siempre quedan las preguntas: ¿qué habrá sido de sus vidas? ¿Quiénes permanecerán vivos y en qué condiciones? ¿Cuántos ya habrán fallecido o estarán muertos en vida? ¿Quién gozará de cabal salud? ¿Cuántos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos pulularán por este mundo, quizá cerca o tal vez a miles de kilómetros de la vecindad desde donde escribo estas líneas? No importa la distancia. La única certeza es que estas generaciones posteriores son totalmente ajenas a estas paredes, completamente ignorantes a las experiencias que sus antepasados tuvieron aquí, a toda la enorme vida que en este sitio floreció y de la que no quedan huellas ya, ni una sola. Qué no se culpe a nadie. Muchos de los que salieron de aquí brincaron a la clase media y es posible que prefirieran omitir sus pasos por la Portales.

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Estar de nuevo en este lugar opera como efectivo saca memorias. ¡Cuántas historias de vecindad! Aún recuerdo las maratónicas sesiones nocturnas donde semanalmente entre 7 o 10 jóvenes (yo era el más pequeño) nos sentábamos en un gran círculo mientras los más grandes contaban las leyendas y cuentos de fantasmas. Qué difícil era conciliar el sueño después de una de estas jornadas donde diablos, brujas, duendes, apariciones, poseídos y demás entes malignos eran los protagonistas.

Permeados por los juegos olímpicos del 68, no faltaban los partidos del “hockey sobre cemento”, una extraña modalidad inventada por Plutarco, uno de los hijos de Socorrito, donde en lugar de la pelotita o el disco de corcho usábamos pelotas de futbol, y en vez del bastón conocido como “palo de hockey”, utilizamos ¡escobas! Tras una batalla de esa índole el patio acababa hecho un asco: pelotas ponchadas, palos rotos y mucho del material o de los materiales que conformaban las cerdas de las escobas: palma, sorgo, mijo, plástico… En cada sesión despedazamos las escobas de las amas de casa de media vecindad, pero, por si no bastara, también de la fábrica de pastillas y agujas para tocadiscos que ahí existía, con impunidad absoluta, debo decirlo.

Precisamente en los XIX Juegos Olímpicos, la caminata hizo sufrir a un pueblo entero que no pudo ver la coronación del sargento José Pedraza con una medalla de oro.

Otra asignatura favorita en la vecindad del 68 eran las intensas competencias de caminata, ese curioso deporte donde está prohibido correr o flotar y que dio a México tantas glorias de la mano del polaco Jerzy Hausleber, pero que antes, precisamente en los XIX Juegos Olímpicos, hizo sufrir a un pueblo entero que no pudo ver la coronación del sargento José Pedraza con una medalla de oro. Fueron dramáticos momentos, pues en los últimos metros, ya en la vuelta final al estadio de Ciudad Universitaria, el militar michoacano logró rebasar al soviético Nikolai Smaga que se hallaba en segundo lugar, sin embargo, el esfuerzo desfondó a Pedraza, quien ya no pudo hacer lo mismo con Volodimir Golubnichi, el otro representante del soviet supremo, quien al final se llevó el oro. En las competencias domésticas tratábamos de vengar la presunta afrenta sufrida por el mexicano por lo que asignábamos el papel de “ruso” al más débil, al más pequeño o al más flacucho para que perdiera, para humillarlo.

Punto y aparte significaban las cotidianas sesiones de escondidas o bote pateado. Las batallas de cuetes. Las larguísimas posadas con piñata, villancicos y bailongo incluido. Los concursos de disfraces (donde una ocasión participé vestido como pirata, con mi parche en el ojo, pero aclaro que lo hice sin pata de palo ni cara de malo).

Hijos de los 60, una anécdota memorable tiene que ver con el cabello largo masculino. Fue Miguel, el hijo de doña Eva, quien rompió las estrictas normas no escritas de la vecindad y apareció un buen día con su melena de rockstar.  Todavía recuerdo la envidia que me provocó, pues desde mi “descubrimiento” de Los Beatles yo soñaba con traer una mata a la Lennon o ya de perdida a la McCartney (un poco más corta), sin embargo, mi madre, lejos de darme gusto, me enviaba a la peluquería cada 15 días con una orden irrestricta: casquete corto. Al respecto, me acuerdo de las “muinas” que hacían las representantes de las buenas conciencias, encabezadas por Gloria, la peluquera. “Cómo es posible que Evita permita esos estropicios (el cabello largo de Miguel), si yo fuera ella, esperaría que se durmiera y ya lo hubiera trasquilado”, graznaba la estilista, quien había inscrito a su hijo Víctor en una secundaria militarizada para que nunca tuviera “desviaciones” de ese tipo.

En ese entorno cómo olvidar los pantalones acampados Topeka, las camisas floreadas y el rock sesentero como eje de muchas de las conversaciones.

Desde mi “descubrimiento” de Los Beatles yo soñaba con traer una mata a la Lennon o ya de perdida a la McCartney, sin embargo, mi madre, lejos de darme gusto, me enviaba a la peluquería cada 15 días con una orden irrestricta: casquete corto.

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Camino por el corredor de la vecindad y me asomo a Calzada de Tlalpan. Afuera, también hay cambios: el café de chinos ha sido absorbido por una cervecería de poco monta, de esas que acostumbran vender cubetazos y programar banda a cualquier hora del día. En la esquina de Tlalpan y San Simón (la calle de Monsiváis)  permanece el Emporio Mercantil, tanto la tienda de autoservicio como la cantina, aunque ésta ha perdido el poco lustre que tenía y sirve bebidas adulteradas. Ingreso, pido un Chivas 12, pero a cambio recibo un blended barato, muy perfumado, de esos que han inundado el mercado mexicano por su bajo precio. Reclamo, me traen la presunta botella de Chivas y me sirven el segundo fogonazo, ahí en mi presencia. Doy el primer trago y salgo de ese lugar. Se trata de una botella rellena en alguna bodega de Tepito.

Regreso al portón principal de la vecindad y me paro ahí sin oponer resistencia a los recuerdos:  veo llegar al afilador con su pesadísima piedra montada en una especie de triciclo y escucho el agudo chiflido con el cual anuncia su presencia. Se para en mitad del patio y de todas las partes comienzan a surgir las amas de casa cargando sus cuchillos, sus tijeras, sus navajas. Observo al cartero anunciado su llegada a punta de silbato y luego recargando su bicicleta en la escalera principal. Mochila de cuero al hombro, noto su paso cansado mientras se encamina hacia los departamentos con su cargamento de buenas y malas noticias. Miro al ropavejero con una larga cola de caballo, no de rockero, sino de luchador. Llega a pie o en una vieja bicicleta con su carga: ollas de peltre, cubetas y escurrideros de plástico, figuritas kitsch de porcelana, «regalos» que entregará a cambio de ropa usada, «pero en buenas condiciones».

Veo llegar al afilador con su piedra montada en una especie de triciclo y escucho el agudo chiflido con el cual anuncia su presencia.

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Tras varios retrasos en la construcción y la resistencia de mi padre, quien tras casi 30 años de vivir en la vecindad se aferraba a ese lugar, finalmente a mediados de 1970 nos mudamos a nuestra casa propia. Fue un domingo de julio y de La Pantera Rosa en Canal 5 cuando, emocionados, aterrizamos ahí. Y aunque cargamos con la sala, el comedor y las camas de la vecindad de Portales, el cambio fue radical: la vivienda nueva significó tener al fin dos baños con regadera, un calentador de gas, ya no de combustibles de aserrín y petróleo. Una cocina amplia donde ya cabía el refrigerador y un antecomedor. Una TV a colores que envidiaban propios y extraños y que Linda adquirió desde 1971 con el pretexto de ver los juegos olímpicos de Múnich de 1972. Un jardín y un patio propios, además de unos amplios ventanales que iluminaban profusamente la estancia decorada con un piso de relucientes mosaicos color crema de Oaxaca.

Como gesto de amor y antes de encender la TV para ver La Pantera Rosa, ese domingo de julio de 1970 Linda pegó unas calcomanías con los personajes de la Familia Telerín en la puerta de la habitación que en adelante yo compartiría con mi hermano. No era cosa menor. Por vez primera, Fernando ya no dormiría en la recamara de mis hermanas, y yo no lo haría en la de mis padres. Mi hermana Linda tendría su cuarto para ella sola. Mis padres también. Mi hermana Mary, ya casada, se quedaría a vivir un rato más por los rumbos de Calzada de Tlalpan. Después, su arduo trabajo junto con el de su entonces marido, a quien, por cierto, conoció en la vecindad, le daría una buena posición económica y la enfilaría, primero, por los rumbos de Churubusco y Eje 6 Sur, y años más tarde por la Ampliación Sinatel, una colonia de clase media alta, donde sigue viviendo en compañía de su segunda pareja.

La nueva casa, la de la TV a colores que envidiaban propios y extraños y que Linda adquirió para ver los juegos olímpicos de Munich de 1972.

PD. Por cierto, 49 años después los personajes de la Familia Telerín, creados en 1964 por la televisión española para anunciar el final de la programación infantil y dar paso a la barra de adultos, permanecen ahí, sin deterioro alguno, pegados en la puerta del cuarto infantil… aunque hace muchos años que en esa recámara no pernoctan seres vivos ni tampoco fantasmas (Continuará).

 

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José Antonio Gurrea Colín – De memoria

El ojo que todo lo ve

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