Qro, Tierra de Artesanos

Javier García, indígena, artesano y ahora también empresario; «lo que sigue es exportar»

Historia: Carlos P.Jordá/EnLaLupa.com
Fotos: Voluntarios y servicio social de la UAQ

Es artesano porque trabaja el bordado textil; empresario porque ha logrado registrar su marca y contrata personas; emprendedor por ideología, “innovar o quedar en el camino”; e indígena por sus ancestros y lugar de nacimiento. Don Javier se siente orgulloso de toda la nomenclatura, a pesar de haber sufrido discriminación por sus raíces y su destreza para la máquina de coser. Sus productos ofrecen la mejor calidad y diversidad del mercado, aunque no sea por ello que no vea competencia en los demás artesanos. “Cuando se vende, vendemos todos”, explica que es su intención más sincera ver a sus “hermanos” otomíes crecer.

La casa de don Javier García —en el kilómetro 17 de la carretera Amealco San Ildefonso Tultepec, en la comunidad de El Bothé— es también el taller, la bodega y la tienda de Artesanías Badu. Ahí trabaja y comparte la tortilla con su esposa, Reyna Miranda, sus hijos, los cinco o seis empleados artesanos y, cada que son requeridos o tienen alguna idea para el proyecto, estudiantes de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) de distintas carreras que ponen en práctica lo aprendido en las aulas con su servicio social y, en casos, voluntario.

Artesanías Badu incorpora el bordado textil en artículos útiles.

El apoyo de la universidad y la actualidad de Badu

El verano de 2019, por primera vez, la empresa artesanal fue parte de las opciones que se ofrecen a los alumnos de la UAQ para que liberen su servicio social en la modalidad “intensiva”. Así fue como llegaron ocho jóvenes de distintas carreras cuyas aptitudes se adecuaban a las necesidades de Badu. Durante tres semanas, cinco colegiales de ingeniería, uno de derecho, una de administración y uno de informática, convivieron con la familia García y aportaron su conocimiento y herramientas para acercar a Don Javier a sus metas y resolver problemas cotidianos.

“Cuando llegamos nos dimos cuenta de que Don Javier tiene ideas muy claras a futuro, lo que a veces le falta es el cómo”, dice Daniel Pérez, un aspirante a convertirse en abogado en diciembre del año en curso y líder del proyecto de apoyo estudiantil. Sus labores fueron brindar seguridad jurídica a la marca y realizar contratos de compra-venta. Por su parte, los pertenecientes a la Facultad de Ingeniería, apoyados por el pupilo de informática, crearon un catálogo de los múltiples productos que Badu oferta e instalaron un sistema de iluminación más apropiado para el taller. Y la próxima licenciada en administración formuló un inventario ad hoc para la causa.

Además del orden y la nítida visión, a Daniel y sus compañeros los tomó por sorpresa la utilidad y actualidad con la cual se empleaban en aquel local las técnicas centenarias de bordado: “sus artesanías son útiles y estéticamente son hermosas”. Las carteras, las fundas para laptops, tablets y celulares, bolsas y mochilas, no sólo cautivaron a los estudiantes; fue la misma rectora, Teresa García Gasca, quien, durante una visita, propuso prolongar el programa de estío. Antes de culminar el periodo agosto-diciembre 2019, al proyecto se han sumado alumnos de Economía, Negocios y Comercio, Turismo y Artes Visuales. “Expandir los horizontes de comunicación de la marca”, fue la primera “pequeña victoria” que se obtuvo según Pérez; antes de culminado el periodo veraniego, la página en Facebook de Badu ya contaba con más de mil seguidores y es fecha que compradores se acercan mediante la plataforma.

La doctora Teresa García Gasca visitó a los estudiantes y los artesanos durante el verano.

“Hay que empezar desde abajo”

La cuesta no siempre fue hacia arriba. Badu se origina, al igual que la gran mayoría de las actividades humanas, a partir de una necesidad; “no podía pagar el estudio de mis hijas”, dice García. El sillar, material con el cual se construye en Amealco de Bonfil, era el sustento económico del (entonces) joven Javier. Dedicarse a la explotación y venta de esta piedra no implica un ingreso constante para ningún habitante de la región, como muchos productos, existen temporadas altas y bajas. Aquella de hace “15 o 20 años” era, definitivamente, una mala racha para el negocio de muchos pobladores de San Ildefonso, entre ellos, el ahora artesano.

Como la gran mayoría de sus contemporáneas de la comunidad, Reyna Miranda Vazquez conoció a Don Xu como un juguete fabricado por su madre con retazos de ropa vieja. “Mi mamá fue de las primeras que empezó a vender muñecas”, asegura, también, que el bordado es un técnica que aprendió desde niña y que nunca dejó, ni siquiera cuando se ganaba la vida como empleada doméstica en la ciudad de Querétaro, a los 15 años. Se casó apenas cumplida la mayoría de edad y, de nuevo, igual que muchas otras mujeres otomíes, adoptó las artesanías como una forma alternativa de ganar unos pesos sin verse forzada a descuidar el hogar.

Doña Reyna elabora las muñecas —Lele y Don Xu—, servilletas, mantas y cojines bordados y vestidos propios y ajenos.

Don Javier prefirió comenzar desde cero que regresar a Estados Unidos, donde, en tres etapas distintas, había recabado el dinero suficiente para construir una casa, atender las necesidades de su familia, comenzar un negocio con cantera y hacerse de un vehículo. En ese mismo coche viajaban —y a veces dormían— a la capital de Querétaro la pareja y sus artesanías; él con la cerámica que pintaba y ella con las muñecas que confeccionaba y los cojines y servilletas que bordaba. De cierta manera, la esposa de Javier fue quien realmente fundó Badu, pues animó a su marido a darle una oportunidad a la venta de productos artesanales y a probar su habilidad en la máquina de coser.

La mercancía se vendía bien en la ciudad, aunque, por supuesto, seguían existiendo obstáculos. Javier se refiere con un alto estima a la licenciada Auricela Betanzos, ya que fue ella quien, a través de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblo Indígenas (CDI), lo ayudó a superar la discriminación, el abuso y hasta la limitación creativa. Mediante capacitaciones, diplomados y motivaciones por varios flancos, fue que García se convirtió en empresario y emprendedor, “decidí regresarme a mi pueblo para generar fuente de empleo para mis hermanos indígenas”. Aparte de ser fundador y presidente del Centro de Desarrollo Artesanal Indígena (Cedai).

“Si no saben que hay detrás de cada producto te ignoran o te regatean. A veces vendes la historia y vendes la muñeca”.

Ser otomí es un orgullo

El Cedai está ubicado en el Centro de Querétaro, en Allende sur 20, donde es probable encontrarse, un jueves, viernes o sábado, con Don Javier trabajando en una máquina de coser mientras su esposa ofrece los productos en la calle. Nunca falta el inspector que quiera decomisar las artesanías y tilde al marido de Reyna de borracho e inútil. Estando ambos en la misma ciudad, una llamada telefónica que se resume en un “ven”, basta para mostrar lo contrario.

A través de los años García ha adquirido los elementos para defender a su mujer y a más indígenas artesanos que buscan obtener alguna remuneración —en ocasiones sólo lo necesario para comer y transportarse de regreso a casa— por su trabajo. Aprender otomí durante su infancia, escuchando las charlas de su madre con sus tías —puesto que sus progenitores siempre le inculcaron el castellano con afán de evitar tratos despectivos en la escuela de su propia comunidad—, le sirvió para enseñarse a hablar inglés y evitar el abuso de la autoridad en la capital queretana.

Se dice que el albur, el juego de palabras mexicano por excelencia, surgió como una técnica indígena para burlar el entendimiento de los conquistadores familiarizados con el náhuatl. En esta región del país, en fechas actuales, Don Javier usa el otomí para obtener la versión de los hechos de boca de sus colegas artesanas sin que los agentes de inspección las interrumpan y las llamen mentirosas.

“Orgullo” es lo que siente Javier por sus raíces indígenas y el tono que usa su esposa al responder que su esposo no está en ninguna pulquería, sino en casa trabajando. Orgullosas, sobre todo, cree García que deberían sentirse las féminas otomíes. “Una mujer indígena, desde, no sé, las tres o cuatro de la mañana va al molino, hace las tortillas, da de comer al esposo y a los hijos, mantiene limpia la casa, cuida a los niños, educa a los niños y muchas, aparte, trabajan vendiendo y haciendo artesanías”.

Lo aprendido en la calle y en las aulas de los diplomados que ha tomado, le han enseñado a levantar la frente y la voz por su persona y los demás. Hay quienes aún llaman a las muñecas —Lele y Don Xu— y a sus hacedoras “indias o marías”, pero Don Javier no se ha cansado de corregir a los posibles compradores y explicar los porqués —horas de trabajo, materias primas, traslados, etc.— de los precios de una artesanía. “Si no saben que hay detrás de cada producto te ignoran o te regatean. A veces vendes la historia y vendes la muñeca”, dice y asoma un colmillo metafórico en una sonrisa real.

Pasión, motivación y metas

—Dice que se hizo artesano por necesidad, ¿pero qué lo apasiona?
—Coser en la máquina. No me aburro nunca; puedo estar desde siete de la mañana hasta 12 de la noche sin estresarme. Diseñar también me gusta.

Don Javier se disculpa por generalizar, pero las breves estadísticas que recopila en su entorno muestran que el género masculino es más diestro para la máquina de coser. Reyna concuerda. Eso sí, García asegura que no hay como las féminas otomíes para el bordado y la combinación de colores. Es así como funciona la sinergia laboral entre él y su esposa; ella las muñecas, los trajes y los bordados a mano; él los diseños y el ensamblaje a máquina.

Son múltiples los productos que Badu oferta a través de sus redes sociales.

Son muchos menos los hombres artesanos que las mujeres. En este aspecto también se sufre de discriminación; “viejas, jotos y maricones”, son ejemplos de los adjetivos que, desde el núcleo social y familiar, se le atañen a los varones que viven de la artesanía textil. Algunos empleados de Badu, colegas y otros muchachos que han sido capacitados por Javier han abandonado la vergüenza, “tú no les hagas caso, es dinero que estás ganando con tu trabajo”, les aconseja.

—¿Cuál es su motivación?
—Que mis niños terminen su carrera.

Johana es la más joven, cursa la secundaria y se le facilita mucho el planchado, último paso del proceso textil artesanal. Braulio toca el acordeón, le gusta cocinar y planea educarse en Mecatrónica el próximo año, luego de terminar la prepa. Marlen se prepara en la Normal para ejercer su vocación de docencia. Y Fer lleva tres años estudiando Historia en la UAQ.

Cada miembro contribuye, en la medida de sus posibilidades y habilidades, en las tareas de la casa y en las encomiendas de Badu, aunque ninguno apunta para ser artesano. Los cuatro conocen el trabajo desde la infancia y aceptan la responsabilidad que tienen para que se mantenga el negocio familiar, ya sea limpiando y cocinando cuando sus padres están ocupados o meter las manos en la fabricación de un pedido. “Todo lo que estamos haciendo es beneficio para todos, ya después ustedes lo van a cosechar, pero primero tenemos que sacrificarnos todos”, instruye Javier a sus hijos.

Que las nuevas generaciones otomíes no quieran seguir la tradición artesanal no es algo exclusivo del hogar García-Miranda. Las costumbres indígenas como vestimentas y el conocimiento del bordado textil, suelen perderse por la discriminación y la poca remuneración económica que la venta de productos hechos a mano conlleva. Sin embargo a Don Javier le sobran los amigos y conocidos que ejemplifican el éxito que se puede tener cuando los estudios universitarios, los saberes indígenas ancestrales y los oficios artesanales convergen.

—¿Cuál es el la siguiente meta para Badu?
—Exportar.

No titubea al responder. Javier García tiene muy claras las razones por las cuales le gustaría ver sus productos y los de sus colegas en otras partes del mundo. “Me gustaría que se reconozca el trabajo artesanal, que se reconozca de dónde son los productos y que conozcan a la gente indígena. Que el mundo sepa que todavía existimos y que sí tenemos la capacidad de trabajar. Y que, aparte de trabajar, somos capaces de generar empleo.”

En las instalaciones de Badu los empleados tienen a su disposición las máquinas de coser y demás herramientas para ser tan creativos como quieran, siempre y cuando no descuiden sus labores. También cuentan con un techo y cuatro muros para resguardarse del frío, la lluvia y el calor, a comparación de quienes se dedican al comercio ambulante y a la albañilería, actividades más comunes entre los oriundos de San Ildefonso. “Si yo tengo más compradores puedo darle un trabajo digno a más gente. En la calle se sufre con el clima y el hambre, aquí a todos les damos una comidita sencilla”, Javier explica que su empresa es una alternativa para el crecimiento personal y laboral de los suyos; una opción para evitarle a la gente los traslados con pasaje sólo de ida a la capital queretana, o, aún más lejos, a los Estados Unidos.

¿Por qué es importante apoyar a los pueblos indígenas? ¿Cómo se puede hacer?

“Viejo, primero que nada, porque, por muchísimas situaciones, los hemos vuelto un grupo vulnerable (a los indígenas), los hemos marginado. Más que apoyarlos, es impulsarlos; decirles cómo pueden desarrollar y dar a conocer su trabajo. Ellos y nosotros, llámanos mestizos, tenemos conocimientos diferentes y hay mucho que aprender mutuamente.” Así se expresa Daniel ante la interrogante.

La filosofía que predica y practica Don Javier no dista mucho de aquella del estudiante de Derecho. “Mis hermanos indígenas necesitan capacitación”, es por eso que no duda en dar consejos y trabajo a quien lo necesita, así como comprar a precio justo de sus colegas cuando algún pedido sobrepasa la capacidad productiva de Badu. “Quiero que a todos nos vaya muy bien, porque a mí me han ayudado; me toca corresponder”.

Javier y Reyna constantemente contratan los servicios de otros artesanos.

“Está dispuesto a hacer lo que sea e ir a donde sea con tal de dar a conocer su negocio, pero de una manera bien solidaria”, se expresa Pérez de García, “Es un emprendedor social; está bien tener tus propias metas y ambiciones, pero si además logras jalar a la gente contigo, ¡pta! Así sí funcionaría el capitalismo.”

Actualmente Badu se encuentra endeudado con amigos, familiares y gobierno del estado, sin embargo Javier calcula que para enero de 2020 estar libre de deudas. “Sí le sufrimos y le batallamos, pero le he tenido mucha confianza a un gran amigo que siempre me ha sacado de las malas”. La amistad a la cual hace referencia es con “el de allá arriba”, aunque no deja de agradecerle todo a la señorita Auricela. En cambio, Daniel insiste en que la causa del éxito de Don Javier García, sus parientes y su empresa, está directamente relacionada con su intención de ver a quienes lo rodean crecer junto con él.

Badu significa pato en otomí, mira aquí el catálogo de productos

¿Quieres dejar algún comentario?

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

To Top