Luis Octavio Vado - Paradojas

De la verdad y la veracidad – Luis Octavio Vado

Lo verdadero es aquello que se corresponde con la realidad. De un clavo que no cede a nuestro intento de doblarlo decimos que es duro, lo que hemos comprobado más allá de toda duda como nos recuerdan nuestras manos adoloridas por el intento. Pero bien puede suceder que un clavo parezca tener tal dureza siendo que no es sino una delgada tira de madera pintada, que se rompe al menor intento. De hecho no es un clavo sino una imagen de un clavo.

Verdad y veracidad se parecen entonces como el reflejo de un rostro en el agua. Bien puede suceder que el reflejo sea más bello, mejor proporcionado. En suma, más creíble.

La veracidad nada tiene que ver con la realidad fuera de parecérsele. Lo veraz suena posible, se ve real, se percibe cierto, aunque sepamos que no es así. Borges narraba la muerte de Bernardo Reyes afirmando que el padre de Alfonso salió al balcón vestido de gala para que lo acribillaran; sabemos que no es así, que murió a caballo cuando intentó asaltar el Palacio Nacional.

Pero no importa. La imagen de Borges es mejor, porque en lugar de presentarnos a un rebelde desesperado y equivocado que corre a la muerte nos muestra un barbado patricio que acepta su destino desafiante. La verdad es menos interesante que lo veraz.

Esto bien lo saben quienes escriben o quienes hacen política, profesiones hermanadas por la fabulación que es el centro de su actividad. Quien toma la pluma o quien toma la palabra (en una plaza pública o en el Internet que es nuestra nueva plaza pública) saben que la realidad no tiene encanto por sí misma, que los sucesos simplemente narrados suelen ser aburridos a menos que se cuente una gesta heroica o al menos suficientemente cómica.

Por eso embellecen la realidad de manera que se conecte con nuestros sentimientos. Sabemos que, pobres humanos, no seremos parte de grandes hechos históricos, que nuestras pequeñas historias son iguales a todas y que ni merecen ni serán contadas, así que la oportunidad de participar en algo grande, ya sea una emoción o un suceso, nos resulta seductora irremediablemente.

Así el éxito en la política va atado a la capacidad de narrar una historia veraz. Kennedy es un estupendo ejemplo, porque construyó (o le construyeron y él supo narrar espléndidamente) un pasado heroico en lo personal y una imagen de éxito. No importa si era cierto o no, lo que importa es que funcionó tan perfectamente que sigue siendo una piedra miliar de la política americana.

El que narra no miente. O no necesariamente lo hace. O ha alcanzado la virtud de no distinguir entre lo verdadero y lo veraz.

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