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José Héctor tiene 80 primaveras; casi la mitad ha sido voluntario en la Cruz Roja

Historia: Carlos P. Jordá/EnLaLupa.com
Fotos: Guillermo González/EnLaLupa.com

“Quise conocer de qué manera puede salvarse una vida”. José Héctor Osornio Ontiveros se unió a la Cruz Roja de Querétaro en 1962, tras haber perdido a su segundo hijo por no llegar a tiempo a un centro médico. “Se me murió en los brazos la criatura”, recuerda.

Su tono es solemne, pero no se percibe como alguien que vive del pasado, tal vez por la curvatura pacífica que acostumbra a dibujarse en su rostro cada que interactúa con otra persona —colegas madrugadores o reporteros curiosos—. Tal vez porque le ha tocado despedir a más de un heredero. O porque le “fascina” lo que hace.

Hojalatero de toda la vida y 37 años acumulados brindando servicios voluntarios a la Cruz Roja (CR), casi siempre a la par, exceptuando aquellas dos décadas cuando el hogar demandaba la mayor cantidad de ingreso del taller de Héctor. En 2006 su retorno fue requerido por el cuerpo de veteranos, no podía ignorar ni rechazar el llamado para “motivar a las nuevas generaciones y compartir sus experiencias”.

Los pioneros

Con poco, o nada, todo se empieza. El señor Osornio se unió a la CR cuando dos ambulancias conformaban el convoy de emergencia queretano. Su padre, sin embargo, perteneció al grupo de fundadores de la sede en el estado, cuando la cantidad existente de cualquier instrumento requerido era bastante más próxima a cero. “Ya lo conocía (el trabajo del brigadista), por mi papá, pero a mí me daban miedo esas cosas”. Las circunstancias y experiencias suelen cambiar lo que somos y lo que hacemos; la defunción de su hijo hizo de Héctor (23 años) un ávido estudiante de sus propios temores. “No quería que me volviera a pasar nada así”, dice.

“Uff”, sus dedos barren el aire para explicar que son muchas las vidas que ha salvado. Cuenta aquella ocasión en la cual el conductor de un camión de pasajeros se quedó dormido e impactó con una malla ciclónica; un mismo tubo atravesó a dos usuarios. Para sumar a la complejidad de las circunstancias, el par de heridos se mantenían conscientes. Ante la falta de herramientas, a Héctor se le ocurrió ir a su taller —que no estaba lejos— y tomar prestada la segueta con la cual se liberaría a las víctimas, quienes, acto seguido, serían llevadas al hospital. Ambas sobrevivirían.

Aristóteles decía que la vocación se encuentra en donde convergen los talentos y las necesidades del mundo. Osornio sabe de primeros auxilios, pero igual son muchas las veces que su oficio (y utensilios de éste) ha sido solicitado por la CR. Por supuesto, las urgencias no se acaban y es común que las ambulancias sufran alguno que otro percance menor; nada que no se corrija con un buen trabajo de hojalatería remunerado con “lo justo, ni más ni menos”. Como veterano en funciones, su aportación actual es la experiencia a compartir.

Mucha teoría y poca práctica

“Improvisar cuando algo hace falta”, diría que es su conocimiento más preciado y el que más útil le es a la nuevas generaciones de técnicos en urgencias. Si algo distingue a la juventud actual (y la venidera), es la abundante exposición que tiene a la información teórica, lo cual puede resultar contraproducente cuando lo leído o visto en un video no es puesto en práctica. Además, a Héctor le interesa transmitir sus vivencias para que los recién ingresados sepan actuar en situaciones donde las bondades de un teléfono celular no tengan ninguna utilidad.

El saber y la pasión se heredan en casa, donde también se pone en práctica lo aprendido cuando es necesario. Cuatro generaciones de Osornios, contando a su padre, se han voluntariado para la Cruz Roja de Querétaro. Son dos quienes se mantienen en activo; él y una nieta. “Tenía un hijo que era muy bueno, me superó en todo, pero también falleció”, Héctor honra su memoria.

“La satisfacción del deber cumplido”, es el secreto de la sonrisa de Héctor Osornio. El deber es ayudar a quien no puede y enseñar al que no sabe. La inquietud siempre ha sido parte de él, condición que le hace imposible quedarse en casa haciendo nada, “las fuerzas ya no son las mismas”, pero el quiere mantenerse activo, en el taller y en el servicio pre-hospitalario, “hasta que Dios le de licencia”, asegura el veterano.

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