Gerardo Aguilar - A ojo de pájaro

Crónicas Ticas (I) Improvisando en San José – Gerardo Aguilar Anzures

La semana de Navidad del 2019, realizamos nuestro primer viaje internacional de pajareo. Mi hijo había planeado un viaje épico de un mes, a Colombia y Ecuador, con el cuál estábamos entusiasmados, pero finalmente nos fue imposible acompañarlo, aunque fuera solamente los diez días que teníamos disponibles. De esta manera, dirigimos nuestra energía a Costa Rica, lugar del que ya habíamos escuchado maravillas por parte de pajareros y fotógrafos de naturaleza.

En virtud de la enorme cantidad de imágenes y experiencias atesoradas en los nueve días de viaje, he fragmentado el relato en varias entregas, que estaré publicado en la semanas por venir, esperando poder transmitir lo vivido de la mejor manera posible. Esta primera entrega incluye la preparación, las impresiones iniciales y una primera pajareada improvisada que pudimos llevar a cabo llegando a San José.

Aunque nuestro viaje estaba programado para diciembre, comenzamos con la planeación del mismo desde julio, para tratar de conseguir buenas ofertas y no arriesgarnos a encontrar cupos llenos, puesto que diciembre es temporada alta en Costa Rica.

En cuanto a la ruta, nos interesaban puntos de observación de aves, de preferencia aves endémicas y un poco más difíciles de ver. Uno puede pensar en las costas y que es un país más cerca del Ecuador que México y por lo tanto, tropical. Esto es cierto, pero desde el punto de vista de observación de aves, se comparte entre México y Centroamérica una gran cantidad de especies acuáticas y por lo tanto, pusimos más énfasis en hábitats como el bosque de niebla y las tierras altas centrales, donde se encuentran muchas especies endémicas maravillosas. También hay especies que son relativamente difíciles de ver en México, que es el límite norte de su área de distribución y que se ven con más facilidad en Costa Rica, donde son abundantes.

Revisando la distribución de las aves deseadas, trazamos un itinerario que hacía un recorrido saliendo de San José hacia Catarata La Paz, pasando por Heredia, la selva baja en Guápiles, la Costa del Caribe en Tortuguero, las montañas en San Gerardo de Dota y finalmente la costa pacífica, en Quepos, regresando a San José, para volar de vuelta a México 9 días después.

Por lo que toca a los sitios de interés y los guías recomendables, contamos con los valiosos consejos de Dinorah Graue, gran fotógrafa mexicana residente en Costa Rica y de Lilly Briggs, del Laboratorio de Ornitología de Cornell, que está asignada al sur de Costa Rica y conoce a gente capaz y profesional, que guía a visitantes como nosotros, para observar muchas especies valiosas.

De nuestro itinerario, sólo se malogró ir hacia el Caribe, por dificultades que mencionaremos en su momento, pero en general, no tuvimos inconvenientes mayores, aunque sí varias sorpresas y sobresaltos, que siempre ocurren en los viajes.

Fuimos nuestra propia agencia de viajes y nos encargamos de buscar en Internet, reservar y pagar con buena anticipación los vuelos, la renta de auto, el hospedaje y algunas de las atracciones. Los detalles de los lugares por visitar y los acuerdos con los guías, fueron lo último que concretamos, ya a finales de noviembre.

Y no hay plazo que no se cumpla: llegó el 22 de diciembre y con un gran sentimiento teñido de anticipación, emoción y nervios nos vimos esperando el abordaje en la sala de espera del aeropuerto. Varias horas más tarde, después del control de migración, cambiamos unos dólares a colones, con lo que recibimos billetes de 10,000, 5,000 y 2,000 colones. Los billetes tienen hermosas imágenes de fauna en todas las denominaciones, lo cuál es un manifiesto claro de lo importante que es para Costa Rica su legado natural. Estos billetes con muchos ceros me hicieron retroceder en el tiempo, al México en que todo valía millones, antes de que se le quitaran tres ceros a la moneda. Para fines prácticos, ajusté mis conversiones mentales aproximadas, dividiendo entre 500, para saber cuántos dólares era una suma en colones, o entre 30, para tener una idea de la cantidad en pesos. Dicen que “el que convierte, no se divierte”, pero a mi se me hace poco divertido gastar a ciegas, sin tener al menos una referencia aproximada.

Para nuestro recorrido era muy importante contar con un coche, ya que algunos puntos que visitaríamos no son tan populares y se encuentran en sitios remotos y poco poblados. Queriendo ahorrar, renté el más compacto y económico, lo cuál demostró ser un error. En primer lugar, el maletero (cajuela), era demasiado pequeño y apenas podía contener nuestras maletas de ropa, por lo que el equipo fotográfico debía ir en el asiento trasero.

Sin embargo, en un aspecto todavía más importante, la mayoría de las carreteras que transitamos eran angostas y tenían curvas y pendientes pronunciadas, aparte de pasar por calles angostas y empinadas en algunos pueblos y en la periferia de las ciudades. El límite normal de velocidad en carretera, es de 80 Km/h, pero frecuentemente baja a 60, 50 e incluso 40. La realidad es que no dan muchas ganas de rebasar ese límite, sobre todo en un cochecito, que parecía salido de unos juegos mecánicos, lo cuál muchas veces fue cómicamente adecuado, ya que la carretera parecía la Montaña Rusa de un parque de diversiones (Era emocionante, pero no siempre divertido). Hubo varios momentos preocupantes en los 700 kilómetros que recorrimos, como los tramos de lluvia y niebla, la alternancia de uno o dos carriles, la falta de acotamiento, los puentes angostos y por supuesto las empinadas pendientes, que forzaban al tren motriz, sobre todo para llegar a Catarata La Paz y en la zona de San Gerardo de Dota. El aprendizaje para la siguiente visita a Costa Rica, fue que hay que gastar un poco más, para rentar una SUV mediana o similar, con un motor potente, que sea más cómoda y segura para los trayectos.

Después de tomar posesión del auto, había que llegar al hotel, aventar las cosas y por supuesto, tratar de pajarear, aunque fuera un rato. En general tuvimos bastante buen tino para los hoteles, que seleccionamos en los portales de viaje, con base a la ubicación, costo, imágenes del lugar y reseñas favorables. Este método no es infalible y ya en alguna ocasión me ha tocado llegar a un hotel, que no se parece a las fotos en Internet, con un baño que no funciona, que está en una zona ruidosa o incluso darme cuenta al llegar, que se trata de un hotel “de paso”… pero no en este viaje, afortunadamente.

Una vez instalados en la habitación, acudí a “San Google Maps” (que nos acompañó y libró de todo mal, durante el viaje) y me di cuenta que estábamos a 600 metros de distancia del Zoológico y Jardín Botánico Simón Bolívar, que era la única área verde en los alrededores. La aplicación también nos indicó que el parque cerraba a las 16:30, lo cual nos dejaba sólo un poco más de hora y media. A pesar de la cercanía, nos fuimos en auto, para aprovechar más el poco tiempo que nos quedaba.

En realidad, no nos interesaban los animales cautivos del zoológico, sino las especies silvestres que pudiera alojar un área verde de un tamaño considerable. La hora no era la óptima para pajarear, pero aún así lo intentamos. En la vegetación y jardines fueron apareciendo varias especies silvestres, la mayoría de ellas conocidas, pero que de cualquier forma es agradable ver. Nos recibió el Saltador gris (Saltator caerulescens), plácidamente comiendo pétalos de flor.

También aparecieron “los luises”: Luis gregario, Luis bienteveo y Luis picogrueso (talla S, M, L, respectivamente), con sus característicos patrones de plumaje amarillo blanco y negro y sus picos, que crecen de tamaño y de proporción entre las 3 especies, por lo que el “Picogrueso” en realidad hace honor a su nombre.

A pesar de que se nos presentó casi a contraluz, tuvimos la oportunidad de ver y fotografiar al Momoto corona negra (Momotus lesonii), en las ramas bajas de un árbol. Siempre había visto esta ave con su característica cola colgando libre y en este caso fue raro ver su apéndice apoyado sobre la rama en la que estaba perchado. Tuve la tonta impresión de que esa postura sería incómoda para el ave.

Cuando pajareamos en un lugar público, como este zoológico, nuestras cámaras con sus grandes lentes y los binoculares suelen llamar la atención de alguna gente, todavía es más evidente cuando traemos camuflaje. Mientras mirábamos y comentábamos sobre el Momoto, pasó una señora con su hija adolescente y se quedaron intrigadas acerca de qué veíamos y fotografiábamos tan insistentemente. Nos costó un poco de trabajo darles señas para que localizaran el Momoto, pero finalmente lo vieron y les sorprendió bastante que les hubiera costado trabajo encontrar un pájaro tan vistoso y grande.

El parque cuenta con áreas verdes frondosas y en ellas vimos por primera vez en el viaje a la Tángara azulgris (Thraupis episcopus), al Gorrión chingolo (Zonotrichia capensis) y al Chipe peregrino (Leiothlypis peregrina). Con el paso de los días, constatamos que estas especies son bastante comunes en Costa Rica y nos fue posible verlas y fotografiarlas frecuentemente.

Pero de repente saltó entre los setos un pájaro diferente, que de primera impresión parecía algo que no habíamos visto antes. Con la emoción de poder tener nuestro primer LIFER fuera de México, lo buscamos entre la maleza y en las ramas bajas. Ahí empecé a tratar de fotografiarlo, todavía sin verlo bien. El resultado fue una serie de imágenes con manchones marrones, entre la vegetación. Pero poco a poco pudimos ver más partes de él, como un pico macizo y algo blanco en su cara.

Finalmente, nos regaló unos pocos segundos en la luz y pudimos identificarlo. Se trataba de un Rascador orejas blancas (Melozone leucotis). Efectivamente, era un nuevo avistamiento (LIFER), muy emocionante, por ser el primero del viaje. Recordando a otra especie del mismo género, el Melozone kieneri del centro de México, pensé que su comportamiento podría ser parecido: Le gusta andar por el suelo, pero si escucha un llamado de su especie, siempre sale al claro, a investigar. No fue necesario insistir mucho, sólo pusimos su canto unos segundos y apareció entre las ramas, dándonos oportunidad de lograr mejores tomas.

Hasta el momento de preparar está crónica, no estaba consciente de que esta especie no es endémica de Costa Rica, de hecho, me sorprendió darme cuenta de que su distribución comienza en el extremo sur de Chiapas, ya que nunca había tenido noticia de ella. Su hábitat está muy fragmentado y sólo incluye una estrecha franja en Chiapas y Guatemala y pequeñas áreas de Nicaragua y Costa Rica. En México está protegida por la NOM-059 y su nivel de vulnerabilidad tiene el valor de 17, sobre la escala máxima de 20.

Otra especie que fue LIFER en esta breve pajareada, fue el Rascón chiricote (Aramides cajaneus), que es una ave acuática zancona y que estaba en el humedal de los cocodrilos y las tortugas. Resultó muy elusivo para la fotografía, pero lo pudimos ver bien. En ese momento lamenté bastante que se me escapara sin fotografiar, pero dos días después me compensó con creces en otra localidad, permitiéndome unas imágenes que me gustaron bastante. En realidad yo no me había dado cuenta de que era LIFER, hasta que subí mis registros de avistamiento a la plataforma e-bird. Esto se debió a que yo había visto hacía tiempo el Aramides albiventris en Chiapas, que es muy similar y creí que era la misma especie.

El tiempo vuela en las pajareadas y más si sólo se cuenta con hora y media para empezar, por lo que muy pronto fue inminente el cierre del zoológico. Nos acercamos a las bancas de la entrada y ahí empezaron a llegar a los árboles una buena cantidad de aves de diversas especies, en clara preparación para dormir…¡A las 4:30 PM! Finalmente entendimos por qué el parque cerraba tan temprano, la tarde ya estaba cayendo, lo cuál nos llamó la atención. Fue la primera muestra de que Costa Rica “vive temprano”, por lo menos en diciembre, ya que amanece a las 5:30AM y a las 5:30 PM ya es prácticamente de noche.

El personal del zoológico empezó a retirarse, pero no nos apremiaron para salir, así que aprovechamos un poco más el rato en la zona de la entrada, observando a las especies que iban llegando.

Los gorriones, que llegaban a dormir nos dieron la despedida del parque, perchados en los tejados de los edificios. Llama la atención que siendo un país con tanta diversidad de aves, el chingolo sea prácticamente el único gorrión del país.

Cuando finalmente nos salimos del parque vacío y medio oscuro, en el estacionamiento nos esperaba una última y agradable sorpresa, con una iguana que muy apaciblemente descansaba sobre las ramas de un árbol y se dejó fotografiar sin ningún problema.

Una vez saciado nuestro deseo de observar aves, salimos del “trance pajarero” y surgió en nosotros intempestivamente y de manera apremiante, el apetito por alimento, ya que lo último que habíamos comido fue la magra y poco apetitosa comida del vuelo. Buscamos en las inmediaciones del hotel, pero siendo domingo por la noche, algunos restaurantes estaban cerrados. De repente vimos uno abierto, en el cuál parecía haber comida típica costarricense y eso lo convirtió de inmediato en nuestra elección.

Nos costó un poco descifrar los platillos de la carta. Acabamos pidiendo un “casado” que es bastante típico y se trata de un plato abundante, como una comida completa, con arroz, frijoles, plátanos fritos y alguna carne de res, cerdo o pollo. Para acompañarlo, también elegimos una bebida tradicional, que es el café chorreado, mismo que requiere de un traste muy tico, que es el chorreador. Este consiste en un soporte de madera para un colador de tela de algodón, dónde se pone el café molido. Bajo el colador se coloca una taza y se vierte agua caliente con una jarra sobre el colador que chorrea café recién hecho y aromático en la taza.

Este restaurante fue el primer lugar donde nos atendieron personalmente y lo hicieron con cortesía y paciencia, ante nuestra ignorancia sobre los platillos y bebidas. A lo largo de toda nuestra estancia en Costa Rica fue muy placentero recibir el trato amable y sin prisas de la gente, que con frecuencia dice alegremente “¡Pura vida!”, que si te ve estresado o acelerado, te dice suavemente “ tranquilo” y que al darle las gracias por algo, te sonríe y contesta con un sincero “con mucho gusto”.

Así cerramos nuestro primer día en tierras ticas. Sólo restaba cargar las pilas, tanto en los equipos como las de nuestro cuerpo, durmiendo temprano, ya que nos esperaban días largos, de mucha caminata y esfuerzo físico, que empezarían normalmente a las 5:00 AM.

El viaje pajarero comenzaba en serio al día siguiente, en Catarata La Paz, que se encuentra en la Provincia de Heredia, al norte de San José. Se trata de un lugar espectacular, no sólo por las aves, pero de éste me ocuparé en la siguiente entrega de esta serie.

Hasta entonces, “¡PURA VIDA!”


CONTACTO:

Correo electrónico: gerasimoagui@gmail.com

Facebook: @GerardoAguilarAnzures

Twitter: @gerasimoagui.

Para consulta de información de aves, se puede acceder a: http://avesmx.conabio.gob.mx

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