Héctor Parra - Análisis y Reflexiones

Podría haber chingadazos si AMLO no respeta la Constitución – Héctor Parra

Este miércoles, México estará festejando el 103 aniversario de la promulgación de la Constitución.  Por segunda ocasión Andrés Manuel López Obrador encabezará la ceremonia solemne de conmemoración. Se trata del primer Presidente de la República que se ufana cada vez que viola la norma suprema, conocida también como la Carta Magna, pese a que, al tomar protesta el 1 de diciembre de 2018, juró cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanan. Debe el Presidente observar cabalmente el cumplimiento de la ley y ser coadyuvante de todas las autoridades para que se respete el “imperio de la ley”, que el Estado de derecho continúe su vigencia; de no ser así, el “caos” se sobrepone a la legalidad, el poder se desborda, hace presa de autoridades en agravio de los mexicanos. El pueblo de México queda a merced del autoritarismo, del voluntarismo presidencial; quien debe mantener la paz y el estricto orden jurídico por y para bien de la nación mexicana, rompe entonces el equilibro constitucional, el gobierno entra en la vorágine del despotismo y el Presidente encarna la figura absolutista (mucho le agrada) que siempre termina derrocada por el pueblo, incluso decapitada en la Edad Media.

Desde su campaña, López Obrador acuñó la frase que aún retumba en la cabeza de millones de mexicanos: “al diablo con las instituciones”. Hombre acostumbrado a no cumplir con el mandato de la ley, todo por la fuerza, nada por el camino de la Constitución. Profesional en la desestabilización social, el hoy Presidente escenificó varios actos de “resistencia”, quebrantando el Estado de derecho; tomaba pozos petroleros, instigaba a no pagar impuestos o derechos a los ciudadanos, tomar carreteras, invadir avenidas que generaban daños millonarios, siempre en contra de las instituciones, incluso violentaba sentencias de amparo.

Para nadie es desconocido que López Obrador se especializó como agitador profesional, poco le faltó llegar a la maestría en el arte de la violencia, precisamente cuando amenazó en la pasada campaña, en marzo de 2018, con “soltar al tigre”. Uno de sus lacayos colaboradores Juan M. Ackerman, entonces amenazó al igual que su candidato. Por medio de su cuenta de Twitter, escribió que si no ganaba Andrés Manuel, “habría chingadazos”. La única manera de que haya un cambio pacífico con López Obrador, dijo Ackerman, “si  nos vuelven a robar la elección, va a ver chingadazos”; el mexiconorteamericano, el apátrida, amenazante al igual que el ahora Presidente de la República, retaba a las autoridades, estaban organizados para iniciar un movimiento violento si Peña no les entregaba el Poder Público. Amenazantes, agresivos, belicoso, insidiosos todos, pretendían asaltar la institución presidencial en caso de perder la elección.

Por eso, Andrés Manuel López Obrador, acostumbrado al caos, a la resistencia, a las movilizaciones, a la violencia, hoy día, en su calidad de Presidente de la República no respeta la norma que protestó cumplir y hacer cumplir. Para él, está primero hacer su voluntad, cumplir su capricho y “al diablo con las instituciones”. Varias muestras ha dejado en poco más de un año de gobierno. La más evidente, aquella en la que, por medio de un “memorándum administrativo” giró instrucciones al secretario de Educación y demás autoridades del ramo, a incumplir con la Constitución, derivado de sus compromisos de campaña con la CNTE; organización política, que no es sindical ni académica, que utiliza los mismos mecanismos violentos que López Obrador, para conseguir sus objetivos. No cumplió con la Constitución.

Como ese grave asunto, se pueden mencionar muchos más. Sobresale otra violación al Estado de derecho. Cuando sin facultades constitucionales ni legales, pero sí meta constitucionales (fuera de la ley), ordenó soltar a uno de los delincuentes más buscados por las autoridades del ramo. El presunto responsable había sido aprehendido en cumplimiento de un exhorto judicial, para ser remitido ante la autoridad que lo reclamaba en territorio norteamericano. Andrés Manuel López Obrador dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán. Sin atribuciones legales, rompió el Estado de derecho, poco le importa, primero está la voluntad presidencial antes que cumplir con la Constitución. Sólo dos casos en específico, suficientes para que el Presidente hubiese sido desaforado y sometido al imperio de la ley. Pero no, también ha logrado el control de los otros dos poderes públicos, contraviniendo el marco constitucional. El Presidente, por lo pronto, se encuentra blindado a pesar de los abusos que comete con frecuencia, desempeña, goza del poder omnímodo que se auto otorga por medio de la meta constitucionalidad.

Después de poco más de 100 años de vigencia de la Constitución de 1917, con más de 600 reformas, poco o nada hay que conmemorar cuando México tiene un Presidente de la República que no la observa, que no la respeta, se burla de ella cada vez que quiere y ordena su incumplimiento a sus subordinados. Un Presidente agitador, acostumbrado a moverse fuera del marco de la ley. Así llegamos a un año más bajo el lamentable ensombrecimiento del aniversario de la Constitución. por primera vez en la historia de México, el Presidente en funciones, incumple con la carta Magna y así se hará el festejo conmemorativo en el legendario Teatro Iturbide, hoy Teatro de la República, cuna que albergó el nacimiento de la vetusta constitución, la que, sin embargo, sigue siendo la ley de leyes que millones de mexicanos sí respetan y observan, instrumento jurídico que aún conserva los primeros derechos sociales reconocidos universalmente, acogidos posteriormente por muchos otros países, Constitución que también alberga y protege los derechos humanos de los mexicanos. Y, como dijera el apátrida de Ackerman, que no se les ocurra a los que hoy ostentan el poder seguir por el mismo camino: “podría haber chingadazos” ¡El pueblo se cansa!

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