Gerardo Aguilar - A ojo de pájaro

Crónicas Ticas (III): una ventana a la selva y un día en el Pueblo – Gerardo Aguilar Anzures

El tercer día, que era 24 de diciembre, nos dirigimos desde Heredia a un lugar cercano a Guápiles, en la Provincia de Limón, bajando de las montañas hacia el oriente. Ahí veríamos a un guía muy conocido y respetado en Costa Rica y con reputación internacional, que usa el nombre de “COPE”.

El camino, nuevamente tuvo sus dificultades y sobresaltos. Una buena parte del trayecto encontramos lluvia y niebla y esta conducción me recordó al tramo de las Cumbres de Aculzingo, en la Autopista México-Veracruz, cuando presenta esas condiciones climáticas. Bajamos por la cordillera y llegamos a la ubicación señalada por (San) Google Maps para el encuentro con nuestro guía. De hecho hay un marcador en el mapa que dice “Dónde COPE”. Si no lo sabes de antemano, al llegar te enteras de que es su casa, tal cuál.

El patio trasero de COPE es una ventana a la selva. Es sorprendente, porque así como una casa cualquiera puede tener su terraza hacia un jardín, en “Donde COPE” te encuentras a la orilla de un cauce de agua de varios metros de ancho y en la otra orilla se observa un entorno natural, con exuberante vegetación que no se puede creer que esté a unos metros de donde pasa una calle, con casas en ambas aceras.

COPE ha acondicionado el espacio que mira hacia la selva, de forma que optimiza la observación y la fotografía de las maravillosas aves que abundan en el lugar. De esta manera, las aves entran naturalmente en el campo visual de los observadores, que pueden aguardar sentados y quietos, con los binoculares listos o con la cámara en un tripié y el dedo en el disparador.

Uno puede permanecer durante horas en ese estado de gracia, puesto que diversas especies van visitado el lugar a intervalos y para un pajarero, la experiencia es deliciosa. Incluso puedes servirte un café, que COPE ha preparado en su cocina y que pone amablemente a tu disposición, junto con unas galletitas. Otra ventaja que tiene la terraza de observación de COPE, es que está techada y por lo tanto, se está a resguardo de las frecuentes lluvias, que mantienen la selva fresca y viva.

Este sitio de observación, aparte de brindarme algunos nuevos avistamientos de aves (LIFERS), también me dio la oportunidad de mejorar algunas tomas de especies que me habían resultado difíciles en otros viajes al sureste mexicano, e incluso en el mismo viaje a Costa Rica. Tal es el caso Rascón Chiricote (Aramides cajaneus), que había visto en el Zoológico de San José (ver Crónicas Ticas I)

o la Tángara rabadilla roja (Ramphocelus passerinnii) que había visto sin oportunidad de foto en Catarata La Paz (Ver Crónicas Ticas II)

Esta “reivindicación fotográfica” se extendió a otras especies, como el Mielero patas rojas (Cyanerpes cyaneus), que había visto por primera vez en Zongolica Veracruz y después en Palenque, Chiapas, pero no con las óptimas condiciones que pude captarlo en Donde COPE

Esta situación fue más clara con el Mielero verde (Chlorophanes spiza), que es bastante más raro en México y del que sólo había podido fotografiar un macho juvenil en Dos Naciones, Campeche, mientras que aquí pude captar a placer al macho y la hembra adultos.

Dos aves que en lo personal me gustan mucho, visitaron nuestro punto de observación. Se trata de dos oropéndolas: La moctezuma (Psarocolius montezumae), más grande y robusta, que vi por primera vez en los Tuxtlas Veracruz y que por alguna razón, me da la impresión de tener un aspecto “equino”.

y la Oropéndola dorso castaño (Psarocolius wagleri), más pequeña, con sus ojos azules “de turista gringo” y su gran pico, que le da un aspecto prehistórico. La primera vez que la vi, fue en la bella Cascada Texolo, cerca de Coatepec, Veracruz, donde iba y venía, llevando alimento a sus polluelos, en el interior de sus nidos colgantes, similares a los de las calandrias, pero mucho más grandes.

En todo Costa Rica parece ser una constante la variedad y abundancia de colibríes. Donde COPE, no fue la excepción: pudimos ver ocho especies, de las cuáles cuatro fueron vistas en Catarata la Paz y las otras cuatro fueron lifers!

Empezaré por los ermitaños, con su pico curvo y su antifaz característicos ¡Fueron tres especies diferentes! El Ermitaño mesoamericano, que había visto antes en los Tuxtlas y Xalapa, Veracruz, así como el día anterior, en Catarata la Paz.

También vimos el ermitaño enano, (Phaethornis strigularis), que habíamos visto en Veracruz y Quintana Roo, aunque no he podido fotografiarlo todavía.

Y de los tres, uno fue LIFER: El Ermitaño colibandeado (Threnetes ruckeri), cuya distribución geográfica va desde Guatemala hasta el norte de Sudamérica. El patrón de la cola que da nombre a la especie, genera interesantes efectos visuales, que a veces son demasiados rápidos para captarlos a simple vista, pero que quedan plasmados en las fotografías.

Un colibrí muy distintivo y hermoso, es el Colibrí capucha azul, aunque en Costa Rica se utiliza más el nombre de “Jacobino” (Florisuga mellivora). Es un colibrí grande, con una combinación brillante de colores azul, verde y blanco. Aunque existen registros desde el sureste de México hasta el norte de Sudamérica, éstos son escasos fuera de Costa Rica y del oeste de Panamá, que es donde esta especie es abudante. Este colibrí fue LIFER en Donde Cope y ya no pudimos verlo en el resto del viaje.

Un viejo conocido, fue el Colibrí cola canela (Amazilia tzacatl), que pudimos ver en casi todos los lugares que visitamos y que de hecho, también se distribuye en México, donde lo habíamos registrado previamente. La abundancia y territorialidad del los colibríes provoca que haya conflictos entre ellos y es frecuente verlos corretearse unos a otros a gran velocidad, o como en la imagen siguiente, verlos competir por la misma “flor” en un bebedero, donde un Jacobino aprovecha su tamaño y “avienta el bulto” sobre un cola canela.

Y después de los pequeños y etéreos guerreros del aire, te contaré acerca de los “pesos completos”. Recuerdo que había en el jardín mucha actividad de tángaras y mieleros, cuando apareció un grandulón, que llegó a comer fruta, monopolizando el tronco mejor ubicado del jardín. Se trataba de un Tucán pechigualdo, o pico negro (Ramphastos ambiguus), que se instaló y de pronto el resto de las aves se alejaron a prudente distancia de él. El ejemplar era magnífico, se veía más grande y fuerte que el que habíamos visto el día anterior en cautiverio. Aún en su pico y plumaje había diferencia, ya que el cautivo tenía las plumas de la cola visiblemente dañadas, así como algunos daños en el pico, mientras que el ejemplar en libertad estaba impecable. De hecho, aunque lo habíamos visto un día antes, conté el LIFER hasta esta visita a Guápiles, que fue donde lo vimos en vida libre.

Aunque es más pequeño, el Tucancillo collarejo (Pteroglossus torquatus) es un ave impresionante también. Lo había visto previamente en México, en las zonas arqueológicas de Calakmul y Palenque, así como en varios lugares de Veracruz. En un viaje a los Tuxtlas, mi hija, que no es muy “pajarera” y por lo tanto, no sabe muchos nombres y menos científicos, lo bautizó como “El tucán cool” y estoy muy de acuerdo: El atrevido patrón de su pico y su cabeza me recuerda a los estilizados y “modernistas” dibujos de los esquimales (o Inuit, que es el nombre que ellos usan). A la fecha, a veces uso ese apodo para esta especie, por el recuerdo familiar.

El periquito alas amarillas (Brotogeris jugularis) es una especie muy bella de psitácido, que apenas se encuentra en territorio mexicano, en la costa chiapaneca. En las zonas tropicales de Costa Rica es mucho más frecuente. Tuvimos la suerte de ver una pequeña bandada de unos 8 individuos que iban y venían de los árboles frente a nosotros. En Costa Rica, es más común conocerlo por el nombre en ingles “Orange-chinned parakeet” y efectivamente, tiene un pequeño parche de plumas color naranja bajo el pico. El nombre me parece tan poco contundente como “alas amarillas”, pero en fin, hay que llamarle de alguna manera.

Cuando veo a alguno de los hermosos pericos y loros silvestres de México, puedo ENTENDER que sean muy atractivos para la gente, por sus colores, por su conducta, por ser “tiernos y simpáticos” y su capacidad de aprender algunas palabras. Ese atractivo es el que genera una demanda de ellos para mascotas. Como están prohibidos por ser especies amenazadas, se estimula el comercio ilícito, donde la captura, transporte y conservación de las aves se hace de forma rudimentaria e inhumana, como si de fruta se tratara y las aves que mueren, se desechan, al igual que se tira la fruta magullada. En un círculo vicioso, por la alta mortandad de las aves capturadas (alrededor del 90%), no se satisface la demanda y entonces se extraen más aves del ambiente natural, aumentando la precariedad de la subsistencia de las especies.

Cuando he preguntado a gente de pueblos donde tienen enjaulado a uno de estos loros que están prohibidos, contestan que “la gente está muy acostumbrada y las familias han tenido loros en casa, desde sus abuelos”,como si la costumbre validara el delito y tristemente me doy cuenta de no ha permeado todavía la conciencia de que eso es ilegal, o bien, se toma con la misma indulgencia con la que se compra mercancía pirata o que se sabe que es robada: Alguien más se ensució las manos haciéndolo, pero al pagar por ello, el comprador final “limpia la transacción” y ya no siente la complicidad en el delito. Esperemos que la conciencia llegue a través de la educación, antes de que sea demasiado tarde para las aves.

Perdón por esta digresión, pero me fue inevitable hablar del riesgo en que se encuentran los psitácidos, a causa de lo maravillosos que son. Regresemos a temas más agradables.

Además de toda esta diversidad que pudimos disfrutar Donde COPE, nos esperaban más bellezas en los alrededores. Nuestro anfitrión nos comentó que iríamos a un sitio a menos de un kilómetro, para buscar varias especies más. Nos advirtió que el sitio estaría bastante encharcado, por lo que necesitaríamos botas adecuadas. Yo afortunadamente llevaba botas de hule, pero las de Laura, no aunque se supone que son “a prueba de agua”, no eran suficientes y COPE le prestó un par. Llegando al lugar, que tenía agua y fango de varios centímetros de profundidad, corroboramos que Laura no podría haber entrado en semejante lodazal con sus botas normales. Este exceso de agua se debía a la lluvia y nuestro guía nos comentó que aunque tenía ya localizados tres individuos de Búho de anteojos (Pulsatrix perspicillata), con la lluvia se habían movido de sus perchas habituales y se dio a la tarea de buscarlos por todo el dosel de vegetación tropical. En vez de ir chapoteando detrás de él, ralentizando su marcha, nos indicó que lo esperáramos en un claro mientras él los buscaba. Caía una llovizna fina y no se veía mayor actividad de aves. Durante el rato que esperamos a COPE, sólo vimos pasar volando un zopilote y un Caracara y también estuvimos admirando los enormes helechos arborescentes, varias especies de palmas y algunos enormes árboles cargados de lianas y bromelias que teníamos alrededor.

Los minutos transcurrían y empecé a pensar que la búsqueda sería infructuosa. COPE regresó con una expresión neutra, que no era de fracaso, pero tampoco de triunfo. Nos dijo “No encontré a la pareja, sólo está la cría”… Bueno, no era lo óptimo, pero me sentí esperanzado de ver a cualquier ejemplar de esa valiosa especie.

El lugar donde estaba perchada la cría distaba mucho de ser el óptimo: Estaba enramado, con un ángulo muy empinado y a contraluz. Experimenté varias posiciones y opciones de exposición, buscando los huecos en el follaje que me dieran las menores obstrucciones posibles. El contraluz era tan severo que me di cuenta de que hasta trabajar la imagen en el revelado en la computadora, no sabría si alguna foto iba a valer la pena o no.

Entre las varias imágenes que tomé del Búho de anteojos y que trabajé después en el procesamiento, pude rescatar algunas, de las cuales, me gustó la que está bajo estas líneas.

En realidad fue una gran fortuna poder ver esta especie emblemática y dadas las circunstancias considero que esa búsqueda fue exitosa.

Aunque el interés principal de los pajareros siempre está en las aves, a veces hay oportunidad de ver otras especies muy valiosas de reptiles, mamíferos, o batracios. Precisamente en Costa Rica habitan unos batracios mundialmente famosos, como son las ranas veneno de dardo. El verlas fue un tanto sorpresivo, ya que íbamos caminando por los senderos del predio anegado al que nos llevó COPE, cuando de repente él se inclinó, movió a un lado una piedra y como acto de magia, apareció una pequeña y hermosa rana “blue jeans” (Oophaga pumilio), como las que habíamos visto con un cristal de por medio el día anterior en La Paz. Por supuesto, verla libre a menos de un metro fue muy emocionante. Pensé que saltaría inmediatamente, pero no se inquietó. Incluso nos permitió tomar unas fotos, antes de moverse.

Otro avistamiento espectacular fue el Murciélago blanco hondureño (Ectophylla alba). Es un murciélago pequeño, que mide 3 a 4 centímetros, su cara recuerda la de un cerdito y su aspecto es absolutamente adorable. Vive en colonias, que se instalan en la parte inferior de una gran hoja de Heliconia, que forma una carpa bajo la cuál se resguardan de los elementos y de los depredadores.

COPE tenía detectada al menos una de estas colonias y nos llevó a verlos. Incluso había puesto algunos obstáculos en el acceso hacia la hoja, para tratar de evitar que la gente los encuentre y los moleste.

Y nuestro guía nos hizo favor de tomar la foto que se muestra a continuación, así como una más de otro murciélago, utilizando mi lente macro en la cámara de Laura.

Además de mantener su terraza de observación y de ser un guía experto, COPE es un artista gráfico y fotógrafo excelente, como evidencia la bella foto de los murciélagos. Tuvimos oportunidad de ver más de su trabajo en su casa y la verdad es muy bueno.

Una vez que vimos los murciélagos, COPE volvió a colocar los obstáculos que dificultaban el acercamiento a la hoja-carpa, casa de los pequeños murciélagos.

Después de la exitosa vuelta en el pantano, regresamos a la Casa de COPE, para seguir observando y fotografiando aves por un buen rato más.

Le comentamos a nuestro guía que al día siguiente pensábamos ir a Parque Tortuguero, en la Costa del Caribe, pero al parecer habíamos tomado un poco a la ligera ese viaje, que desde nuestra base en Heredia implicaría 3 horas de camino en cada sentido, repitiendo el camino de niebla y lluvia de ese día y atravesando una zona de riesgo, por la Provincia de Limón. Incluso nos recomendó visitar a una empresa de transporte de carga en Guápiles, para ver si nos podíamos ir en caravana con algún viaje de ellos. Ante esta situación, decidimos cancelar el viaje del día siguiente (25 de diciembre) a Tortuguero y quedarnos en los alrededores de Heredia, tratando de pajarear ahí. Quedó como asignatura pendiente para un viaje posterior, encontrar un lugar viable para pajarear en la Costa del Caribe.

Regresamos a nuestro alojamiento cerca de San Rafael de Heredia con muy poca lluvia y sin eventualidades,. Pasamos por la zona de restaurantes y nuestras alarmas alimenticias se dispararon frenéticamente. A lo largo del día, sólo habíamos comido unas empanaditas con café en el camino de ida y las galletas, con más café, cortesiá de COPE. Pasamos por un primer restaurante, en el que de manera muy displicente, nos dijeron que era tarde y que ya sólo tenían comida para llevar. Lo intentamos en un segundo lugar y fue una excelente opción, que incluso repetimos al día siguiente. Esa tarde, en mi intento de seguir probando la cocina local, pedí un “gallo pinto”, que es un plato tradicional que lleva arroz con frijoles y alguna proteína y una generosa y variada guarnición. Como casi todos los días del viaje, esta comida abundante cercana a las 5 de la tarde fue para nosotros el único alimento formal del día.

Un poco más tarde, vimos el atardecer desde nuestro alojamiento, que estaba en alto y se veían al fondo las luces de San José. El crepúsculo fue muy bonito e incluso se formó un enorme arcoiris, con la tenue llovizna que estaba cayendo, tan sutil, que prácticamente no nos mojaba.

Habiendo cancelado el paseo a Tortuguero, decidimos quedarnos en el área de San Rafael de Heredia el día 25 de diciembre. A menos de un kilómetro de nuestro alojamiento, estaba el parque Monte La Cruz, que es un lugar de recreo popular para los ticos. Cuenta con una explanada con instalaciones para jugar futbol, basketball, juegos infantiles y kioscos para preparar parrilladas. Por el día festivo, había muchas de ellas ocupadas con familias, disfrutando de su comida de navidad. Como llegamos temprano, la mayoría estaban apenas en preparativos. Aparte de esta zona, el parque tiene un pequeño arroyo y el Monte de la Cruz, como tal. Este lugar me recordó parques boscosos de la Ciudad de México, como el Bosque de Tlalpan, en la zona montañosa al sur del Valle de México.

En el estacionamiento (“parqueo”, como dicen los ticos) sentí unas gotitas de agua muy pequeñas, como de rocío, que no caían a plomo sino que en el día parcialmente soleado, caían irregularmente, como arrastradas por el viento y apenas nos mojaban. Nunca me había tocado sentir una llovizna de estas características.

La vista desde el mirador de Monte la Cruz es una bella panorámica, desde donde se aprecia la zona urbana de San José. En el centro del mirador se encuentra una monumental cruz de metal y hay un claro entre los árboles, que es donde descansa la gente que sube a ver la panorámica.

Esperábamos encontrar una buena variedad de especies de montaña, pero para nuestro desánimo, tuvimos que buscar mucho, para encontrar a las aves, que muy furtivamente se insinuaban apenas, a contraluz, entre las hojas de pino y casuarina, que dificultaban mucho las fotografías.

Vimos doce especies en total, sin embargo, cuatro de ellas fueron LIFERS, pero prácticamente no hubo fotos buenas. Como ejemplo, tenemos al Mirlo serrano mesoamericano (Turdus plebejus), que fue una de las imágenes más presentables.

Sólo para la anécdota y con un poco de vergüenza, comparto la imagen del Cucarachero modesto (Cantorchilus modestus), cuya foto prácticamente torturé en la computadora, para tratar de sacarle luz y contraste e identificarlo, ya que como muchos de los cucaracheros ( también llamados matracas, saltaparedes), le encanta estar en cerca del suelo y como la luz era terrible, sólo se veía una mancha oscura en la foto original. En su momento, el avistamiento fue una incógnita, que sólo pude registrar, hasta mi regreso a la Ciudad de México.

Después de nuestra visita a Monte la Cruz, decidimos ir al Pueblo de San Rafael de Heredia. Nuestro hospedaje estaba en las afueras del pueblo, en una tranquila zona campestre residencial, unida al pueblo por una pequeña carretera.

De camino al centro de San Rafael, notamos que había muchos coches parados a los lados de la carretera y que junto a esos coches, las familias estaban haciendo el picnic. Resultó extraño, ya que habiendo tantos lugares de belleza natural cerca, a la gente le bastaran unos cuantos metros cuadrados planos con césped, para hacer su fiesta.

La carretera se vuelve una de las calles principales del pueblo y llega a la Plaza Central donde está la iglesia más grande del pueblo, como sucede en México. Aunque el estilo arquitectónico del templo no era el típico del México colonial, sino algo con aire gótico.

En la fachada y los balcones de la iglesia, de un blanco que me recordó el merengue de un pastel de bodas, encontramos de forma insospechada, un LIFER más: La golondrina albiazul (Pygochelidon cyanoleuca).

Fué un feliz “cierre de pajareada”, ya que el día, que habíamos pensado al principio que sería muy escaso en avistamientos, finalmente arrojaba cinco LIFERS en total.

El contratiempo de Tortuguero nos dio la oportunidad de bajarle a la intensidad de nuestro paseo y tomarla con calma: Pasear por los jardines de la plaza central, observar a la gente, ver a los niños disfrutando de bicicletas y patines nuevos, que muy probablemente acaba de traerles Santa Claus… Todo mientras saboreábamos un rico helado. Era parecido a lo que podríamos haber visto en un pueblo mexicano, aunque sí había ese toque diferente, con su sazón local, como los mismos helados, que tienen su sabor propio.

Después de nuestro paseo, pasamos a comer-cenar al mismo lugar del día anterior y regresamos a nuestro “hotel”. Ahí nos bebimos una copa de vino, por la Navidad. También nos comunicamos con nuestras familias y amigos para desearles lo mejor y nos preparamos para el día siguiente, que saldríamos muy temprano hacia San Gerardo de Dota, la zona que nos emocionaba más, por las especies endémicas de montaña y sobre todo por la joya de la corona: EL QUETZAL RESPLANDECIENTE. Estábamos hechos a la idea de que el Quetzal era un avistamiento difícil y que no deberíamos estar ansiosos, ni frustrarnos si no lo encontrábamos, pero era innegable que el viaje con el avistamiento de quetzal nos dejaría una huella mucho más honda que sin él.

Hemos llegado al final de esta doble jornada, correspondiente a Nochebuena y Navidad. Te agradezco mucho que me hayas acompañado en estas narraciones, que estoy volviendo a vivir al momento de escribirlas. Nos vemos dentro de unos días, en la cuarta entrega. Anticipo que tendrá una carga emocional especial… Hasta entonces: “¡PURA VIDA!”


CONTACTO:

Correo electrónico: gerasimoagui@gmail.com

Facebook: @GerardoAguilarAnzures

Twitter: @gerasimoagui.

Para consulta de información de aves, se puede acceder a: http://avesmx.conabio.gob.mx

 

Crónicas Ticas (I) Improvisando en San José – Gerardo Aguilar Anzures

 

Crónicas Ticas (II) La Paz: Cinco cataratas y doce colibríes – Gerardo Aguilar

Crónicas Ticas (IV) Un jardín enjoyado entre las montañas – Gerardo Aguilar

Crónicas Ticas (V) | En pos de la Serpiente Emplumada – Gerardo Aguilar

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