Luis Octavio Vado - Paradojas

Autobiógrafos – Luis Octavio Vado Grajales

Me gusta el género de las autobiografías. Me atraen los biógrafos en general, lo mismo Suetonio, ese chismoso máximo de la Roma imperial, que Strachey, el enterrador de la era victoriana, y otras plumas menos clásicas y más creíbles, pero quienes narran su propia historia me gustan en particular por el tono que suelen tener, entre confesión pudibunda y veraz mentira.

Hace poco terminé un breve y sabroso recuento sumario de su propia vida escrito por Kipling llamado modestamente “Algo de mí mismo”. Un gran hijo del Imperio Británico, que no de Inglaterra. Desde su nacimiento en la India, hasta su encumbramiento a la fama, cuenta con ternura sus peripecias domésticas mientras da latigazos a todo aquello que le parece pomposo. Para mi gusto le falta fuego, pero le sobra ingenio.

Un libro extraño y desvergonzado es “Me acuerdo” del polifacético artista Joe Brainard. Niño en el siglo pasado en ese país del norte tan liberal y conservador a un tiempo que es una paradoja sin explicación. Inicia cada párrafo con la frase “me acuerdo” y a continuación cuenta algo que puede ser tan inocuo como el sabor de un dulce o tan falto de pudor como el despertar sexual. Este libro, pequeño al igual que el anterior, lo lleva a uno por todas las emociones posibles.

El mayor autobiógrafo en lengua inglesa tuvo el buen gusto de no escribir directamente una biografía propia sino de situarse en todos los hechos relevantes del mundo y el Reino Unido desde 1895 hasta su muerte, y fue Winston Churchill. Una pluma entrenadísima, pues vivía de escribir artículos y no de la política. Sus libros sobre la primera y la segunda guerras mundiales están llenos de hechos convenientemente interpretados, de premoniciones; como orador supremo que fue sabía que lo importante es la emoción y no la razón. Divierte, preocupa, entretiene. Aunque también aburre un poco (pecado menor) cuando se extiende demasiado en justificarse.

Ese genio llamado Groucho Marx nos legó “Memorias de un amante sarnoso” excelente ejemplo de ese tipo de escritura llamado memoria, que reúne recuerdos con reflexiones. Provoca risa, a la vez que asombro, ver que no hubo cambio alguno entre el joven actor de vodevil que vivía al día y el supremo cómico adinerado que fue al final.

Ahora si usted busca un libro para hacer una novela o serie que tenga amor, guerra, huidas en el último momento, traiciones políticas y un inspirado personaje de moral ambivalente adapte el “Ulises criollo” de nuestro José Vasconcelos. No tenía una lengua viperina sino una pluma viperina. Cuenta todo de sí mismo y de los demás bajo la guía de ser alguien destinado de nacimiento para las grandes cosas. Un hombre que lo mismo acompañó al Apóstol de la Democracia que apoyó al nazismo, capaz de lo más grande y lo más bajo. Y que, además, todo nos lo cuenta en primera persona. Su autobiografía siguió en otros tomos, en mi opinión no tan brillantes.

No les creo mucho a quienes escriben sus autobiografías. Pero tampoco las leo para conocer la historia sino para saber de la vida.

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