Andrés Garrido del Toral - Memorias Peregrinas

Estatuas peregrinas – Andrés Garrido del Toral

Ahora, querido lector, no voy a hablar de lo peregrino en su acepción de bello o raro sino en su significado de fugaz, errante o marchante. Y es el caso de varias estatuas queretanas que han deambulado de aquí para allá sin encontrar reposo para ellas ni para el recuerdo del presunto homenajeado.

Ya en esta columna he presentado a las estatuas de sal, es decir, a aquellos aberrantes monumentos cuyos autores han de haber estado incróspidos a la hora de esculpirlos, como la de El Marqués de Cadereyta, a quien el sombrero le quedó chico y más bien parece Lupe Martínez Martínez; o la de Mariano Escobedo, en Arroyo Seco, que se figura a un burro orejón y no al héroe de Galeana.

También son dignos de estar en estatuas de sal las muy irreales o feas del escultor William Nezme, que hizo en tiempos de mi amigo Roberto Loyola Vera las relativas a Damián Carmona y al Conchero de San Francisquito. En ambas parecen modelos alemanes los que posaron, porque Damián estaba flaco y escurridizo, chaparrito y prieto, enfermo de diarrea y turulaco, y está representado en su plaza en La Cruz como si fuera germano; y en el caso del conchero brujo, el escultor le atribuyó un cuerpo de vikingo.

La estatua de Francisco Cervantes afuera de Capuchinas le quedó bien, al igual que la de Salvador Alcocer en el jardín San Sebastián, pero la del profesor Eduardo Loarca Castillo en la banqueta del Conservatorio de Música, en la calle Vergara, le salió del nabo, no se parece en nada al estimado cronista. Dicen las sobrinas del profe Loarca que lo único que quedó bien es el saco de tres botones, pero yo añado que más bien parece una ciruela con patitas.

Un bodrio que deberíamos quitar es el de la escultura modernista afuera del templo de San Agustín que colocó entre 2000 y 2003 nuestro Rolando García Ortiz.

La más peregrina de las estructuras queretanas es la columna que ahora se ve frente a la Alameda Hidalgo sosteniendo a Cristóbal Colón, en las afueras del horroroso edificio llamado Centro Cultural “Gómez Morín”. Esa columna de tamaño mayúsculo fue puesta en 1812 en la Plaza de Armas con motivo de la entrada en vigencia de la bendita Constitución de Cádiz, misma que estaba colocada en la cima, durando así hasta 1843 en que se sustituyó la constitución gaditana por una muy buena escultura del Marqués de la Villa del Villar. Como dicha escultura marquesina fue derribada por un cañonazo durante el Sitio de Querétaro de 1867, la columna lució vacía durante buen tiempo, hasta que fue llevada por órdenes del gobernador Francisco González de Cosío al costado poniente de la Alameda en 1894, ya con la estatua de Cristóbal Colón, en lo que hoy es Corregidora Sur. Su actual ubicación data de 1904.

Otra escultura peregrina es la dedicada al letrado Ezequiel Montes Ledesma, misma que fue colocada a mediados de los años ochenta en  las afueras de la casona Samaniego, que albergaba a los juzgados civiles en la esquina de Pasteur y 5 de Mayo, para colocarse finalmente en la Plaza Ignacio Mariano de Las Casas en 1989, frente a su contemporáneo José María Arteaga Magallanes, porque en dicha plaza confluyen las importantes arterias viales que llevan el nombre de los dos próceres: Ezequiel Montes y Arteaga. Estas obras son de la autoría del gran escultor Abraham González, cuando la estrella del gran padre del Conchero, Juan Velasco Perdomo, apenas nacía.

Columna de Colón en la calzada Colón en 1894

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