Luis Tamayo Pérez - Ecosofia

Tres prácticas simples para detener la pandemia sin afectar a la economía – Luis Tamayo Pérez

Como bien sabemos, México está entrando en la fase acelerada de la curva exponencial de infectados por el coronavirus.

Situación actual de la pandemia

 El viernes 27 de marzo pasado, la Secretaría de Salud anunció que en nuestro país teníamos ya 717 casos y 12 muertes causadas por la Covid-19 (o SARS-CoV-2) generada por el nuevo coronavirus. Como la cifra se duplicará cada tercer día, en muy poco tiempo la cantidad será impresionante. El lunes 30 los contagiados eran ya 1094 y se cuentan 28 fallecimientos.

El subsecretario Hugo López Gatell, en consecuencia, en su conferencia de prensa del sábado 28, urgió a la ciudadanía ya no sólo a que guardase la “sana distancia” sino a que se quede en casa. Y reiteró esa frase varias veces.

El problema es que, como lo sabemos bien, todos los mexicanos que viven al día simplemente no pueden seguir la normativa… aunque quieran. Otra parte de la ciudadanía, que forma parte del vergonzosamente inculto pueblo mexicano, y que sí podría seguir la indicación, no la seguirá simplemente porque no entiende, o no le interesa entender, la gravedad del asunto.

Sus razones son simples: “el nuevo virus tiene menos letalidad que la influenza estacional” y tienen cierta razón, pero aunque su tasa de letalidad es “pequeña” (menos del 2%), su enorme contagiosidad lo hace muy letal, pues si matase a solamente el 2% de los infectados y si sólo se infecta la mitad de los mexicanos –es decir, sólo 60 millones— ese “pequeño porcentaje” implicaría la muerte de ¡más de un millón de mexicanos!

En consecuencia, para cuando termine la semana de Pascua (19 de abril), en México habrá una enorme cantidad de infectados y casi 3 mil muertos en el mejor de los casos. El precario sistema de salud mexicano estará en ese entonces colapsado y la gente reclamará por un servicio que no le podrá ser otorgado. Eso generará encono social.

Además, como bien sabemos, desde la tercera semana de marzo comenzaron los saqueos en el país y, como la policía y el ejército tienen instrucciones de intervenir con suavidad, las tiendas más vulnerables cerrarán, las más poderosas establecerán controles militarizados y, como tal inseguridad ocasionará que, con el pasar de los meses, los grandes capitales emigren del país, se incrementará aún más la crisis económica (que se traducirá en una importante pérdida de empleos).

Pero ahí no se detendrá el problema. La exigua cantidad que está destinando el gobierno mexicano como apoyo a las PyMES y demás negocios pequeños, muchos de los cuales corresponden a los sectores más afectados (turismo, restaurantes, hoteles, comercio), se revelará insuficiente.

Como siempre, la crisis económica derivará en una crisis política (pues los más pobres, el núcleo duro de apoyo al presidente Andrés Manuel López Obrador, comenzará a desconfiar de sus luces, lo cual ya ocurre con otros sectores de la población).

AMLO, además, ha estimulado la división del país en dos estratos (ricos, conservadores y “malos” vs pobres y “buenos”, o en sus términos: fifís vs chairos), lo cual será caldo de cultivo de la peor degradación social pues el mayoritario y potencialmente terrible lumpenproletariado[1] forma parte del segundo grupo.

Es posible, también, que AMLO enferme. Sabemos bien que el presidente no se está cuidando correctamente y no se aprecia que quiera hacerlo. Desde el principio de la pandemia ha desoído incluso las indicaciones de los expertos de su propio gobierno. Nuestro presidente corresponde, además, al grupo de edad más vulnerable. Si algo le llegase a ocurrir, el país quedaría a la deriva, pues sus subordinados más cercanos no cuentan con el apoyo popular que él posee. Su falta generaría un enorme vacío de poder que desataría un conflicto de consecuencias inimaginables.

Como puede apreciarse, estamos ante un muy grave problema que, sin embargo, podría detenerse si se establecen una serie de medidas que, de tan obvias, casi me avergüenza proponerlas.

Tres medidas simples para detener la pandemia

 Conocemos bien las medidas recientemente recomendadas por la Secretaría de Salud a la ciudadanía: lavarse las manos con frecuencia, evitar reuniones multitudinarias y, sobre todo, quedarse en casa. Tales medidas son muy buenas, pero, como sabemos bien, la tercera no todos pueden seguirla, pues la frágil economía de buena parte de los mexicanos simplemente no se lo permite.

Afortunadamente esa dificultad puede paliarse añadiendo tres medidas simples al lavado de manos y el evitamiento de las reuniones multitudinarias:

Primera medida: esta es la más importante. Consiste en practicar la solución checa: usar cubrebocas –o babijo— siempre que se salga de casa. Yo se bien que el barbijo sólo sirve cuando la persona está infectada y su función consiste en detener las microgotas que se expulsan no sólo cuando se estornuda sino cuando se habla, pero como los niños y los jóvenes, los principales vectores del contagio, son asintomáticos, es decir, no se dan cuenta de que están transmitiendo el virus, si todos usamos el barbijo… ¡nadie podrá transmitir el virus!

El barbijo, además, puede ser no desechable sino fabricado de varios materiales y lavable, incluso puede tener diferentes diseños y colores. Sólo se debe tener cuidado en que posea un buen filtro de tela no tejida (es decir, de polipropileno, como la de los cubrebocas que se expenden o la de las bolsas reciclables de los supermercados).

Se pueden, además, encontrar muchos videos en youtube para aprender a hacerlos y es muy sencillo.[2] El cubrebocas, además, es un inhibidor de nuestra predisposición a tocarnos la cara.

Segunda medida: Esta sólo hace más eficiente a la primera. Como no se puede garantizar que los objetos de uso compartido no estén contaminados con el virus –perillas, sillas, mesas, etcétera— es menester que nos habituemos a usar la mano no dominante como “la mano para exteriores”. Sabemos que, si somos diestros, la derecha es la mano que habitualmente utilizamos para tocarnos el rostro. Si hacemos el esfuerzo de usar la mano no dominante para exteriores disminuiremos la posibilidad de llevar el virus de los objetos a nuestras mucosas (en ojos, nariz y boca).

Tercera medida: usar un pañuelo de tela y tenerlo siempre a la mano para tocarse la cara con él. Esta medida es sólo un complemento de la anterior. Si nos acostumbramos a usar un pañuelo de tela para tocarnos el rostro, lograremos detener la autoinfección. Ese pañuelo también puede ser lavable y con hermosos diseños.

Si se generalizan estas tres simples prácticas entre la población mexicana podremos detener la pandemia sin prácticamente afectar la economía, pues los mexicanos podríamos volver a la calle, al trabajo e incluso a comer en restaurantes (a condición, solamente, de volver a limpiar nosotros mismos los cubiertos con gel con alcohol al 70% y de no hablar durante la comida pues, como tendríamos que quitarnos el barbijo, podríamos contagiarnos con las microgotas que se lanzan al hablar, las cuales flotan en los espacios cerrados y mal ventilados durante decenas de minutos).

Si somos rigurosos en el empleo de estas medidas estaremos cuidando nuestra salud y la de todos. Y también la economía del país.

Luis Tamayo Pérez

 

 

[1] Recordemos, tal y como escribió Hannah Arendt, que el lumpenproletariado alemán, el “populacho”, fue el principal apoyo, ni más ni menos, del régimen totalitario de Adolf Hitler (Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 2007: 399ss).

[2] Va uno que es particularmente interesante: https://www.youtube.com/watch?v=zeK5HVeMnP0

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