Desde la UNAM

Falsedad en los tiempos-espacios del virus – Dr. Abdiel Hernández Mendoza

Crimen sin castigo: ¿Y quiénes defendían Haití?

La coyuntura mundial actual nos hace conscientes de la cantidad inmensa de información producida a diario. Miles de millones de paquetes de datos se manifiestan en cada mensaje que hacemos circular en las redes, mediante los dispositivos electrónicos de comunicación que tenemos a la mano. A partir de ello (re)producimos también nuevos conceptos y formas de comunicación. Así la palabra «virus» y sus derivaciones se comienzan a leer ya en contextos más amplios que el de sólo una enfermedad humana, la máquina también se infecta de virus que colapsan su sistema, la información se viraliza y con ello permea de manera intensa en el (in)consciente colectivo.

Así las cosas, la constante exposición a la información de quienes tenemos acceso a los datos y a las tecnologías de la información y comunicación (TIC) –hecho que nos aleja de la pobreza digital o por lo menos hace que fantasemos con alejarnos de una pobreza (económica, cultural, de conocimiento…)- expone un riesgo.

¿Cómo se hace para clasificar y/u ordenar ese tsunami de documentos sin caer en el error de compartir la falsedad en la inmediatez? ¿Por qué un título tan atractivo a las convicciones personales se vuelve suficiente para ignorar las fuentes e incluso al emisor?

Un primer elemento en este marco de análisis es identificar que la forma hegemónica de transmisión del mensaje dejó, desde principios del siglo pasado, de basarse en el binomio oral-oído; sin poner aparte que frases como «oí decir» o «vi un dato» son tan vigentes en nuestros días.

La permanencia de lo visual implica una necesidad de explicar de manera precisa lo que se percibe con los ojos. Las plataformas electrónicas permiten desarrollar apartados que garanticen la inclusión de personas ciegas a los contenidos ofertados, es decir, para explicarles el color morado. Hay un avance significativo en esto.

Las mismas plataformas-e sirven entonces como recursos para acceder a todo tipo de información, en ocasiones sin filtros que sirvan de apoyo y aval de lo ahí alojado.

Información-interés-ambigüedad forman un eje que otorga una libertad (¿libertinaje?) máxima a la interpretación de lo presentado, pero va más allá: permiten añadir información sin confirmarla.

Se vuelve entonces, para los dueños de los espacios virtuales, necesaria la existencia de un dispositivo de vigilancia de la información, mismo que la procese. He aquí la paradoja: ¿será así que los dueños dejan de ser humanos y no exista un sesgo en lo que se permite o no pasar? Esta reflexión lleva a autores que se especializan en el uso de las TIC a plantearse la conformación de un pacto social de la virtualidad, uno que tome en cuenta la complejidad de los elementos de cuidado-protección de lo personal que se encuentra ya digitalizado y que es susceptible de ser alcanzado.

En este sentido, la falsedad se transforma y utiliza otros medios, se viraliza-adapta-sobrevive, el tema es quién la utiliza y para qué. El anonimato se convierte en una estrategia de acompañamiento de ésta, pese a que los datos parecerían ser rastreables en el contexto de la revolución digital, no lo son del todo. El acceso a los códigos requiere de cierto tipo de lenguaje técnico que, no obstante la creciente tendencia de licenciaturas y conocimiento en ciencias de datos y afines, sigue siendo desconocido y renovado.

Una vez que la falsedad existe y es cargada a un sistema digital, se reinicia un proceso: el de su mercantilización. En ese preciso momento su capacidad de expansión no conoce límites, pasa de una situación interpersonal a ser incluso tema de seguridad nacional.

Pongamos un solo ejemplo: después de que la Unión Soviética colocara en órbita al Sputnik 1 en 1957, se rumoró en Estados Unidos que su acérrimo rival lo ocuparía para causar daños físicos tanto a su población como a su infraestructura, este tipo de notas son recurrentes en el vecino país del norte por lo menos hasta la «culpa» (sic.) de una posible experimentación biológica que originó el Covid-19 (rumor).

No es el único ejemplo. La historia de la humanidad está plagada de este tipo de acciones que se reproducen, pero que responden a diferentes motivos, algunos de ellos estudiados desde el siglo XIV por Ibn Jaldún, por mencionar a uno.

Así, la confianza en quien nos da la información, el suponer de forma errónea la verdad, la ignorancia de la relación entre los hechos y sus causas o el deseo (fantasía) de ganar favores (Al-Muqqadima, 1977), entre otras, no se superan en pleno siglo XXI, la falsedad se conserva en los diferentes tiempos y espacios.

En el ejercicio de la cotidianidad es más visible y peligroso, se trata de la vida humana como tal, ya se hacían advertencias sobre la “crisis civilizatoria” que padece la humanidad, misma que incluye el tema de los valores. En este caso valdría preguntarnos ¿por qué dar datos falsos en el caso de la salud? De nuevo el tiempo se encargará de darnos la respuesta; mientras, es imperativo para todos señalar los casos de rumores existentes desde su origen.

“La mayor felicidad es conocer la fuente de la infelicidad”.

Haití es un Estado ocupado por fuerzas armadas extranjeras encabezadas por el MINUSTAH. Ha padecido en los últimos 10 años gobiernos corruptos, cólera, dengue, un terremoto, constantes huracanes, pobreza extrema sistémica, pésimos sistemas de sanidad y ahora las consecuencias del Covid-19. Las recientes cifras mencionadas por la CEPAL son alarmantes para un país que tiene una elevada cantidad de personas inmunodeprimidas, por mencionar solo un aspecto.

Dr. Abdiel Hernández Mendoza

Profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Juriquilla

Universidad Nacional Autónoma de México

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