Andrea Sosa - Navegando entre Letras

¿Qué pasó en “La noche de las lágrimas”?, por Sebastián López – Andrea Sosa

En ‘Navegando en el abecedario’ nos acompaña Sebastián, que, además de considerarlo un gran amigo mío, es un joven lleno carisma, fortaleza, talento y creatividad, que el día de hoy nos comparte una historia deslumbrante; tómense el tiempo de disfrutarlo tanto como yo lo hice.

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Andrea Sosa

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¿Qué pasó en “La noche de las lágrimas”?

Aquella noche no había tenido un buen sueño, no sabía si era por el curso detenido de mi investigación sobre la cultura de los Marakaida, o la jarra de cerveza negra y pesada de aquella noche.

Pasé los dedos sobre mi brillante armadura que descansaba en la silla, buscando marcas de óxido. Me vestí en ella de la cabeza a los pies, para cabalgar un día más, hasta la ciudad de los Marakaida.

Tantos años de luchas y viajes como mercenario, me han inspirado a escribir una pequeña obra sobre la extraña cultura que llegó hace treinta años a este país. Recuerdo lo que nos contaban las nodrizas de “La noche de las lágrimas”; siempre quise saber más de aquel día y por fin tengo la oportunidad.

Mientras mantenía al caballo a paso lento, me alejaba del pueblo y anotaba en este mismo cuaderno, lo que sabía de los Marakaida: su historia y sus orígenes; la llegada de ellos por barco, debido a una guerra de la cual no había muchos detalles. Más de doscientos mil refugiados Marakies, llegaron a las costas, y fueron masacrados por mercenarios. Pero varios escaparon hacia las montañas de Ofiria; nadie va a esas montañas, pues se cree que están malditas, por pura superstición. Pero ahí, bajo constantes ataques del rey Constantino IV, ellos construyeron su nación amurallada, por lo que no había maldición alguna.

Llegué a las puertas de Nueva Marakaida al anochecer. Los guardias, vestidos con cotas de malla doradas y kaftanes azules, eran hombres jóvenes, apenas reconocibles a través de la máscara de sus yelmos. Me pidieron dejar mi espada, y les dije que quería hablar con su rey; que mis propósitos eran más que pacíficos.

Esperé un par de horas y el soberano me recibió en una sala amplia, con una decoración modesta de piedra gris y arcilla azul; columnas de piedra rojas, con banderines y estandartes de todos los colores. La sala era tan amplia, que el crujir de mi armadura lograba un tenue eco al caminar.

—Así que quiere información para un libro —dijo el rey, quien estaba incrédulo y dudoso, al ver a un hombre armado para la guerra.

—Le aseguro que no quiero ningún problema. Sólo estoy investigando su historia.

Al fondo de la sala, vestido con ropas rojizas brocadas en oro, su piel morena y barba larga, el rey meditó un segundo y soltó una fuerte carcajada que hizo eco en la sala.

—No pretendía ser gracioso —me puse algo nervioso al escuchar una risa tan sonora como la de aquél.

—Para nada —el rey tomó aire y dijo en una voz alegre y sonora— tantos libros que se han escrito de nosotros, llenos de prejuicios y algunos de odio o culpas de las desgracias del mundo… ¡Estoy feliz! Feliz de que alguien por fin se de el tiempo de preguntarnos quiénes somos. ¿Eres un caballero? Por tu armadura diría que sí.

—Un caballero errante diría yo. Busco ahora mi retiro hacia mi castillo, pero quiero una última aventura que narrar a mis hijos y a mis nietos. Y al resto de la gente.

—Eso te lo puedo ofrecer sin duda. Acompáñame a la terraza. ¡Señores, sírvanos té y traigan algo de comer!¡Lo que sea! Pero sabroso.

Me llevó el rey hacia una terraza donde podía ver la ciudad iluminada en su esplendor; tan llena de vida y paz. Gente hermosa y amable caminando por los mercados y callejones impecables de la ciudad. En un momento, sirvientes vestidos con estrafalarias ropas de colores, traían bandejas con sándwiches de atún de un sabor picante y especiado; galletas dulces y saladas, acompañadas con una amplia selección de quesos cremosos; jarras con vinos, té y café.

Me serví en un plato un poco de todo; me deleitaba el paladar con delicias paradisiacas y le daba sorbos al te de hierbas para pasarlo todo.

—¿Qué es lo que deseas saber? —pregunto el soberano, mientras mascaba una galleta y tomaba un sorbo de café.

—Quiero saber todo, su guerra en su antigua nación, su llegada aquí; la construcción de su ciudad. Hace treinta años llegaron aquí y ciertamente hay mucho por contar.

—Sí, comenzaré por el principio —el tono alegre del rey pasó a ser uno nostálgico, y su voz temblaba. Enseguida le llegaron recuerdos turbios, que habían sido enterrados en lo más profundo de memoria.

—Hace treinta años había una guerra en nuestra antigua nación. Claro, tenía ya un tiempo, pero el imperio que nos atacó con sus máquinas de guerra, nunca supimos su nombre. Carros de hierro enormes con bombardas pequeñas, capaces de hacer un gran daño a las murallas, y moverse tan rápido como un caballo.

Ese día el rey se explayó. Yo sólo pude escuchar y anotar en mi cuadernillo todos y cada uno de los detalles de la guerra contra el imperio misterioso. El rey hablaba de colosales hombres de hierro con enormes ballestas que disparaban flechas de plomo continuamente. Extrañas aves de metal que hacían un ruido ensordecedor; en sus barrigas decían que llevaban hombres; soldados que ya no usaban armaduras, sino opacos uniformes grises, ligeros y resistentes. Conquistaron la nación en cuestión de pocas semanas.

Contó que, al huir hacia el sur, hacia mi nación, perdieron la mitad de los barcos con el mar embravecido; más de 500 mil Marakies hundidos en el océano.

—De más de 700 mil Marakies llegamos sólo 200 mil…

—Continúe, no se detenga.

—Después sucedió. Una compañía de mercenarios nos esperaba en la costa… claramente estaban bien armados: catapultas, cañones, caballos. Todos listos para la guerra.

En ese entonces, los pocos guerreros que teníamos ofrecieron resistencia. Yo incluido. Nos abrimos paso ante las unidades de infantería, hambrientos y exhaustos.

Bajamos a todos de los barcos, y les cubrimos una ruta de escape. No podíamos quedarnos a pelear, sería nuestro fin. Desgraciadamente capturaron a muchos de los nuestros y los hicieron esclavos. Al final subimos todo lo que pudimos a las carretas y a los caballos, yo mismo cargué a varios niños llorando por sus padres y, tiempo después, ellos pidieron unirse a mis filas.

El rey comenzó a hablar con voz muy temblorosa, y una lágrima cayó de sus ojos.

—Podemos continuar mañana si le parece.

—¡No! Tienes que saberlo todo.

—Prosigue entonces —el rey se acomodó en su silla, y calmadamente añadió a la historia:

—Llegamos a las montañas de Ofiria, poco después nos enteramos de que no se frecuentaban mucho, básicamente, nada que no sepas ya. Le perdieron el miedo cuando nos vieron llegar, pero mi padre en aquel entonces dijo: “De estas rocas, de estas montañas nacerá nuestra nueva nación” y así fue que construimos nuestro país fortificado.

Aquella noche, el rey me contó cosas interesantes de su cultura, todos sus avances en treinta años, y los conocimientos que habían traído de su nación. Aprendí cosas como su peculiar manera de cosechar en el propio hielo, arovechando el uso de plantas comestibles que crecen con el frío, clima común en las montañas de Ofiria. Supe de su jerarquía de gobierno, basado en pergaminos, mucho más antiguos que el propio concepto de la monarquía. La elección de líderes por el pueblo y no por la sangre. Me mostró los conocimientos matemáticos para construir enormes estructuras con pocos materiales. Conocimientos de filosofía y su religión agnóstica, en que creían en una deidad, que no tenía nombre y en su posible existencia.

Tras esa noche, el rey me ofreció quedarme un poco más. Pensaba yo que mi estadía en Marakaida iba a ser corta, pero se aplazó cerca de un mes.

Viví en el palacio del rey, disfruté de la comida especiada y hablé con los locales; aprendí su idioma y me enseñaron sus conocimientos. El rey me habló de los esclavos liberados durante las revueltas Marakies, una vez se hicieron fuertes, me habló de los terribles asedios del rey Constantino IV a su ciudad, asedios tan heroicamente contados por los bardos de mi país, pero contados como terribles tragedias por los Marakies.

Pero a pesar de todo, el pueblo Maraki sigue en pie y lo estará por mucho tiempo.

Llegó el momento de decir adiós a tan maravillosas costumbres, tan hermosas y amables personas, y que estas notas, queden como evidencia… los Marakies están aquí para quedarse, y no le desean el mal a nadie. Que los bardos escuchen mis palabras y que hagan canciones de las hazañas en combate de este pueblo, que les hagan ver que se han protegido, y que han sobrevivido a un mal mucho peor, que desconozco si llegará a estas tierras, pero el rey Maraki lo ve posible, y que lo mejor es prepararnos.

Que se vea en este diario la introducción a una era de unión, apertura y respeto para todos.

¡Unidos al mal venceremos!

Ya en la puerta, el soberano me acompañó a caballo fuera de la ciudad; con su escolta de los niños, ahora mayores que había salvado aquella noche fatídica.

—Te deseo suerte con tu escrito, amigo, la gente es algo prejuiciosa, por lo que tendrás dificultades.

—Lo sé, pero esto cambiará las cosa. Fue un placer, su majestad. Debo volver.

—Llámame Rhanir.

—Muy bien, Rhanir… te entregaré personalmente una copia cuando esté listo.

—La esperaré con mucho gusto. Hasta entonces —me extendió la mano—, vive libre.

Yo la aceptó con gusto —Reina bien.

Tras eso, regresé a mi hogar, y contraté varios bardos y cirqueros que recrearan las hazañas de los Marakies. La voz se corrió del libro, hasta llegar a los oídos de Constantino y este firmó un decreto de paz. Y Rhanir recibió mi copia con un abrazo. Sabiendo que había cumplido mi palabra.

Sebastian López Flores

 

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