Arturo Maximiliano - Caleidoscopio

Denle el balón al que sabe – Arturo Maximiliano

Hace unos veinte años una persona con interés en incursionar en la política, pero marcadamente más de vivir del erario, me preguntó cuál era la posición más importante en el organigrama de la presidencia municipal. Entendiendo que lo que buscaba era pedir el puesto de mayor influencia en la administración y le contesté: depende del jefe.

Mi respuesta no fue lo que éste esperaba. Necesitaba que le dijera un cargo concreto: el secretario del ayuntamiento, el particular, el de finanzas, o cualquier otro para ahí apuntar sus baterías. Pero si hoy me preguntaran otra vez me sostendría en mi respuesta.

En el gusto por analizar la política y a los políticos he podido observar que los puestos importan obviamente por sus facultades legales, pero a veces más por las que se les dan de facto, así como por la confianza personal para compartir información y sobre todo para encargar soluciones en los momentos complejos o en las tareas determinantes para una administración.

Lo normal quizá es que fueran los secretarios del ayuntamiento, gobierno o gobernación, pensando en los tres órdenes de gobierno, pero no necesariamente lo han sido. He visto gobernadores que descansan su confianza y guía en los temas de estado en su secretario de turismo o su coordinador de comunicación social, por mencionar algunos ejemplos. Algún gobernador me confesaba que él prefería un gabinete de mediocres en su generalidad, pero sin otra alternativa que la de enfocarse en su trabajo, sin distractores de una carrera política o incluso profesional que construir para el futuro.

En el caso de los presidentes de la República podemos recordar a Carlos Salinas y su poderoso jefe de oficina José Córdoba Montoya; Ernesto Zedillo y la influencia que ejerció su particular, un hombre sin duda brillante como Liébano Sáenz; Vicente Fox que gobernó con Martha Sahagún, Felipe Calderón y Juan Camilo Mouriño, que desde cualquier posición, jefe de oficina o en gobernación fue su mano derecha y ejerció un poder total en varias secretarías; o Enrique Peña Nieto y su alter ego Luis Videgaray, aún en el año que dejó de ocupar cargo.

El cargo de jefatura de gabinete parecía una especie de respuesta a quién mandaba o coordinaba, pero este cargo se empezó a tergiversar en sus funciones, siendo que de entrada muchos confundieron la figura de la jefatura de oficina con la de gabinete, a lo que luego habría otra lucha, hacer que los secretarios le hicieran caso al “jefe” sin la instrucción precisa e inflexible del titular de gobierno municipal, estatal o federal.

En el actual gobierno federal, sin tanto trámite o sin mediar decreto alguno se consolida la figura de Marcelo Ebrard como la mano derecha, que suple grandes ausencias de quienes, sin un bagaje o experiencia en gobernar, quedan rebasados por la realidad, por la dinámica de administrar y sus crisis. Sin duda hay quienes brillan con luz propia, tampoco abundan, pero la historia de Ebrard al lado del presidente tiene un elemento adicional: lealtad probada.

El hoy canciller cuenta con una trayectoria difícil de encontrar no sólo en la 4T, sino en el resto de la actual clase política mexicana. Políglota, dirigente partidista, legislador, secretario de gobierno, de seguridad y de desarrollo social en la capital de la república donde luego fue jefe de gobierno el sexenio completo, subsecretario federal hace algunos sexenios y hoy secretario.

“Denle el balón al que sabe”, decía un entrenador de futbol. En los momentos que se viven no se requiere un «todólogo», sino un experto en temas públicos que pueda fungir como coordinador de gabinete en momentos de crisis. Parece que esa es la función que le pasaron a Ebrard que le puede generar medallas, pero sin duda es una enorme responsabilidad sobre sus espaldas. Por lo pronto pareciera que el consenso es que el balón está en los pies adecuados.

@AMaximilianoGP

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