Julio Figueroa - Vistas

Fonseca, garganta profunda – Julio Figueroa

Fonseca brutal.

No más brutal que la realidad latinoamericana.

La realidad criminal es infinitamente peor en Brasil, Colombia, Centroamérica, México.

El narrador sólo inventa historias y personajes sobre escenarios y situaciones vitales crueles, miserables y opulentas, no discrimina ni divide al mundo en dos, sin dientes y perfumados van revueltos.

Y eso que no aborda el mundo del narco de lleno.

Sólo los muertos por encargo sin decir de quién ni por qué. Arriba y abajo, siempre hay encargos de los que pagan y no se atreven a hacer las cosas por sí mismos.

Fonseca pornográfico.

Ilumina los bajos fondos humanos, los sótanos del poder, las habitaciones de la alta sociedad.

Levanta las piedras, descorre las cortinas de la mente, desviste la triple moral (pública, privada e íntima; en la casa, en la vida social y en el trabajo), pone el ojo en las buenas conciencias manchadas de mierda.

Fonseca grosero.

El mundo no es de terciopelo azul.

La vida y el trabajo son sucios, mugrosos, apestosos.

Fonseca vulgar.

Es un erudito de las palabras y sabe latín.

Fonseca punzocortante y corrosivo.

Es su oficio: cortar, picar, incomodar, herir, joder, follar, matar.

No es un escritor mágico, exótico y maravilloso. No escribe literatura rosa y moral. Su realismo no es fantástico sino grosero.

“Pocas plumas pueden incomodar tanto como la suya en días tan oscuros” en nuestra América, de Tierra del Fuego al río Bravo.

Nuestros políticos son una mierda y los criminales, no pocas veces coludidos con el poder político y económico, son el complemento, no pueden quedarse atrás. Política e intereses y crimen.

Con el bisturí del “ritmo fonsequiano”, brutal y punzocortante.

Sus personajes siempre están matando y follando, como en Hemingway siempre están bebiendo un trago y yendo de pesca.

Fonseca, “un ritmo de grueso calibre” e “intestino grueso”. Una garganta profunda. Sin eufemismos. Realismo perverso y sangriento.

Fonseca censurado en los años 70 y ahora en los 2000.

¿Los que censuran la literatura pueden censurar y suprimir la realidad brutal? El mal no está en las palabras sino en la realidad escabrosa.

Claro que pueden y fingen no verla y vivir en un mundo maravilloso.

Fonseca no castiga a los malvados, a los infractores de la ley, hace apología del crimen.

En nuestras tierras, el noventa y tantos por ciento de los crímenes no son castigados y los malosos andan sueltos e impunes.

El escritor no es la procuraduría de justicia.

Fonseca edificante.

Tampoco es la secretaría de educación, cultura y bienestar social.

Fonseca, un grito y un aullido en la literatura.

Desde que leí “El cobrador” y “Feliz año nuevo” pienso en él muy seguido, y he visto muchos cobradores en las calles, los periódicos, las noticias, la televisión, en la realidad social, en la historia y en la vida.

Como la famosa vaca de Fonseca, “Relato de acontecimiento”, en que un autobús de turistas choca con una vaca y se precipita al vacío, y los lugareños corren a destazar la vaca para llevarse un pedazo a su casa y no se ocupan para nada de los turistas muertos y heridos. En la prensa leí otro suceso real semejante. La vaca aérea vietnamita. El 3 de septiembre de 1997 leí la noticia: cae un avión vietnamita, y la gente acude al lugar a robarse todo, no auxilia a las víctimas. Limpia las pertenencias.

Pocos años después leí otra noticia nacional que recuerda a los cobradores de “Feliz año nuevo”. En la iglesita de Chimalistac, detrás de las librerías Gandhi y Fondo de Cultura Económica en Miguel Ángel de Quevedo, en México, en la placita dedicada al autor de “Santa”, Federico Gamboa, frente a la casa de Elena Poniatowska, un sábado por la noche en que se celebraba una boda de la alta sociedad, llegaron los malosos y encerraron a todos en la iglesia y los desvalijaron de todas sus pertenencias, y se fueron sin dejar rastro.

Por brutal que sea toda literatura, la realidad siempre es más atroz.

Y de los “paseos nocturnos” de los juniors mejor ni hablamos.

Menos de los crímenes del poder, inconfesables.

Ni las trácalas y las corrupciones sin fin, arriba, abajo y en medio.

Todavía estoy esperando la película explosiva con los relatos, personajes e historias de Fonseca de “Feliz año nuevo”, “El cobrador” y otros sucesos y detectives, como Mandrake.

Su literatura no es suavecita porque la realidad social que observa y recrea no es suavecita, sino culera, brutal, explosiva, trágica.

Fonseca lector y escritor y detective.

También puede ser melancólico sin endulzar la realidad, que siempre es corrosiva, pura saudade. Y sabe jugar y ser hedonista. Conoce la psicología íntima y las fantasías femeninas: “Ella y otras mujeres”.

Igual tiene personajes escritores que reflexionan sobre el arte literario.

Lector empedernido. Leer es ver lo ancho y hondo del mundo ya ordenado. Escribir es ordenar el caos, ver es ordenar el desorden, montar otra realidad sobre esta realidad. Escribir y leer es crear un espacio donde vivimos, amamos, soñamos, deliramos, peleamos y morimos.

Con más contradicciones que coherencia, más defectos que virtudes.

Del último Fonseca: «Carne cruda», 2018:

“Llevé los cuerpos adentro de la casa y comí la carne dos días. La carne de perro es deliciosa, pero la del ser humano, hombre, mujer, niño, más todavía. Sé de eso porque, últimamente, es la única carne que como. Cruda, es claro…”. Puro realismo transparente y sin tapujos.

Fonseca y las palabras: “Nada debemos temer / Excepto las palabras”.

“Yo sólo invento las palabras, las perversiones y los crímenes allí han estado siempre”.

Yo también me he paseado con sus libros por la ciudad, México y Querétaro, Guadalajara y Ciudad Obregón, Barcelona y Premiá de Mar.

Por supuesto Fonseca no es para señoritas ni boy scouts. Es para gargantas profundas e intestinos gruesos.

¿Sirve escribir? Siempre sirve.

La vida es un vacío que es preciso llenar todos los días como se pueda. La puerta está abierta. Pero no hay calle, no hay entrada, no hay salida. No hay puerta. Escribir puede ser inútil pero hay que hacerlo para llenar el mundo de contenido. Aunque sea inútil. La vida es un vacío que hay que llenar como se pueda. Las palabras dan ánimo y son un aspa que nos defiende.

Se puede vivir y dormir con tantos muertos en la conciencia. Aunque sean ficticios. ¿Se puede vivir habiendo matado a tantos?

No sé, también se folló a chingos de mujeres hermosas. Y las mujeres en sus relatos no son simples objetos y tontas. Son cabronas, inteligentes y chingonas. Capaces también de matar y follar en libertad. Pero habría que preguntarle a Fonseca.

Sólo que Rubem ya está muerto, piró a los 94 años, un mes antes de cumplir 95.

Fonseca no es un personaje, es una obra creadora de personajes.

El cobrador en otra etapa: “Adiós machete, adiós puñal, adiós mi rifle, mi Colt Cobra, mi Magnum… Hoy usaré explosivos, reventaré a la gente… ya no seré el loco de la Magnum.” El cobrador no es un revolucionario ni un hombre rebelde, es un sublevado de la puta sociedad en que vive.

Nada hay que temer, excepto las palabras, las benditas y malditas palabras. Las palabras no son los hechos, sólo nombran las cosas.

¿De qué tienen miedo? ¿De las palabras o de los hechos, arriba, abajo y en medio?

La ambigüedad se pasea entre el bien y el mal, y es más difícil hacer lo primero que lo segundo, “Historias de amor”.

Ay nanita… Su primera novela, 1973, confiscada…

 

Julio Figueroa

[email protected]

@JulioRolling

 

 

 

 

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