Andrea Sosa - Navegando entre Letras

Sazón de mamá, por Alejandra Carreño Perea – Andrea Sosa

A próximas semanas de cerrar la subsección de ‘Navegando en el abecedario’, se presenta Alejandra Carreño Perea, quien se describe como “soñadora de pies descalzos y creadora de historias aromáticas.” Es licenciada en Comunicación y medios digitales por el Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. Ha realizado diversas aportaciones en cortometrajes independientes queretanos como continuista y guionista. Fue segundo asistente de dirección en el largometraje Flaca en 2019 y directora y guionista en el cortometraje Tanto arroz para tan poco pollo en 2017 con actuaciones de Ofelia Medina y Luz Zavala.

Actualmente dirige el área de logística de grupos estudiantiles en la universidad del Tecnológico de Monterrey y es maestra de nivel preparatoria con la materia “Expresión y arte digital”. El día de hoy nos comparte una obra llena de nostalgia y emociones, con un toque de originalidad y belleza que a más de uno le encantará.

Andrea Sosa

 

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Sazón de mamá

Sentía la piel chiclosa y sudor entre mis senos por el calor de abril mezclado con el fuego de la estufa. No era una gran idea hacer un postre bajo esas condiciones, pero tenía mucho antojo de algo dulce. Podía saciar mi ansiedad en menos de diez minutos si iba a la tienda a comprar un chocolate o galletas, pero quería ser parte de este proceso, quería sentir que yo había creado aquello que me generaría tanto placer.

Usé la olla especial de mamá, la que según ella era capaz de realizar cualquier guiso sin que se quemara o batiera. Me sorprendió que me la prestara, porque me creía la más estúpida de sus hijas, y aquella olla sería la herencia para la primera que se casara. La verdad, yo estaba lejos de lograrlo. Con los ingredientes al fuego, usé una cuchara de madera para tocar el fondo de la olla y asegurarme de que la leche aún no se había pegado. Comenzó a subir el vapor. Cada vez era más fuerte el olor a canela que emitía el postre, que estaba a punto de hervir. Abrí la alacena y saqué una vieja botella de vino. Sabía a vinagre, pero no importaba, aún así lo bebería: el alcohol siempre me ayudaba a acelerar el tiempo, y deseaba que tardes como esta fueran breves.

Alejandra Carreño

Cuando bajaba poco a poco la flama de la estufa, comencé a recordar las tardes en su cocina. «Cuida la forma, tiene que ser en ese, como si hicieras ochos, si no, se te va a batir… Ah, te dije, ya se te batió. A ver, quítate», decía mamá mientras vaciaba el contenido al basurero porque había arruinado el postre. Sin apartar la vista del arroz con leche que estaba cocinando y tomando directo de la botella de vino, sus palabras cada vez se hacían más fuertes. Recordé que no sólo era en la cocina, también era con mi forma de hablar, mis gustos, mi profesión, mis proyectos; con la forma de mi cuerpo, con mi seguridad. Sabía que podía crear nuevas reglas, mis reglas, porque ella no estaba a mi lado, pero no quería arruinar un guiso.

Algo mareada, tomé un trapo para destapar la olla y me di cuenta de que ya estaba listo el arroz. Apagué el fuego y, sin poder controlarlo, corrí al baño a vomitar. Me lavé la boca con agua del fregadero y, mientras me secaba las manos, miré al espejo. Ahí estaban: sus arrugas en mi frente, la forma de sus ojeras, sus labios partidos, su asqueroso lunar en el centro de mi cuello; ya no podía aguantarlo, corrí a la cocina y tomé la olla con ambas manos para colocarla en la mesa. Sentí de inmediato el calor y por reacción la solté. Se rompió. Me senté en el suelo y con la cuchara de madera comencé a separar los vidrios para comer un poco de arroz. Mi lengua se quemó con el primer bocado y, al sentir el exceso de canela, lo escupí. Comencé a toser. De inmediato tomé la cuchara y, mientras movía el arroz con leche en el suelo, ví que se me había batido. Solté la cuchara y sentí el arroz con las manos. Puse un poco en la palma y con mis dedos sentí los granos de arroz duro y una masa aguada con una consistencia asquerosa. Me quedé un momento inmóvil contemplando lo que había hecho y sonreí.

Alejandra Carreño

 

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