Desde la UNAM

Covid-19, medio ambiente y física-matemática – Dr. Iván Santamaría Holek

En tiempos pasados se tenía una impresión de la existencia humana en la que la naturaleza y la cultura se encontraban en reinos diferentes. El renacimiento, esa época en la que la creación de la nueva ciencia, cuantitativa y experimental, en conjunto con las ideas religiosas fuertemente arraigadas en occidente, potenció la idea de que el hombre era un animal superior al resto de las cosas existentes en el planeta, creó en el imaginario humano la imagen de que la cultura cabalgaba sobre el lomo de la naturaleza, cual experimentado jinete que lleva a su caballo, con agilidad sin par, a través de los acantilados del destino.

Año con año, comprendemos mejor que esa imagen es falsa. Es probable que tuviera su origen en la euforia que producen los grandes descubrimientos: el mundo sintonizado con la armonía de la leyes naturales y su posible representación en un lenguaje de conceptos y reglas escasas y estrictas: la ciencia natural. Nuestro conocimiento nos llevaba directamente al Olimpo, como modernos prometeos.

Recordemos que actualmente nuestra respuesta a la pandemia se hace en términos de modelos matemáticos que buscan predecir la evolución de las infecciones, tanto local como globalmente, y se hacen estudios biomédicos en pos de crear una vacuna que nos inmunice.

Pero la situación actual desmiente esa imagen. Orgullosas y pujantes sociedades, con todo y su mundo (meta)físico, han sido sometidas por una entidad minúscula, nanoscópica: un virus. ¿A nosotros, seres que fabricamos armas atómicas y planeamos viajes interestelares? Sí, a nosotros. Tamaña ironía.

Sugiero que la falsa percepción y el error de juicio se deben y se mantienen por la ambición desmesurada. La pandemia actual y algunas de las últimas epidemias contemporáneas son una manifestación de la crisis ambiental de nuestro planeta, igual que el calentamiento global o la reducción del agua freática o la contaminación de los suelos. La constante invasión de hábitats, el desmesurado consumo de energía y la toma de decisiones equivocadas, basadas, precisamente en percepciones falaces y en juicios erróneos sobre la preeminencia de cultura y sus productos y subproductos, conducen la dinámica  de la vida HUMANA en el planeta a un síncope, a un paro cardiaco de nuestra existencia.

Hace poco más de un año vivimos una crisis similar relacionada con la escasez de combustible, aunque a una escala diminuta, local, debido a acciones fundamentadas en razones y proyecciones meramente sociales y económicas. En aquellos días la vida social y laboral también se vio afectada drásticamente por la escasez de combustible. La incredulidad, el enojo, la desesperación y la frustración emergieron, como era de esperarse.

En los días que corren nos enfrentamos a una amenaza más grave que incluye, a una escala global, a la mini crisis que vivimos hace un año. Silencioso, escurridizo y pegajoso, si se me permite decirlo así, el nuevo virus se ha propagado por el mundo entero en un tiempo muy corto (compárelo el lector con la historia de la palabra escrita, por ejemplo). Ese mismo tiempo ha sido suficiente, según se refiere en los diarios, para crear una debacle económica. ¿La solución es volver al mismo punto que antes? ¿Al petróleo, el carbón y las acciones?

Creo que es tiempo de reflexionar seriamente en nuestra forma de vida. Es momento de distinguir con claridad lo que es el esfuerzo por la supervivencia de la ambición desmedida. Es momento de tomar conciencia, de reorganizarnos. El virus que nos asedia nos está dando una lección, nos presenta un cuestionamiento serio respecto a nuestras creencias sobre la globalización sin freno, sobre el crecimiento económico como objetivo preeminente de nuestras sociedades, sobre nuestra particular forma de vida. ¡Organícense! (sic)- clamaba el valedor Tomás los domingos por la mañana- ¡Organícense! (sic).

En los años 80, el químico y Premio Nobel Jean Marie Lehn, opinó que la humanidad no era esencial a la evolución del universo. Decía aquello en relación con una posible conflagración mundial con armas atómicas. Está claro que su opinión pervive y es perfectamente aplicable a la situación actual y, muy probablemente, a otras en un futuro no muy lejano. La vida seguirá con nosotros o sin nosotros, la evolución no nos necesita, somos prescindibles.

El encierro que vivimos y las muertes humanas que ha ocasionado el coronavirus lo hemos causado nosotros mismos por el impacto que hemos tenido en el medio ambiente, por nuestra transgresión de hábitats y de formas de vida. Sociedad y naturaleza son parte de uno y sólo un meta-organismo vivo: el planeta tierra. Y como todos los organismos vivos, es probable que para sobrevivir el planeta tenga mecanismos que le ayuden a eliminar los patógenos que afectan su evolución armoniosa. Si lo consiguiera, el próximo abril el río Extoraz escurriría murmurante y fresco por entre las montañas de la Sierra Gorda y las jacarandasllevarían un mes sin dejar de florecer. Sola belleza.

Dr. Iván Santamaría Holek

Investigador de la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación

Facultad de Ciencias de la UNAM, Campus Juriquilla

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