Gerardo Aguilar - A ojo de pájaro

Crónicas Ticas (V) | En pos de la Serpiente Emplumada – Gerardo Aguilar

San Gerardo de Dota, Costa Rica. Diciembre 27 2019, 5:20 am, a 2 mil 600 metros de altitud. Hacía frío y era noche cerrada. Salimos de nuestra cabaña y vimos una sola figura humana recargada sobre una camioneta SUV. Se trataba de Michael Granados, nuestro guía para el día. Más alerta y sonriente que nosotros, se acercó y dijo: “¿Don Gerardo?”. Después de saludos y presentaciones nos informó nuestro itinerario: “Primero vamos a ir en dirección Cartago, por el quetzal, hay dos o tres lugares posibles para verlo, incluyendo el Parque Nacional. Ya que lo encontremos, vendremos de regreso a varios lugares de San Gerardo, para ver otras endémicas y especialidades de la región”.

Me alarmó un poco su alto nivel de confianza en encontrar y ver al quetzal. No me considero supersticioso, pero una cosa que he aprendido es a respetar la incertidumbre acerca de la posibilidad de avisar una especie en particular. Cuando yo llevo a alguien a buscar específicamente un ave, siempre digo “esperamos encontrarla” o “es frecuente en ese lugar”, sin asegurar el avistamiento. Por otro lado, en varias ocasiones que un guía me ha asegurado que encontraremos un ave, ha resultado que “el invitado no llega” y nos quedamos con las manos vacías. Así que esa seguridad de Michael no me dejaba muy tranquilo. El quetzal era la especie más deseada del viaje, a pesar de que había otras muy importantes y algunas de ellas ya las habíamos visto. Fue entonces que me di cuenta de que estaba nervioso y expectante porque se acercaba la hora de la verdad: ¿Se dejaría ver el quetzal resplandeciente? ¿Se dejaría fotografiar? Las curvas y pendientes de la carretera de San Gerardo, me sacaron bruscamente de mis cavilaciones y también me di cuenta que la negra noche palidecía y comenzaba a amanecer en el hermoso bosque que nos rodeaba. Agradecí que ese día no me tocaría manejar, me puse optimista y me dije: “¡Vamos con todo, sí lo vamos a ver y a fotografiar!

Los quetzales se encuentran con mayor facilidad fuera de la zona de San Gerardo de Dota, por lo que hay que subir de regreso hacia la carretera Interamericana, como si se estuviera regresando a San José. Pasamos frente al Parque Nacional de los Quetzales, pero no nos detuvimos ahí. La zona donde buscaríamos inicialmente al quetzal estaba unos kilómetros más adelante en el área del Parque Nacional Tapantí. El altímetro de mi reloj marcaba 3<060 msnm, mientras que San Gerardo está aproximadamente a 2 mil 600 metros. Íbamos tras un grupo de quetzales que se ubica en un conjunto de fincas, yendo de un predio a otro en el proceso. Intentamos en dos fincas, sin resultados, pero en la tercera, el propietario nos indicó que las aves estaban ahí. Toda el área está cubierta por bosques de montaña, pero los quetzales normalmente están en los árboles de aguacatillo, cuya fruta constituye su alimento favorito, aunque también comen insectos, larvas y pequeños reptiles.

La experiencia del avistamiento del quetzal, ya visto en retrospectiva, fue como si nos lo hubieran dosificado, puesto que el primer ejemplar que vimos fue una hembra, que es hermosa y fue una gran emoción verla. En la siguiente foto se puede apreciar (así como en la portada) el marco espectacular que representan para el quetzal los árboles de aguacatillo: enormes, frondosos y llenos de bromelias, heno y otras especies que habitan en ellos.

Al ver la cola corta y los colores menos brillantes, preguntamos a nuestro guía, que nos confirmó que era un quetzal hembra (en la zona también hay trogones, con los que están emparentados). De esta manera, el LIFER de quetzal resplandeciente o mesoamericano (Pharomachrus moccino) se había consumado y aparte, ¡con fotografía! Una sensación de “misión cumplida” nos invadió y nos motivó para ir en busca del macho.

Unos metros más adelante, en otro árbol de aguacatillo lleno de bromelias, pudimos ver los increíbles destellos iridiscentes del plumaje de un macho. Empezaba la “hora dorada” del sol matinal, que con tonos cálidos e ideal contraste, embellece casi todo lo que toca. La cabeza del quetzal, según la moviera, cambiaba sus destellos del azul, al verde y al dorado. Siguiendo hacia abajo por el cuerpo del ave. A pesar de que el macho estaba relativamente cerca y en buena posición, no se veía completo, puesto que las largas plumas de la cola eran tapadas por ramas más bajas del árbol donde estaba perchado, permitiendo que se viera aproximadamente la mitad de su cola.

Finalmente, unos minutos después, vimos otro macho, que estaba en una de las ramas más bajas de un tercer árbol, por lo que pudimos ver su impresionante cola completa. Habíamos recibido el impacto visual dosificado: primero la hembra, después una vista parcial del macho y finalmente todo el animal, pero aún así la emoción del avistamiento fue desbordante. Había visto fotos del quetzal muchas veces, pero la experiencia en vivo es difícil de transmitir: los hermosos colores del ave, además de ser brillantes, son iridiscentes, así que las plumas de la cola simplemente requieren de una pequeña brisa para emitir destellos azules, verdes, dorados, de manera caprichosa. Otro detalle que me sorprendió, fue la proporción entre el tamaño de las plumas de la cola del ave y el resto de su cuerpo. Yo pensaba que era de 2 a 1, pero en realidad es de 3 a 1, porque las plumas miden más de un metro de largo y el cuerpo sólo 35 centímetros. Por lo anterior, no es fácil lograr una fotografía en la que el quetzal se vea completo, pero al mismo tiempo, que no se vea demasiado pequeño el pájaro en sí.

Toda esa belleza del quetzal se convierte en una explosión de color en movimiento, cuando el ave se desprende de la percha y vuela, normalmente un tramo corto de un árbol a otro. Esos pocos segundos hacen que se corte tu respiración y se te acelere el corazón al verlo, por los hermosos colores del cuerpo y las plumas de la cola, que van ondeando por el aire y ahí es cuando se mueve como si fuera una serpiente emplumada.

Durante la hora y media que estuvimos admirando los quetzales, de repente alguno de los machos hacía uno de sus vuelos cortos y mi emoción fue igual de intensa, todas las veces. De hecho, la primera vez me tomó por sorpresa y no pude reaccionar para intentar fotografiarlo, pero en ese momento decidí que era tan hermoso, que en esta sesión no me preocuparía ni estresaría tratando de capturarlo en vuelo: simplemente disfrutaría esos 5 o 7 segundos y no me arrepiento de esa decisión. Tengo la intención de buscar esta bellísima ave nuevamente, bien sea en Costa Rica, Guatemala o en Chiapas. El lugar más icónico para verlo en México se encuentra en la Reserva de la Biósfera El Triunfo, en Chiapas y su búsqueda es como un peregrinaje pajarero, ya que la expedición representa un esfuerzo físico muy grande, con un ascenso largo y difícil. En ese siguiente encuentro seguramente intentaré las fotos en vuelo.

Aún en la actualidad, que tenemos fácil acceso a muchas cosas sorprendentes y que por ello hemos perdido mucha de nuestra capacidad de asombro, la presencia del quetzal es avasalladora y digna de una reverencia especial. Al haberlo experimentado personalmente, entendí claramente porqué el quetzal fue considerado una manifestación divina por los mayas y mexicas. De hecho, su nombre proviene del náhuatl quetzalli, que quiere decir hermoso, bello o sagrado. Durante la época prehispánica, el quetzal estuvo asociado al dios mexica y Quetzalcóatl o a su paralelo maya Kukulkán; deidades que se manifestaban en la forma de la serpiente emplumada.

Según el Popol Vuh de la Creación (libro sagrado maya), cuando Kukulkán, el dios creador y Tepeu, el dios del cielo decidieron dar vida a las aves, soplaron sobre el árbol de guayacán, cuyas hojas azul-verdes se dispersaron en el viento y se transformaron en el quetzal.

Para la cultura maya, el plumaje del quetzal era considerado moneda de cambio y era muy codiciado. Además, las largas plumas del quetzal macho adornaban la indumentaria imperial y sacerdotal; sin embargo, el quetzal no era cazado, sus plumas eran quitadas después de la temporada de reproducción para luego ser puesto en libertad. Matar un quetzal era considerado un crimen grave. Eran sabios, los mayas: si se castigara de manera severa y efectiva el cazar a los quetzales, estos no se encontrarían en peligro de extinción, como desafortunadamente sucede. El quetzal está protegido por la NOM-059, pero esa etiqueta por sí sola no es suficiente, tenemos que estar alerta como sociedad para impedir que al igual que el águila arpía y otras valiosas especies, sea prácticamente imposible ver al quetzal en nuestro país.

También vimos dos machos inmaduros, que se distinguen porque tienen colores más brillantes que la hembra, pero les falta intensidad y todavía no desarrollan las fantásticas plumas de la cola. Uno de ellos perchó en una rama cercana y sin obstáculos, lo cual me permitió lograr unas tomas con buen nivel de detalle.

Otros avistamientos que tuvimos mientras buscábamos el quetzal, fueron el omnipresente Mirlo café (Turdus grayi), que además es el ave nacional de Costa Rica (aunque mucha gente opina que es un pájaro bastante soso y que hay muchas otras especies que merecerían más esa distinción) y el Pavito migratorio (Myioborus miniatus), pero no intenté siquiera fotografiarlos, ya que son especies mucho más comunes y no quería perder detalle de cualquiera de los quetzales.

Un ave que sí me di a la tarea de ver y fotografiar, fue el Capulinero colilargo (Ptilogonys caudatus), espectacular ave de color amarillo con azul intenso, que además fue LIFER. Conocía hace tiempo al Capulinero gris (Ptilogonys cinereus) y más recientemente al Capulinero negro (Phainopepla nitens) y los tres me parecen muy bellos, cada uno con sus características particulares, pero conservando rasgos comunes, como la cresta siempre presente y su larga cola. El Capulinero colilargo se encuentra únicamente en los bosques montañosos de Costa Rica y del oeste de Panamá. Aunque es un mosquero, las frutas son parte importante de su dieta. Para fotografiarlo, recuerdo que estaba “con un ojo al gato y otro al garabato”, tratando de no perder mucho de vista a los quetzales. Nuevamente había que pensar que al capulinero tendría más oportunidades de verlo a lo largo del día y por lo tanto, el quetzal seguía teniendo prioridad.

Estábamos maravillados y casi hipnotizados,con la presencia de los quetzales, cuando nuestro guía nos ubicó en la realidad, puesto que había que seguir adelante, para poder ver más especies, pero para ello había que emprender el regreso hacia San Gerardo de Dota. La cosecha había sido maravillosa: dos machos adultos, una hembra y dos machos inmaduros.

Ya prácticamente subiendo al auto, nuestro guía se detuvo y dijo “ahí esta el “Volcano” (léase con pronunciación inglesa, ya que Michael, como la mayoría de los guías y observadores en Costa Rica, usan los nombres comunes en inglés). Se trataba del Colibrí volcanero (Selasphorus flammula). Este colibrí puede distinguirse por su pico corto, su tamaño pequeño y sobre todo por su gorguera, de un sutil color violeta, aunque este rasgo es sólo del macho. La hembra puede confundirse fácilmente con la del Colibrí centelleante (Selasphorus scintilla), especie que habíamos visto en Batsú Garden el día anterior (Ver Crónicas Ticas IV). Así que ya de salida, pudimos ver otro LIFER. El Colibrí volcanero vive por encima de los 2000 msnm, en la zona montañosa de Costa Rica y el oeste de Panamá. Estuve batallando un poco para la fotografía, puesto que el sol que apenas iba levantando en el cielo dificultaba la toma, quedando a contraluz por un lado y dando sombras duras por el otro. Sin embargo, ya estando a punto de rendirme, el pequeño pájaro voló unos metros y quedó en una posición mucho mejor, en la que pude lograr finalmente las imágenes deseadas.

Y así, con una nota brillante, terminamos esa parte de la expedición para buscar el quetzal y con gran satisfacción y mucho entusiasmo, emprendimos el regreso a San Gerardo de Dota, donde esperábamos encontrar muchas otras especies en el resto del día.

Sin embargo, la abundancia de especies y las vivencias acumuladas en esa jornada, son objeto del Capítulo VI de estas Crónicas Ticas, en las que espero me seguirás acompañando. Como siempre, escribir para contarte mi historia me ha servido para revivirla y disfrutarla nuevamente, así que te agradezco doblemente tu lectura.

Hasta entonces: “¡PURA VIDA!”

CONTACTO:

Correo electrónico: gerasimoagui@gmail.com

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Twitter: @gerasimoagui.

 

Para consulta de información de aves, se puede acceder a: http://avesmx.conabio.gob.mx

 

Crónicas Ticas (I) Improvisando en San José – Gerardo Aguilar Anzures

 

Crónicas Ticas (II) La Paz: Cinco cataratas y doce colibríes – Gerardo Aguilar

 

Crónicas Ticas (III): una ventana a la selva y un día en el Pueblo – Gerardo Aguilar Anzures

 

Crónicas Ticas (IV) Un jardín enjoyado entre las montañas – Gerardo Aguilar

 

 

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