Cartas desde la cuarentena

Cuarentena en familia – Fille Corageuse

Una perra en el suelo y la otra al sillón, ambas cubiertas por un desquiciado pelambre que en época de calor termina por tumbarlas en un plácido sueño que cualquiera envidia; o bueno, cualquiera lo envidia mientras no sea obligado al descanso, porque nuestra especie nunca está contenta con nada, o como dicen algunos: nuestra especie, es mucho más “compleja”.

Si se nos obliga, entonces no nos complace una cómoda siesta bajo el sol, a nosotros si nos van a privar de nuestra libertad, nos tienen que sobornar con consolas, películas, comida, licores, postres, café, cerveza, todo a domicilio, aplicaciones, redes sociales, pornografía, chismes y demás; pero renunciar a la monotonía del trabajo a cambio de poder disfrutar de tiempo con la familia y descanso, eso nunca.

«Desde que empezó este universo orwelliano no hago más que ver cine de ese que dicen es subterráneo, beber cerveza, leer y cocinar toda receta que se me aparezca en redes y antoje.»

Desde que empezó este universo orwelliano no hago más que ver cine de ese que dicen es subterráneo, beber cerveza, leer y cocinar toda receta que se me aparezca en redes y antoje.

Algunos de estos días han sido un poco más productivos y logramos sacar un pequeño cortometraje, comenzar un nuevo guión de largometraje y continuar con la edición de un documental que estamos desarrollando mi esposo y yo. Pero siempre hay algo que nos distrae, algo banal y absurdo que sólo te quita el tiempo que nunca te alcanza.

Siempre me estoy quejando de que no tengo tiempo suficiente para escribir, pero eso sí, llega la cuarentena y en vez de aprovechar ese tiempo creando qué se yo: guiones, jardines, vínculos afectivos, el arreglo del grifo que gotea desde hace un año, nos sentamos como estúpidos a ver redes sociales del anochecer al amanecer.

«Los primeros días fuimos muy disciplinados, empezamos a escribir el guión y alcanzamos las veinte páginas antes de que la semana terminara, pero en cuanto nos topamos con el primer conflicto paramos y ahora teníamos otros pendientes.»

Pero los primeros días no, esos primeros días de emoción fuimos muy disciplinados, empezamos a escribir el guión y alcanzamos las veinte páginas antes de que la semana terminara, pero en cuanto nos topamos con el primer conflicto paramos y ahora teníamos otros pendientes: que la casa está muy sucia, que tú mamá (que vive al lado nuestro) nos invita a comer, que tenemos que ir al mercado, que un camarada nos pidió un favor hace tres semanas, que la película tal o el libro aquel, etcétera. Al final el tiempo sigue faltando y la noche llega casi tan rápido como llegó y se esfumó la pascua del año 2020.

Pero entonces uno de estos días de redes sociales, cerveza y cuarentena, recibí la llamada de mi mamá, a quién por cierto he visto unas dos veces en los últimos 31 días. La extraño, pero ni hablar, la noticia era que mi abuelita se había puesto muy mal. Mi papá iba en camino a ver qué pasaba y ella estaba alarmada porque mis tíos; hermanos de mi papá, lo habían amenazado ya varias veces con hacerle daño, puesto que tienen la mano izquierda sobre los ataúdes de mis abuelos y la derecha sobre sus cuentas bancarias.

«Uno de estos días de redes sociales, cerveza y cuarentena, recibí la llamada de mi mamá… la noticia era que mi abuelita se había puesto muy mal. «

Desde hace un par de años sacaron a mi papá de la empresa, una Pyme automotriz que durante años estuvo bajo la dirección de mi padre, quién a pesar de la crisis mantuvo la empresa a flote, pero bueno, eso no importó el día que sus hermanos, cuál perros hambrientos consiguieron sacarlo de la jugada, se incrementaron los sueldos uno en 40 mil y la otra en 65 mil y en menos de dos años llevaron a la empresa al borde de la quiebra. Después del festín salarial de dos años, invitaron nuevamente a mi padre a la empresa, que le entró sin chistar a ayudarlos, aún con ambos puñales en la espalda. Todo iba bien hasta esa llamada que me hizo mi madre.

Colgué el teléfono y le pedí a mi esposo que me acompañara a casa de mis abuelos, mi abuela había tenido un paro cardiaco hace unos meses y yo creí que de eso se trataría, pero cuando llegué, el viento soplaba lúgubre. La enfermera de mi abuelo, que ya es muy viejo, me pidió que me quitara los zapatos y me empuñó un gel antibacterial de cinco litros, lo tomé, y mientras me lo untaba en las manos, me topé con mis dos tíos en las escaleras, desde hace años que ninguno se atreve a mirarme a los ojos; como los cerdos y los cobardes, los saludé y ambos contestaron débilmente. Siguieron sin mirar.

Las escaleras parecían muy pequeñas ahora, cuando niña me parecían inmensas y amenazantes, pero ahora se veían débiles, cansadas, como si no quisieran vivir más. Lo presentí y en cuanto entré al cuarto en donde tenían a mi abuela, ella no estaba, en su lugar estaba un bulto, una niña atrapada en el cuerpo de una anciana que balbuceaba y lloraba, pero lo que decía no tenía sentido.

«Las escaleras parecían muy pequeñas ahora, cuando niña me parecían inmensas y amenazantes.»

La pandemia se esfumó esas horas, me senté junto a ella y alcanzaba a entender algunos lloriqueos: treinta, tafil, estricnina, arsénico, dinero, abuelo, perdón. No quedaba duda, mi abuela había intentado suicidarse.

Me levanté con los ojos llenos de lágrimas y bajé, me sentí igual que las escaleras, al llegar abajo me esperaban dos brazos tiernos. Lloré en su pecho y me sentí protegida, tengo la habilidad de recuperarme pronto, minutos más tarde ya estaba de nuevo serena y dispuesta a entender. Le pedí a mi esposo que fuera por electrolitos para hidratarla y me puse a buscar en los botes de basura, encontré un empaque de tafil y un pequeño frasco con un polvo color negro, hasta la fecha no tengo idea de qué sea eso, pero más tarde mi abuela confesó haberselo dado a mi abuelo también.

En el tiempo que estuve con ella, le acariciaba sus pies, son pequeñísimos, pensé. Parece que se los hubieran reemplazado con los de una niña de diez años, ella se despertaba de vez en cuando para llorar, me conmovía su dolor y no poder ayudarle. Verdaderamente ya no quiere vivir. Hubo un momento en el que mis dos tíos entraron y entre ellos tuvieron una corta, nerviosa y ciega conversación:

– ¿Qué habrá sido? ¿Por qué lo habrá hecho?
– La depresión de la cuarentena.
– Sí, porque lo que le molestaba era darle de comer a mi papá y yo lo estuve haciendo la última semana.
– Quizá la soledad.

«¿Qué habrá sido? ¿Por qué lo habrá hecho? La depresión de la cuarentena… Quizá la soledad.»

Me enteré después, que por presión de mis tíos, mi abuela había cedido todas las acciones de la compañía al hermano menor de mi papá, quién estaba coludido con la otra hermana y entre ambos pretendían dejar fuera a mi papá. Supe entonces, que mi abuela no se había intentado suicidar por depresión o soledad, si no por la culpa de haber traicionado a uno de sus hijos, por presión de los otros.

Cuando regresé a casa llevaba en las manos el polvo que horas antes había cambiado el destino de la familia Pérez, las máscaras se habían consumido y sólo quedaban sobre el ring la avaricia, la ira y la venganza.

Los próximos días estuve obsesionada con descubrir qué era el polvo negro, llamé a laboratorios, pero algunos estaban cerrados por culpa del Covid-19 y otros simplemente no tenían las máquina necesarias para saber con qué sustancia se había intentado suicidar la mamá de mi padre. Me rendí, pero conservo la sustancia en caso de que sea necesaria en juicio. Porque estoy casi segura de que los hermanos de mi papá, no están satisfechos con el daño que han hecho, y van a seguir así hasta que tengan todo.

Una semana después celebramos mi cumpleaños, que es el 4-20, pero como caía en lunes, nos vimos el domingo. Fui a visitar a mis papás, quienes insistieron en una comida sólo los cinco: hamburguesas caseras y helado de chocolate holandés. A pesar de estar disfrutando de verlos, también sentí tristeza por el dolor que carga mi papá, porque ahora mis tíos no lo dejan entrar a ver a mis abuelos.

Lago Derwentwater, en Gran Bretaña.

El veinte ya más serena me senté a tomar una cerveza y armar un rompecabezas del lago Derwentwater, en Gran Bretaña, lo terminé. Suspiré y pensé en mi abuela. Quien encima de la culpa, tiene que vivir con miedo a la pandemia. Pensé en mis tios que todos los días antes de dormir piensan en mi padre y la culpa que tienen por no poder renunciar a su avaricia. Pensé en mi madre que tendrá que soportar la tristeza de mi padre en soledad. Pensé en mi esposo y en el cariño que me tiene.

A la mañana siguiente desperté y ya habían pasado 31 años.

Fille Corageuse es mujer, cineasta y amante de la naturaleza. Lucha en contra del abuso sexual infantil a través de las artes cinematográficas.

FB: Los Lazarillos

Canal de You Tube: https://www.youtube.com/channel/UCW7fdQsxTOSLDxdJIYv1R3Q?view_as=subscriber&fbclid=IwAR2JFf-RCGXMBaluhfM8iuz8BB0_f1yd6jrMaClTCRIKvxtGdXgak7KbsmI

 

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