Andrés Garrido del Toral - Memorias Peregrinas

El Querétaro Imperial: la emperatriz Carlota (II) – Andrés Garrido del Toral

En esta segunda entrega, el cronista del estado de Querétaro, Andrés Garrido del Toral, comparte esta interesante entrevista con la Dra. Patricia Galeana Herrera, prestigiada autora e investigadora, quien habla acerca de la emperatriz Carlota.

Dra. Patricia Galeana.¿Cómo era Maximiliano?

PGH: Maximiliano tenía vocación de marino, fue comandante de la Marina austriaca. Su hermano Francisco José le encomendó dos misiones políticas: una, ver si Napoleón III iba a apoyar o no a los italianos contra la dominación austríaca. Primero consideró a Napoleón un bufón de circo, un advenedizo que se había entronizado sin poseer ningún linaje. Después Napoleón lo envolvió y en las últimas cartas ya cambió su tono despectivo. Maximiliano se equivocó concluyó que Napoleón no iba a apoyar a los italianos contra la dominación austriaca, y sucedió exactamente lo contrario, tan pronto como regresó a Austria.

Posteriormente como gobernador de las provincias, Lombardo-Venecianas es removido de su cargo por su política conciliadora, que era contraria a la política de mano dura que quería establecer su hermano el emperador Francisco José. Allí Carlota no tuvo mucho que hacer porque fue realmente breve el tiempo que estuvieron en Milán. Después, cuando Maximiliano regresa al mando nominal de la escuadra austriaca, el archiduque se pone a construir el Palacio de Miramar frente al Adriático. Se les ofrece el trono de Grecia, pero no lo acepta porque considera que los griegos ya han tenido su momento de esplendor y no lo van a volver a tener.

Cuando le ofrecen el trono de México, éste sí le interesa. Pero Francisco José le exige la renuncia a todos los derechos eventuales al trono de Austria-Hungría, y aquí es donde Maximiliano titubea. Carlota, no estaba conforme con permanecer en Miramar, en la banca como decimos aquí en México, sin tener una acción de protagonista, quería gobernar.

Su influencia en Maximiliano es decisiva, pero tampoco se le puedo a ella culpar de los errores que cometió el archiduque, mismo que tenía también una amplia cultura e inteligencia, pero era un romántico de la política. Partidario del socialismo utópico de Leopoldo Von Stein, era un idealista. Carlota le hizo ver muchas veces que confiaba en quienes no debía. Ella tenía una mayor suspicacia, puedo afirmar que se complementaron, y ella se convirtió en su alter ego, pues era una interlocutora con la que comentaba todos los temas de Estado.

 ¿Qué hay de verídico sobre la separación emocional y hasta física de la pareja imperial?

PGH: Hay una serie de novelas e historias noveladas que hablan del distanciamiento de la pareja y de romances extramaritales que en la mayor parte de los casos son pura imaginación. Esto lo demostró nuestro muy querido amigo, que ya partió lamentablemente a finales del año pasado, el historiador austriaco Konrad Ratz, quien publicó la correspondencia que hay en los archivos de Viena, donde puede uno constatar la gran amistad que había entre los dos.

Yo creo que la amistad es lo más importante que puede haber en una pareja, porque la atracción sexual puede ser pasajera, pero si no hay lo que decía Rubén Bonifaz “amor de amistad”, no hay nada, este implica comprensión mutua, profunda, es lo que permanece. Lo anterior se puede constatar cuando lee las cartas de Carlota y Maximiliano; se tenían un profundo cariño, independientemente de que hayan o no tenido otras relaciones.

Los rumores empezaron cuando trascendió que Carlota tenía su habitación y Maximiliano la suya, y es que todos los reyes, y yo lo recomendaría a todas las personas que puedan hacerlo, es muy saludable tener cada quien su habitación, los matrimonios durarían mucho más. Así es como vivían los reyes, ustedes van a cualquier castillo de cualquier parte de Europa, y siempre ven el cuarto de la reina por un lado y aparte el cuarto del rey, pero cuando aquí vieron semejante cosa imaginaron que las cosas andaban muy mal entre la pareja. Lean las cartas recopiladas por Konrad Ratz y verán que no es así.

¿La formación de Carlota era sólida para ocuparse de un gobierno?

PGH: Sin duda, Carlota tenía madera de mujer de Estado, y aquí vierto algunos de los comentarios de los testigos presenciales de sus acciones: Francisco de Paula Arrangoiz no la quería porque era muy liberal y él muy conservador. Señaló que la emperatriz intervenía en todos los asuntos de Estado, reunía al Consejo de Ministros y sacaba adelante sus decisiones.

En todos los viajes de Maximiliano por el interior del país, Carlota gobernó, en efecto, convocaba a Consejo de Ministros y tomaba decisiones. Maximiliano jamás las cuestionó o las echó para atrás, ¿por qué?, porque tenía una plena confianza en la capacidad de su consorte.

José Luis Blasio, el secretario particular de Maximiliano que escribió unas memorias muy laudatorias de quien quiso mucho, su jefe, reconoce las luces Carlota y que tenía una injerencia decisiva en todas las decisiones que tomaba el emperador. Un capitán de la legión extranjera refiere que sólo la emperatriz tenía cabeza para pensar y llevar los pantalones. Estos son comentarios valiosos de los testigos presenciales de esos hechos.

La Emperatriz Carlota y el Emperador Maximiliano.

 ¿Cuál era la ideología de Carlota?

PGH: El epíteto de que Carlota era roja, fue una declaración del propio Maximiliano, pues decía que él era liberal pero Carlota era liberal radical. Compartían sus ideas liberales, Maximiliano se había comprometido a seguir una política liberal en los artículos secretos del Tratado de Miramar. Política con la que él estaba totalmente de acuerdo y Carlota más. La princesa belga había sido educada por su padre Leopoldo I, quien era un liberal que veía muy mal a la Iglesia de Roma.

A través de sus cartas podemos constatar la gran admiración que le tenía a Juárez. Consideraba que el presidente mexicano había iniciado una acción civilizadora. Desde su perspectiva, lo único malo era que el estadista republicano había tomado como modelo a Estados Unidos, en lugar de Francia. En efecto, Juárez tuvo admiración por la tolerancia religiosa que había en el vecino del norte, que pudo constatar cuando estuvo exilado en Nueva Orleans, consideró que esa tolerancia era la base de su sistema democrático. Si no hay tolerancia al diferente, al que tiene otras ideas, otras religiones o creencias o no tiene ninguna, pues evidentemente no puede haber un régimen democrático. Carlota escribió con orgullo que iban a establecer medidas más radicales que las que había dado Juárez.

Imaginen la reacción del Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, el ex obispo de Puebla Arzobispo de México desde 1863, quien fue el verdadero pilar de la Intervención francesa y el Segundo Imperio. Siempre se ha dicho que José María Gutiérrez Estrada y José Manuel Hidalgo, acompañados de Juan N. Almonte, habían sido los que había traído la intervención, pero ellos en realidad no representaban a nadie, eran un puñado de conservadores derrotados, en el exilio.

Mientras que Labastida, muerto Lucas Alamán, fue el pilar del conservadurismo mexicano y del proyecto monárquico, en su derredor se aglutinaron los conservadores monarquistas. Él representaba la fuerza de la Iglesia de Roma. Cuando constatan su gran equivocación —que según el dicho de la jerarquía católica, pusieron a la Iglesia en manos de Lutero— se arrepintieron de pedirle su intervención a Napoleón, orgulloso descendiente de la Revolución francesa, un liberal que puso a otro liberal, Maximiliano, con una roja como Carlota, que va tener como meta consolidar lo que ha hecho Juárez, y llegar más allá la república liberal. La Iglesia primero se replegó y después no tuvieron más remedio que consecuentar al gobierno imperial y presionarlo para que gobernara de acuerdo con sus deseos. Cosa que lograron cuando Maximiliano fue abandonado por Napoleón, y se unieron para caer juntos.

Carlota era anticlerical, en su correspondencia escribió que clero mexicano era lo peor que se había encontrado en México. Que el clero mexicano creía vivir en los tiempos de Felipe II, solamente estaban preocupados por sus bienes y descuidaba sus obligaciones. Considera, en cambio considera que los niños mexicanos son tanto o más inteligentes que los europeos, pero que han estado bajo el cuidado de un clero corrupto que no les ha enseñado la verdadera religión católica. Afirma con decisión que ellos se encargarán de que México sea sanamente católico y al mismo tiempo liberal, ya que desde la perspectiva de la joven emperatriz, no era ni lo uno ni lo otro.

Carlota tuvo una acción decisiva en la política eclesiástica del Segundo Imperio. Sobre el concordato que le propuso Maximiliano al Papa, escribe que parece inofensivo, y sin embargo es muy liberal. Claro que esto de que pareciera inofensivo no les pasó desapercibido a los jerarcas eclesiásticos, que rechazaron el proyecto de concordato, precisamente por ser lo contrario a lo que esperaban. Habían apoyado a la Intervención y al Imperio para que derogaran las Leyes de Reforma de Juárez y lo que quería Maximiliano era ratificarlas y que la Iglesia se conformara con que se declarara al catolicismo religión oficial del Imperio, pero con libertad de cultos.

Carlota no hubiera querido a que hubiera una religión de Estado, como le escribe a la emperatriz Eugenia. Sin embargo, al considerar que el pueblo mexicano no había sido instruido en el verdadero catolicismo, sino que era “mediocremente católico”, a diferencia del catolicismo del pueblo francés, al que consideraba muy sólido, por ello necesitaba del establecimiento de una religión oficial. Maximiliano transigió en este punto, a diferencia de Juárez, que había decretado la separación de los asuntos políticos y religiosos de las eclesiásticas y los civiles. En su correspondencia con la emperatriz de Francia, Carlota justifica que se haya declarado al catolicismo religión del Imperio, pero destaca que en primer lugar está la tolerancia de cultos.

Por estas razones vendrá el enfrentamiento con el nuncio pontificio, el primero en la historia de México, monseñor Francisco Meglia. La relación con la Santa Sede había sido muy difícil para los gobiernos mexicanos, primero condenó a la insurgencia y excomulgó a todos los insurgentes, no solamente a Hidalgo. Después de la consumación de la Independencia, todavía tres papas siguieron exigiendo a los mexicanos su lealtad a España, durante quince años, debido a la alianza que había entre el trono de España y el Altar romano, la Santa Sede. Cuando finalmente reconocen la Independencia en 1835, iniciará la negociación sobre el Regio Patronato. Como las constituciones mexicanas establecieron un estado confesional con intolerancia religiosa —hasta 1857, que es la primera constitución que no lo hace—, los gobiernos mexicanos consideraban que podían ejercer el Patronato real, como lo hicieran los reyes de España. Por el contrario, la Iglesia Católica señala que el Patronato es una concesión que se la dio al imperio español para la evangelización de los naturales de América, pero no estaban dispuestos a dar dicha concesión a los gobiernos mexicanos. Por ello sólo enviaban delegados apostólicos para cuestiones religiosas, y no representante pontificio oficial para asuntos de Estado. El primer nuncio enviado a México fue Meglia, ante Maximiliano, quien consideró inadmisible el proyecto de Concordato, porque sus órdenes eran la revocación de todas las leyes de Reforma y que les regresaran sus bienes a la Iglesia, estableciendo a la religión católica como única, sin tolerancia de ninguna otra, monopolio educativo, etcétera. Por tanto, el Nuncio rechazó el Concordato.

Cuando Maximiliano se había cansado de discutir con Meglia entró en acción Carlota. Ella describe la reunión, considera que Meglia tenía un cerebro trastornado, que su obstinación era nunca vista. Escribe a Eugenia que la conversación con Meglia le dio una idea clara de lo que era el infierno. Y refiere que el Nuncio afirmó que el Imperio lo había hecho la Iglesia —en lo que no le faltaba razón—, pero Carlota con gran carácter y firmeza le replicó: “de ninguna manera; un momento, le dije, no fue el clero sino el emperador, el día de su llegada”. Acaba escribiendo que le dieron ganas de tirar al Nuncio por la ventana y evidentemente no hubo concordato.

 Andrés Garrido del Toral

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