Luis Tamayo Pérez - Ecosofia

La transición energética de México (II) – Luis Tamayo Pérez

Si la peste de Albert Camus fue una alegoría de

“la lucha de la resistencia europea contra el nazismo”,

hoy la pandemia es el signo de la vida contra el capital.

Enrique Leff[1]

 

Como indicamos en la entrega anterior,[2] México se comprometió, en el Acuerdo de Paris del 2015 y con el objeto de contribuir a la mitigación del Calentamiento Global Antropogénico (CGA), a reducir sus emisiones totales de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y a generar, en el 2024, el 35% de su energía mediante renovables. Ello es muy importante pues, como indica el Dr. Víctor Toledo, secretario de Medioambiente de México:

[…] dos terceras partes (62.5 por ciento) de los gases que ocasionan el calentamiento del planeta provienen de sólo cinco entidades: China (26.8 por ciento), Estados Unidos (14.6 por ciento), Europa (9.6 por ciento), India (6.6 por ciento) y Rusia (5 por ciento). México ocupa el lugar 13 porque genera sólo 1.68 por ciento del total de gases de efecto invernadero.[3]

Asimismo, el Dr. Toledo señala, desde mi punto de vista correctamente, que, en la mayoría de las naciones industrializadas, la tan necesaria transición energética es realizada por cierto capital corporativo, el cual sólo busca proteger sus intereses:

[…] la ruta convencional o dominante de las transiciones energéticas en el mundo se realiza bajo el predominio de las corporaciones eólicas, solares, hidroeléctricas, geotérmicas, automotrices, aeronáuticas, etcétera. Se trata de una vía conducida por el capital corporativo que domina al planeta. Sólo en algunos casos el Estado toma la dirección de la transición y casi en ningún lugar el proceso queda en manos de los ciudadanos organizados. Es esa la ruta neoliberal que se pregona tanto en las cumbres climáticas como en los organismos internacionales (Banco Mundial, Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, etcétera), medios de comunicación y centros académicos, científicos y tecnológicos. […] Se trata de una visión internalizada en los discursos de un ambientalismo dominado por las ideas de la economía verde, los mercados del carbono, el capital natural y artimañas que la ideología mercantilizada ingresa, multiplica y potencia en los medios posibles, que ingenuamente reproducen buena parte de los salvadores del planeta.[4]

Realizar la necesaria Transición energética, indica el Dr. Toledo (siguiendo las ideas planteadas en su libro Los civilizionarios[5]): “implica un cambio profundo de la civilización industrial, es decir, que no hay salida moderna a la crisis de la modernidad y todo debe reinventarse”.

Desde mi lectura la idea clave es la de que todo debe reinventarse. Ello deriva de que nos estamos enfrentando a una crisis civilizatoria, es decir, a la de todo el sistema, lo cual tiene perfectamente claro el Dr. Enrique Leff:

Hoy el mundo atraviesa por la mayor crisis sistémica de la historia. Es la conjunción sinérgica de todas las crisis: económica y financiera; ecológica, ambiental, climática y epidemiológica; ontológica, moral y existencial. Su alcance es mundial, global, planetario; personal y colectivo. La crisis civilizatoria de la humanidad expresa de manera virulenta su olvido de la vida. El COVID19, que infecta los cuerpos humanos, afecta profundamente al sistema económico que gobierna al mundo. El régimen del capital que ha desencadenado la degradación entrópica, el cambio climático y el calentamiento global del planeta, se ha venido asociando de maneras enigmáticas pero cada vez más evidentes, con la “liberación” mutación y transmisión de los virus al invadir y trastocar el comportamiento de los ecosistemas, alterando la resiliencia, el metabolismo y el “sistema inmunológico” propio de la biosfera.[6]

En el plano de la movilidad urbana, el Conacyt realizó, el lunes pasado, la segunda reunión, coordinada por la Dra. Alejandra Straffon, del Foro sobre Transición energética, donde el M. C. Antonio Suarez Bonilla planteó una serie muy interesante de propuestas para alcanzar tal transición energética. La estrategia planteada propone la reducción de la movilidad urbana vía:

  • La movilidad virtual, es decir, mediante el estímulo del teletrabajo y la educación a distancia;
  • Una nueva distribución y logística, es decir, mediante el desarrollo de subcentros de distribución de artículos y mercancías;
  • La electro movilidad y un transporte público eléctrico, es decir, mediante el desarrollo de vehículos ligeros electroasistidos (biohíbridos) para el transporte de personas y mercancías y de Transporte público eléctrico.
  • Establecimiento de Centros de trabajo a distancia (oficinas compartidas/coworking) en lugares estratégicamente localizados.

La importancia del desarrollo de tales medidas lo justificó el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo México (ITDP) en su estudio Transformando la movilidad urbana de México,[7] donde sostiene que la movilidad urbana de nuestro país es:

  • La movilidad urbana de México es muy mala, en primer lugar, por incentivar excesivamente el uso del automóvil[8] –cuyo ineficiente motor de combustión interna pierde más del 70% de la energía de la gasolina en calor. Los autos, además, no sólo se apropian de más de 60% del suelo urbano sino que, como se mantienen estacionados el 97% de su vida útil y duplican su cantidad cada 10 años, abarrotan calles y avenidas ocasionando que los habitantes de las grandes capitales del país gasten entre dos y cinco horas diarias encerrados en sus vehículos para llevar a cabo sus tareas cotidianas. Y, además, estima que el parque vehicular del país ¡será de 70 millones de autos en el 2030!
  • La movilidad urbana actual de México es injusta pues en este país sólo poseen auto poco más del 30% de los habitantes, pero los gastos de la construcción y mantenimiento de la infraestructura automovilística los pagan todos los ciudadanos. Si bien se ha ido reduciendo el subsidio a las gasolinas (llegó a ser de 76.6 mil millones en el 2010), en muchos estados se ha derogado el impuesto por la tenencia automotriz. La gasolina, asimismo, es el principal producto importado de México (147 mil millones de pesos en 2010), lo cual deteriora la balanza comercial y disminuye los beneficios que la nación obtiene por la producción y explotación del petróleo. En resumen, todos los mexicanos subsidian la movilidad del 30% que posee autos, los cuales sobrecargan —embotellan— las calles, mientras el 70% debe apretujarse en un transporte público lento e insuficiente o tiene que arriesgar la vida al intentar llegar a su destino en bicicleta.
  • Dañina. La movilidad urbana mediante autos y camiones es causante de enfermedades y muchas muertes. En el mundo, ese modelo de movilidad es la principal causa de muerte entre los jóvenes. Asimismo, la contaminación que genera la combustión de la gasolina y el diesel “está ligada a casi 14 mil muertos en el 2008 por la mala calidad del aire (OMS, 2012). A esto habría que agregársele 24 mil muertes al año y 40 mil discapacitados y 750 mil heridos por accidentes de tránsito, que generan costos de 126 mil millones de pesos al año, lo cual equivale aproximadamente al 1.3% del PIB de México (Secretaría de Salud, 2010).[9]
  • Los autos particulares eran, en el 2012, responsables de generar el 18% de las emisiones de bióxido de carbono (CO2), el cual es el mayor gas de efecto invernadero y productor del fenómeno del calentamiento global, el cual “le podría costar al país el 6% del PIB si no se toman las medidas de prevención adecuadas (Galindo, 2009).[10]

La semana pasada señalé que realizar la transición energética en México implicaba que el ejecutivo federal se comprometiese con tal proceso y, en consecuencia, reorientase sus proyectos prioritarios pues, como antes indicamos, todo debe reinventarse. Tal reorientación implica, desde nuestra lectura:

  • Dejar atrás el proyecto de refinería en Dos bocas. Como indicamos en la entrega de la semana pasada, México ya no es una potencia petrolera, tampoco es conveniente para el planeta el modelo energético basado en la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Es cierto que México tiene importantes reservas de gas, pero buena de ellas parte debe extraerse según la técnica de la fractura hidráulica (fracking), la cual ha contaminado los acuíferos de muchas de las regiones donde se ha establecido. Por otra parte, la extracción del petróleo de aguas profundas es también muy cara y los riesgos que implica son muy elevados –como mostró, en el 2010, la catástrofe del Deep Water Horizon de British Petroleum y Halliburton –el cual arrojó 900 millones de litros de petróleo en el Atlántico, costó la vida a varios trabajadores y a cientos de miles de especies acuáticas y que, todavía en nuestros días, cubre del contaminante alquitrán vastas regiones de suelo oceánico.[11] El Deep Water Horizon mostró que un problema que en aguas someras sería relativamente sencillo reparar, en aguas profundas se convierte en prácticamente imposible. La inversión en la extracción de petróleo en aguas profundas es un grave error, sobre todo tomando en cuenta que los costos actuales de la extracción para naciones como Arabia Saudita, le permiten darse el lujo de inundar de petróleo el mercado para anular la competencia. México cuenta, además, con otras seis refinerías, las cuales, si bien es cierto que están en mal estado como consecuencia de la falta de mantenimiento, el ponerlas a funcionar de nuevo costaría apenas la mitad del costo de la nueva refinería. Finalmente, como la transición energética de México que los científicos de México están proponiendo implica una reducción de los insumos petroleros en beneficio de las energías renovables (en producción de electricidad mediante renovables, en electro movilidad urbana, etcétera), con lo que podrían entregar tales refinerías podría ser más que suficiente. El futuro energético de México, esto debemos tenerlo muy claro, ya no reside en el petróleo. Esa realidad no es una desventaja, pues nos obliga a lanzarnos al desarrollo de las energías renovables y eso es muy bueno para el planeta y, en consecuencia, para el futuro de nuestros hijos y nietos.
  • Dejar atrás el proyecto de aeropuerto en Santa Lucía. En los años posteriores a la Covid-19, el turismo no volverá a ser el mismo. La pobreza crecerá en todo el mundo y las mayorías no tendrán dinero para viajar. Incluso el turismo “de trabajo” se verá reducido pues la humanidad ya se dio cuenta de que existen innumerables plataformas que permiten el intercambio remoto de información en tiempo real, lo cual ahorra cantidades ingentes de dinero antes empleadas en tales viajes de trabajo. La movilidad humana en los años pos-Covid-19 será limitada, durante varios años y ello hasta que el riesgo de infección haya quedado atrás. En consecuencia, con el aeropuerto que actualmente cuenta la Ciudad de México, y que podrá apoyarse en los de otras capitales del país, será más que suficiente.
  • Dejar atrás los proyectos de Tren maya y el Transístmico. Sabemos bien que un Tren que recorra la selva puede ser muy hermoso y de un impacto ambiental razonable (como todos los trenes). Sin embargo, tales trenes son proyectos que varias de las comunidades no quieren (lo consideran como una estratagema neoliberal aunque no sea así y ya han comenzado a ampararse contra los proyectos)[12] y que, si se pretende que cause el menor impacto a la naturaleza, su costo puede incrementarse significativamente. Nunca debemos olvidar que, tal y como informó la CEPAL el 12 de mayo pasado,[13] la pandemia de Covid-19, se ensañará con América Latina, aumentando, al menos, la pobreza en 4.4% puntos porcentuales (28.7 millones de pobres adicionales) y que la pobreza extrema aumentará en 2.6 puntos porcentuales (casi 16 millones adicionales), siendo México, junto con Nicaragua y el Ecuador, las naciones más afectadas. El Tren maya y el Transístmico no son proyectos para un periodo de “vacas flacas” como el que nos dejará la Covid-19. El gobierno actual ya hizo su tarea al mostrar a varias de las comunidades de la región las bondades del proyecto. Ahora debe esperar a que ellas, libremente, construyan los consensos: que los convencidos hablen con los disidentes, sólo de esa manera será verdaderamente su proyecto. De otra manera los disidentes, en este momento, impedirán su construcción. Esos proyectos, que pueden ser muy hermosos, debemos reservarlos para mejores años.

El dinero que la interrupción que tales proyectos ahorrarían podría emplearse en el apoyo de proyectos de producción de energía renovable. Por poner sólo un ejemplo, si la refinería de Dos bocas está estimada en 6 mil millones de dólares[14] y la restauración y modernización de las seis refinerías existentes cuesta sólo la mitad,[15] con los 3 mil millones restantes podrían instalarse, aproximadamente —tal y como me informó el Ing. Marcos Baeza (Grupo Cosein)— 320 mil instalaciones fotovoltáicas de 5KWp (válidos para otras tantas tiendas, restaurantes o residencias cuyo consumo diario ronde los 20 KwHr/día). Toda esa electricidad, que se inyectaría a la red en las horas de mayor consumo (durante el día) permitiría al país no solamente cumplir sobradamente con su compromiso ante el Acuerdo de París sino que aportaría importantes recursos a la nación (pues el Watt fotovoltáico es más barato que el derivado de combustibles fósiles) y, además, orientaría claramente a la nación mexicana en la vía de la generación sostenible de la energía.

Asimismo, es mucho mejor ambientalmente, y más rentable económicamente, que México se encamine en la instalación de una o varias plantas de producción de paneles fotovoltáicos, de industrias que fabriquen baterías de litio, de empresas que produzcan volantes de inercia para almacenar la energía, de microeólica, de microhidráulica, de plantas de energía maremotríz y demás tecnologías de energía renovable.

No olvidemos que México posee un estupendo asoleamiento, vientos sostenidos en buena parte del país, así como amplias costas y ríos donde pueden instalarse generadores microhidráulicos. Asimismo, sería socialmente muy loable la promoción de los sistemas acuapónicos para la producción de alimentos, como la producción de vehículos biohíbridos (eléctrico/metabólicos) para la movilidad urbana (de lo cual trataré en la entrega de la próxima semana).

Este tipo de proyectos no sólo evitará que buena parte de los mexicanos se hundan en la pobreza que nos dejará la Covid-19, sino que los convertirá en, como indicó el Dr. Víctor Toledo, en “prosumidores” (y ya no en “consumidores”), es decir, en ciudadanos capaces de generar la energía que requieren y autónomos en movilidad urbana.

Luis Tamayo Pérez

[1] Leff, E. (2020), A cada quién su virus, en HALAC – Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña, Revista de la SOLCHA, 22 de abril de 2020.

[2] La transición energética de México I/II, En la lupa, 13 de mayo de 2020.

[3] Toledo, V., “La Transición energética y la 4T”, La jornada, 14 de enero de 2020.

[4] Ibidem.

[5] Toledo, V. (2019). Los civilizionarios: repensar la modernidad desde la ecología política. México: Juan Pablos Editores.

[6] Leff, 2020, p. 2.

[7] ITDP (2012). Transformando la movilidad urbana de México. México: ITDP/Embajada Británica en México.

[8] En México, en apenas dos décadas, el incremento de KRV (Kilómetros-Vehículo-Recorridos) se triplicó, al pasar de 106 millones en 1990 a 339 millones en 2010 (ITDP, 2012: 7).

[9] ITDP, 2012, p. 8.

[10] Galindo, L. M. (2009), La economía del cambio climático en México. México: SEMARNAT/SHCP.

[11] http://www.oceanfutures.org/news/blog/Derrame-de-petroleo-del-Deepwater-Horizon-5-anos-de-secuelas

[12] https://piedepagina.mx/comunidades-de-calakmul-ganan-amparo-contra-tren-maya/

[13] CEPAL (2020), El desafío social en tiempos del Covid-19, CEPAL, ONU.

[14] http://ciencia.unam.mx/leer/831/nueva-refineria-gran-reto-para-mexico

[15] https://www.forbes.com.mx/modernizar-las-seis-refinerias-de-mexico-requiere-3000-mdd-rengen/

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