Cartas desde la cuarentena

Volver al origen – Jaqueline Pérez-Guevara

El titulo resume mi situación actual y la de muchos sobre la tierra. Volver al origen ¿en qué forma? En todas. Supongo que cuando una persona se enfrenta a un acontecimiento que cambiará el curso de su vida, muchas veces ni siquiera lo sabe. Supongo también que cuando una persona está frente a una situación histórica que vuelca el porvenir, tampoco.

Estoy segura de que este no es uno de mis textos más brillantes, pero si uno de los más honestos. No se acerca a una crónica (una de esas que a veces pulo durante tantas horas y días) pero es una concatenación de ideas, palabras y de todos esos verbos que tal vez intentan pronunciar inútilmente lo que vivo y lo que siento.

“Volví a ese amor incondicional y risas con mi familia en este espacio que tanto quiero.”

Pues bien, para mí en muchos sentidos, la pandemia fue volver al origen. En un parpadeo, me encontré frente a una serie de imágenes tan distintas y a una rutina cambiante.

Regresé al origen, volví a mi casa en Chihuahua junto a mis padres y hermano como cuando era pequeña. Regresé a mi casa, a mi teclado empolvado, a mi mural bañado de colores, a todas esas ideas, historias y sueños que surgieron en esas cuatro paredes y que cargo siempre conmigo. Volví a emocionarme con algunos detalles simples de la cotidianidad que me emocionaban y que había olvidado. Regresé a las tardes de café en el patio, a mis fotos y postales, a mis libros favoritos atesorados. Volví a ese amor incondicional y risas con mi familia en este espacio que tanto quiero.

 

“Regresé al origen, volví a mi casa en Chihuahua junto a mis padres y hermano como cuando era pequeña. Regresé a mi casa, a mi teclado empolvado, a mi mural bañado de colores.”

Volví al origen. A mi tierra desértica, a mi antigua recámara y a preguntarme: ¿qué tanto he cambiado? ¿qué tanto mejoré o empeoré? ¿qué tanto conservo un dejo de esa persona que dormía aquí hace casi 10 años? Y creo que todos tenemos que regresar al origen en esta época, a preguntarnos que tanto si, que tanto no, que tanto esta pausa obligada nos deja regresar a nosotros mismos y aprender.

Nos enfrentamos a una ruptura, en el tiempo, en la historia, en todo lo que conocemos. Estamos pasmados ante un futuro incierto, ante un pasado que parece ahora lejano y desconocido. Estamos en un presente perpetuo que se estira, que se prolonga y que nos tiene pendientes de un hilo.

Más allá de tablas, gráficas y cifras interminables, es imposible sacarse de la cabeza esas miles de historias que rondan a nuestro alrededor.

Como la historia en la que extrañan a su mamá, pero sólo la pueden ver de lejos. En la que una pista de patinaje aguarda llena de cadáveres; o esa en la que tuvieron una crisis de ansiedad por estar días enteros solos en su apartamento. Es imposible ignorar cuando a mis amigos les explota la cabeza porque están pensando cómo hacer para no despedir a los empleados de su empresa y que no se vaya a quiebre. O que no pudieron graduarse o tener su boda.

“Nunca he podido ser indiferente a las historias de los demás y soy fiel partidaria de la esperanza, soy de los intensos que no se rinden; de aquellos que con cada obstáculo deciden vivir el hoy, aprender de las llagas que el tiempo y los desaciertos producen en la piel.”

No se pueden dejar de lado esos relatos que inquietan de los cadáveres tirados en el patio de las casas; del padre que murió en un país lejano o del tío que no tendrá funeral. Tampoco ese miedo a que nazca tu hijo y dar a luz en el hospital; o a quedarse varado en un país que no es el tuyo y no saber cuándo regresar. Menos se puede ignorar a esas mujeres que por protegerse de la pandemia descubren en casa a su peor enemigo; o aquellos muchos que no tienen dinero para comer, para sobrellevar un mañana. Tampoco el adiós que se dio a muchas metas; o la ira inmensa que invade a esos que despidieron. El miedo de salir de casa o a caminar. El miedo a lo incierto, a no saber qué vendrá.

Esas historias cuando se extraña tanto el abrazo o los labios de una persona, que cuentan los días para que todo termine. O en aquellas donde se aplaude; donde las personas están donando comida, donde volteamos a ver al vecino, a las personas que viven con nosotros. Cuando descubrimos cosas maravillosas de los que siempre están junto a nosotros y de uno mismo.

Son en realidad más que las cifras y curvas esas historias buenas y malas las que nos hacen regresar al origen.
No a lo superficial, sino a lo que en realidad importa y que tal vez perdimos de vista, al presente, a las relaciones humanas, a la salud, a la vida misma. Y creo que en este punto es tan válido ser esperanzado como no serlo, porque cada persona se encuentra enfrentándose a un hoy tan distinto al nuestro.

“No se pueden dejar de lado esas historias cuando se extraña tanto el abrazo o los labios de una persona, que cuentan los días para que todo termine. O en aquellas donde se aplaude; donde las personas están donando comida, donde volteamos a ver al vecino, a las personas que viven con nosotros. Cuando descubrimos cosas maravillosas de los que siempre están junto a nosotros y de uno mismo.” Foto: Santos Mendieta

Supongo que es normal que muchos sentimientos nos invadan. Nunca he podido ser indiferente a las historias de los demás y soy fiel partidaria de la esperanza, soy de los intensos que no se rinden; de aquellos que con cada obstáculo deciden vivir el hoy, aprender de las llagas que el tiempo y los desaciertos producen en la piel.

Con todo lo que está pasando, con esta conmoción mundial de la que somos parte, con estos cuentos buenos y malos, regresamos. Muchos de nosotros volvemos a pensar en todo eso compartimos y aquello que nos hace falta; que tan solos o acompañados estamos, que tan felices o tristes, que tan privilegiados. Pensamos en todo aquello que el ritmo apresurado de esa rutina no nos concede permiso.

Extrañamos ahora los detalles simples, eso de besar y abrazarse, de ir con los amigos, de bailar. Extrañamos esa libertad que nos permitía viajar de un lado a otro, caminar, tomar un café, ser protagonista del presente y forjadores de cada capítulo. Tenemos tiempo, pero parece que no podemos hacer mucho.

Regresamos al origen, a eso que nos hace realmente sentirnos vivos. Siempre he creído que más allá de conocimientos, de títulos o grados, somos personas. Nos mueve algo humano. Somos historias. Por eso volvemos dentro, al inicio, a eso que en realidad nos conmueve y conmociona, que nos hace levantarnos día con día, que nos motiva a intentarlo una y otra vez pese a caer. Tenemos que regresar.

“Regresamos al origen, a eso que nos hace realmente sentirnos vivos. Siempre he creído que más allá de conocimientos, de títulos o grados, somos personas.”

Descubrir de nuevo aquello primario que nos hace latir con fuerza el corazón, que nos hace sentirnos más vulnerables y menos repletos de miedo. Nos lleva al origen de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que queremos ser.

¿Qué hacíamos antes de la pandemia? ¿Realmente vivíamos? O mejor aún es preguntarse ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo estamos construyendo todo esto? ¿Cómo vivimos cada día de nuestra existencia?

Parece que olvidamos que la muerte nos acompaña durante toda la vida, silenciosa y participe de cada capítulo de nuestra existencia hasta que nos tenemos que ir. La pandemia, la enfermedad, la perdida, la pausa y ruptura a la que nos enfrentamos nos hace cuestionarnos, nos hace respirar profundo y observar que tan bien o que tan mal está todo en nuestra vida. Tenemos presente que debemos hacer, cómo debemos continuar y qué es aquello que valoramos ahora.

“Nos enfrentamos a una ruptura, en el tiempo, en la historia, en todo lo que conocemos. Estamos pasmados ante un futuro incierto, ante un pasado que parece ahora lejano y desconocido. “

Creamos de la crisis, generamos una nueva perspectiva, construimos. Es una vuelta al origen de lo que somos, de lo que callamos mucho tiempo, de lo que es necesario hacer. Nos preguntamos miles de cosas, algunas que serán una duda indefinida y otras de las que tenemos las respuestas. Nos preguntamos con quien queremos construir el presente, con que amigos, con que socios, con que familiares, con que pareja: nos preguntamos si queremos seguir haciendo lo que hasta ahora o cambiaremos.

Construir implica volver al origen para conocernos, para ver qué es lo que buscamos, que es lo que somos. Implica regresar para ver y ser fieles a nosotros. Honestos y evitar mucho de lo que ahora padecemos, construir un mejor lugar, un mejor hoy y un mejor yo.

Construiremos volteando hacia adentro, a nuestra esencia, hacia aquello que realmente amamos y disfrutamos más allá de lo exigido por la rutina y la cotidianidad.

Jaqueline Pérez-Guevara, promotora cultural, estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana. Es Premio Estatal de la Juventud (Chihuahua) en Expresión Artística. Electa por Foro We como una de las 60 mujeres jóvenes destacadas. Ha escrito para medios nacionales e internacionales. En Querétaro dirige Casa Fábula, un proyecto que busca ser un espacio de encuentro y difusión del arte.

Facebook: Jaqueline Pérez-Guevara

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