Antulio Sánchez - La caza de los bits

Virtualización diaria – Antulio Sánchez

Desde los años noventa del siglo pasado, con la primera etapa de masificación de internet (derivada de la creación de la Web), y con la aparición de diversas tecnologías como la realidad virtual, se empezó a hablar del proceso de virtualización que vivía la sociedad contemporánea.

Trabajos como los de los franceses Pierre Lévy (¿Qué es lo virtual?) y Philippe Quéau (Lo virtual. Virtudes y vértigos), escritos en la primera mitad de la última década del siglo XX, fueron pioneros en constatar el imparable proceso de virtualización que se daba en los campos de la comunicación y la información.

Lévy señaló que gracias a las múltiples interfaces que potenciaban la ampliación de la esfera comunicativa, no sólo se generaba un nuevo ecosistema mediático, sino un proceso de virtualización que afectaba a los cuerpos, la cognición, las finanzas, la economía, la salud, la educación, los aspectos comunitarios o colectivos, lo empresarial, la vida pública y la democracia, etcétera.

Desde las ciencias sociales, particularmente desde las humanidades, se lamentó el proceso de virtualización porque desnaturalizaba las prácticas humanas, porque fracturaba la esencia de lo que es ser humano y porque se partía de que el cemento comunitario sólo es factible con la presencia física.

Prácticamente, algunos no sólo pusieron el grito en el cielo, sino que hablaron de la llegada del apocalipsis y de la corrupción de las relaciones humanas.

No obstante, esta perspectiva fue rota en buena medida en el presente siglo, con la llegada de las redes sociales, que son parte de la segunda e intensa ola de masificación de internet, que trajo consigo que las nuevas generaciones dejaran de considerar la pantalla, como había visto en sus trabajos pioneros Sherry Turkle (La vida en la pantalla), como mera dimensión virtual, al grado que la llegada del smartphone, la cuarta pantalla (Tim Wu, Comerciantes de atención), fracturó tales consideraciones, ya que las nuevas generaciones partían de que las representaciones digitales eran una forma más en que se expresa la realidad. Fue este momento, también, en donde el concepto de virtualización fue sustituido por el de digitalización.

Por si eso no fuera suficiente, la llegada de la emergencia sanitaria puso el último clavo en esas consideraciones negativas de lo virtual, ya que la renuencia al teletrabajo o home office de algunos gobiernos o empresas, se vio trastocada de manera que lo que era falso u opuesto a la esencia laboral (lo virtual), en realidad se volvió un valioso aliado, un recurso efectivo para continuar el proceso laboral.

Hoy los gobiernos de todo el orbe han acudido justamente al proceso de digitalización que gestan las nuevas tecnologías para usarlas como recursos sanitarios, para que las personas guarden la distancia, para que sigan estando al mismo tiempo cerca a través de las interacciones y las pantallas.

La vida cotidiana ha terminado colonizada por las prótesis digitales, al grado que pueden festejarse teledistanciadamente cumpleaños, hacer inauguraciones artísticas, manifestaciones religiosas, sesiones judiciales, recorridos por museos… mostrando el vigoroso músculo de la digitalización.

Además, estas dimensiones de interacción han terminado por validar lo que Manuel Castells (Comunicación y poder) ha referido en el sentido de que la comunicación es la necesidad primordial para las sociedades en los tiempos que corren. Pero también de forma paradójica, la digitalización ha llevado a una especie de saudade, de nostalgia por el contacto físico.

Sin embargo, la manera en que se usaron estos recursos de interacción fue desigual. El sector educativo es un ejemplo de ello, ya que por un lado se usaron diversas aplicaciones (Zoom, Hangout, Houseparty, Jami, etcétera) para generar una educación a distancia, pero también mostraron sus limitaciones: por un lado varios profesores fueron lanzados de golpe a un proceso digital sin experiencia previa en el manejo de estas tecnologías, la mismas escuelas habían descuidado este rubro y nunca lo habían usado en tiempos normales para explorarlas como recursos educativos. Lo peor fue que evidenció la desigual manera en que se vive la relación con las emergentes tecnologías: incluso alumnos de varias instituciones universitarias no tenían la infraestructura para una educación a distancia, ya que algunos sólo contaban con su celular, que para situaciones como la actual son insuficientes para una real teleducación.

Así, el Covid-19 vino a ser el factor para que los sectores que todavía veían a las tecnologías digitales como expresión de algo negativo, hayan terminado por aceptarlas, e incluso por usarlas, pero al mismo tiempo evidenció que todavía nos falta un buen trecho para impulsar sólidamente el uso de las nuevas tecnologías y aprovecharlas de forma más eficaz.

A pesar de eso, lo que está claro es que esta situación de emergencia sanitaria al final reafirma lo advertido tiempo atrás por Lévy: la virtualización que hoy se vive no es más que la firme expresión del proceso de hominización.

Antulio Sánchez

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