Alfonso de la Torre - Con-Sciencia

Riesgos de la reclusión por el Covid-19 – Alfonso de la Torre

La cuarentena tiene algunas ventajas relativas, sí… pero también tres enormes daños existenciales que pudieran llegar a ser profundos. Al recluirnos, como dicen los epidemiólogos, evitamos el contagio masivo que saturaría los servicios sanitarios, ciertamente, o como dicen los expertos en estadística, achataría la cresta extendiendo los contagios en el tiempo para poder proporcionar atención médico hospitalaria a mayor cantidad de enfermos.

No soy ni médico, ni actuario y poco entiendo de esos detalles técnicos. Lo que sí entiendo es que al recluirnos ponemos en riesgo, si no estamos conscientes de ellas y las practicamos para reforzarlas, tres características auténticamente humanas: espiritualidad, laboriosidad y colectividad.

Me explico: por nuestra esencia, los seres humanos somos seres espirituales experimentando una vida humana, como dice Pierre Teilhard de Chardin.

La espiritualidad

Mucha gente confunde espiritualidad con religiosidad, pero lo espiritual es salir de mí para-ser-en-ti, es estar-contigo, realizarme junto-a ti. Lo humano es inter-relación, es ser en la medida que soy en los otros, a través de los otros y para los otros, como dijo Aristóteles. Es decir, «espiritualidad no es pensar en Dios sino sentir a Dios como el vínculo que pasa a través de todos los seres, interconectándonos y constituyéndonos, a nosotros y al cosmos» como explica Leonardo Boff. Espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la relación, la vida, la comunión, la subjetividad y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más abiertos.

«La espiritualidad tiene un aspecto objetivo, el sentido; y un aspecto subjetivo, la existencia, lo específicamente humano», dice Viktor Frankl, y ambos aspectos coinciden en lo espiritual.

La reclusión, la segregación, la separación de los otros obstaculiza el aspecto subjetivo del espíritu: la experiencia de otros, en otros y por otros. Espiritualidad es la capacidad de inter-relación que todas las cosas y todas las personas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas. Y si la detienen, si nos requieren dejar de inter-relacionarnos, si dejamos de convivir con otros, aunque sea para preservar la salud fisiológica nuestra y de otros, violentan y violentamos, alteran y alteramos nuestra naturaleza. Por ello debemos incrementar nuestros esfuerzos de inter-relacionarnos íntima, consciente y voluntariamente con quienes estamos conviviendo el confinamiento y aprovechar las ventajas tecnológicas para relacionarnos, al menos virtualmente, subjetivamente, con quienes nos interrelacionamos en condiciones normales, humanas, de no contingencia sanitaria.

La laboriosidad

La laboriosidad es la segunda característica auténticamente humana; es perseverancia y esmero en el trabajo. Cuando falta o se interrumpe como en la crisis sanitaria ocasionada por la pandemia, los seres humanos experimentamos la pérdida de nuestra esencia de homo faber, el ser que por naturaleza fabrica, que trabaja, que en ello encuentra el para qué de la existencia. Esto expresa Génesis 2:15 «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara», es decir, para que lo trabajara, para que le diera sentido a su existencia. Y es tan trascendente el trabajo que Juan 5:17 refiere esta condición a la naturaleza misma de la divinidad: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo»… el trabajo y la realización a través del trabajo fue la segunda característica esencial inculcada en nuestra naturaleza humana… el “castigo” lo consignaron los Eloístas 450 años después (Génesis 3:19), que no es ni el tema del que estamos hablando, ni lo considero castigo ¡todo lo contrario! Por ello y para ello, debemos seguir trabajando en la cuarentena, y no sólo haciendo “home office”; trabajo también es barrer y trapear, cocinar y lavar trastes; y limpiar ventanas y patios; y cocinar, y tender camas, y lavar y planchar, y realizar todas aquellas tareas y quehaceres que no son exclusivos de las mujeres, sino labores, quehaceres, trabajos domésticos de todos los seres humanos que nos jactamos de promover y propiciar el bienestar… primero de nuestro núcleo familiar y luego de la comunidad.

Entendido así, el trabajo doméstico no es “para ayudarle a la esposa o a la pareja”: es para realizar nuestra propia naturaleza y aportar nuestra participación activa corresponsable en el bienestar de todos los seres humanos que constituyen la familia, además para ejercer la verdadera autoridad paterna, que consiste en el ejemplo puesto al servicio de la esposa o la pareja, de los hijos y de los demás. ¡Qué mejor oportunidad de realizar trabajo familiar que la reclusión en casa!

La colectividad

Y, por último, el confinamiento afecta nuestra necesidad natural de vivir y convivir en comunidad, de experimentar nuestra esencia social, nuestra vocación de involucrarnos e interactuar en la promoción y aseguramiento del bien común. Estar aislados, recluidos, alejados es un sinsentido, a menos que lo hagamos por la convicción de que así coadyuvamos a paliar el mal en nuestra comunidad y el daño a otros.

Si no podemos conectar con las personas, aislados, idealizaremos y pondremos en un lugar de salvación divina a cualquier cosa que encontremos; el mundo de juegos on-line, el alcohol e incluso las drogas, la adrenalina de la violencia intrafamiliar… pretendiendo protegernos de un entorno que cada vez más se percibe como indiferente u hostil.

La falta de conexión humana es como una prisión sin muros. Por ello, desde el confinamiento, busquemos la manera de contribuir al bienestar de otros: atendiendo las necesidades de la esposa, auxiliando a los hijos en las tareas, jugando con ellos para entretenernos todos juntos, llamándole al amigo y estando al pendiente de nuestros conocidos que viven solos, dejándole a la puerta una despensa a la familia menos afortunada que nosotros, organizando un grupo virtual de ayuda mutua, comprándole flores al viejecito que toca a la puerta, porque necesita trabajar para comer, apoyando la propuesta publicada por una amiga que concita la conciencia colectiva a ser mejores…en fin, participando, compartiendo, apoyando, animando, acompañando desde la reclusión.

Comprender y practicar estos tres aspectos, espiritualidad-laboriosidad-colectividad, y ayudarles a nuestros hijos a entenderlos y vivirlos, sobre todo vivirlos, que los valores no se enseñan, se practican, es transformar nuestras familias, es avanzar unos pasitos hacia el más ser personal y colectivo, es ser mejores siendo, es aprovechar el confinamiento para pensar en las necesidades de otros, es hacer algo por otros para poderme realizar yo mismo en el servicio a los demás.

Comprender y practicar esto nos mantiene en forma y nos prepara para regresar “a la normalidad” de antes, que no será igual; pero humanizando, espiritualizando, un poco más la vida después del confinamiento: «El fenómeno espiritual revela un paso gradual y sistemático de lo inconsciente a lo consciente, y de lo consciente a lo autoconsciente. Es un cambio de estado cósmico», dice Teilhard de Chardin y la reclusión por la pandemia del Covid-19 nos brinda la posibilidad de espiritualizarnos… ¡Aprovechemos la oportunidad!

 

Alfonso de la Torre

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