Antulio Sánchez - La caza de los bits

Twitter y Trump – Antulio Sánchez

Estos han sido días intensos, en donde se han mostrado los desencuentros entre las empresas tecnológicas y el poder en Estados Unidos. Eso empezó en días pasados con la muerte de George Floyd, después de ser derribado por un policía blanco, que mantuvo su rodilla en su cuello durante varios minutos hasta asfixiarlo, lo que se hizo viral en la redes sociales.

Gracias a que la escena fue videograbada por algunos transeúntes de la ciudad de Minneapolis que presenciaron el asesinato de Floyd, los videos se propalaron de inmediato por las redes sociales y dieron paso a un intenso movimiento de protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos, pero también en otras partes del orbe.

En ese contexto, el viernes 29 de mayo Twitter ocultó un post de Donald Trump, en donde amenazaba con enviar al ejército a Minneapolis, donde comenzaron las protestas, e indicó que si había saqueos se comenzaría a disparar. Eso desató una «batalla» entre Twitter y Donald Trump, que ha quedado opacada por las protestas que se despliegan en las calles de varias ciudades de Estados Unidos, pero que es relevante para el futuro de internet.

Hay tres cuestiones que vale la pena destacar en este affaire: en primer lugar, el uso que hacen los activistas y ciudadanos de las plataformas sociales para articularse e informar de las acciones que emprenderán para ejercer su derecho a la protesta, un ejemplo de ese intenso activismo que se ha dado en estos días, lo representa la fuerza que ha adquirido el movimiento Black Lives Matter; o el sitio de Bellingcat, que lleva a cabo un periodismo ciudadano y da cuenta de situaciones violatorias de derechos humanos.

En segundo lugar, está el uso que hace la misma policía de diversas ciudades de Estados Unidos, que se apoya en los medios sociales como herramientas de monitoreo e identificación de los manifestantes.

La tercera cuestión, y que no es baladí, es este conflicto entre Trump y Twitter, que puede derivar en un cambio de reglas en el uso de las plataformas digitales en territorio estadunidense, pero que tendrá efectos en los usuarios y los derroteros de internet en otras zonas del planeta, y que trataremos en estas líneas.

Twitter había referido, recientemente, a principios de junio que había introducido nuevas normas y etiquetas de advertencia y mensajes de verificación de hechos con el fin de combatir las noticias falsas, o contenido que impulse aspectos xenofóbicos, o que afecten procesos cívicos.

Pero no deja de ser extraño que Twitter implemente estos criterios en estos momentos, ya que desde tiempo atrás no había aplicado sus propias reglas, e incluso en esta ocasión no eliminó el mensaje de Trump, como sí ha hecho con otros usuarios, sino que sólo agregó un enlace de verificación de hechos, pero eso fue suficiente para ponerle un freno al mandatario estadunidense que se ha cansado de difundir noticias falsas en esa red social.

La respuesta de Trump no se hizo esperar, primero acusó a la empresa de coartar la libertad de expresión, de vulnerar la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, y firmó una orden ejecutiva que, entre varias cuestiones, establece una revisión de los dispositivos de operación de las plataformas digitales, y de ser factible la eliminación de los mecanismos legales de protección de que gozan al estar exoneradas de ser sancionadas por los contenidos publicados o eliminados de sus plataformas.

Trump ha considerado que Twitter y otras plataformas han demostrado tener un “poder sin control para censurar, restringir o editar” los contenidos que publican, por lo que dio dos meses al Departamento de Comercio para que proponga a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) que se hagan las correspondientes reformas al respecto, lo que de entrada luce difícil de que se logre en la medida que la FCC es un órgano independiente.

Como es sabido, este mecanismo de regulación de las plataformas sociales viene de tiempo atrás, cuando internet en su etapa de Arpanet se regía a través de la autorregulación, que fue la vía de la cual echó mano la comunidad pionera de internet para armonizar las prácticas de la tribu que confeccionó el ciberespacio, construyó la arquitectura digital y el mismo comportamiento en línea.

Sin embargo, fue hasta 1996, con la Ley de Decencia de Comunicaciones (Communications Decency Act), que se le dió un estatuto jurídico al asentarse en la sección 230 que los sitios y plataformas digitales que moderan contenidos de terceros, tuvieran un mecanismo legal que les otorgaba inmunidad para autorregularse, lo que por supuesto no les ha valido en territorio europeo en donde tienen que ceñirse a las normas imperantes en los países que conforman la UE.

Lo cierto es que en el actual ecosistema mediático, Facebook, Twitter, Google y otras plataformas más juegan un papel esencial en informar (y también en desinformar porque son los canales por los que circulan mayoritariamente las fake news), y por donde ha florecido el activismo social en los últimos años.

La actuación de las plataformas digitales debe ser observada, cuestionada, sus procederes deben ser mucho más transparentes y sus mecanismos de autorregulación deben ser más robustos, pero, como dice Rebecca Mackinnon, también son los canales en donde se efectúa la vida pública y la más clara evidencia de la libertad de expresión en los tiempos que corren, de ser los disparadores de activismo y protestas sociales, tal como lo corroboran las protestas que se derivaron del asesinato de George Floyd.

De lo que suceda con las redes sociales en Estados Unidos en el futuro cercano y mediato, también dependerá, como la experiencia nos ha enseñado, lo que acontezca en nuestro país en el campo de internet.

Antulio Sánchez

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