Cartas desde la cuarentena

Gabriela: el sueño neoyorquino que ni el coronavirus pudo frustrar – Mercedes Cortés

Para Mercedes Mora, capitana de esta nave, por su cumpleaños.

Con el cielo negro suena el despertador; son las seis de la mañana, el impulso por comenzar tus actividades te recuerda a tu época de secundaria, la ilusión de un nuevo día relega los efectos de una larga deuda de sueño.

Abandonaste la computadora hace poco menos de cinco horas con el primer borrador de tu ensayo sobre El Greco. En examinar “Laocoonte y sus hijos” se te fueron las horas. Fuiste rigurosa con la paleta de colores, los personajes, los planos, el ambiente, su mundo subjetivo.

Pero no lo terminaste. Sientes como la ansiedad, caudalosa, se arremolina. Te apartas de tus pensamientos para comenzar el día 220 del posgrado, el día 113 de la epidemia en Estados Unidos.

Todavía no sale el sol; pero tampoco saldrá a las 9:00, ni a las 10:00; ni siquiera al mediodía. Hace varios meses que el sol no sale en Nueva York.

Preparas el primer expreso del día y mientras brotan los aromas de la cafetera miras por la ventana para confirmar que el silencio de tu cuarto es el mismo que conquista las calles de Brooklyn. Lo que antes era la urbe cosmopolita, la ciudad brillante poblada por personas de muchos colores y perspectivas plurales viró en pocas semanas a sus antípodas: una ciudad lúgubre cuyas calles nadie envidia transitar.

Dispuesta a afrontar la ofensiva, lo ponderas y te vas por el ángulo optimista: el silencio es un aliado para estructurar tu proyecto final. Mentalizas nuevamente el marco conceptual: la desigualdad es el eje central pero ¿cómo hacer para que el lenguaje gráfico no se contamine de los estereotipos que definen la riqueza y la pobreza? Ya es un tema desgastado, contrapones. Pero luchas por imaginar una imagen simbólica que ate con claridad la línea conductual.

El expreso está listo. Es el momento de abandonar el pensamiento que no te lleva a ningún lugar. Hoy, aquí, en este cuarto en el que no cabes posada en horizontal sobre el piso, te propones concluir el andamiaje de tu proyecto.

El coronavirus no aminora la determinación de presentar 15 obras en gran formato. Pero, ¿cómo vas a terminar tu proyecto final en un cuarto donde se escapan tus ideas por tener que vivir de un respiradero?  Siempre has sido obstinada, pero en esta ocasión la intuición te dice que éste no es lugar para que se desarrollen con justicia tus deseos.

Recuerdas la sensación que te produjo tu primera clase como becaria en la New York Academy of Art. Recuerdas con nostalgia, que llegaste el 28 de septiembre del 2019. Recuerdas con cariño, que partiste ese mismo sábado de Querétaro con la cabeza repleta de versiones sobre tu primera clase del posgrado en Certificate of Fine Arts.

¡Qué recuerdo tan nítido y entrañable!Tu primera clase fue en el sótano de la Academia. Cuántas modelos y esculturas. Sin duda, es el lugar más increíble del mundo, pensaste.

Te sientas en la cama y giras a la izquierda para ver tu taller. Te esfuerzas por encontrar las ganas de explorar alternativas de la talla de tus ambiciones. No puedes abandonar el cuarto en el que vives y te punza la nostalgia de los días en los que, con libertad, te proponías conquistar la Academia más de 10 horas al día. ¿Alguien, en algún lugar del mundo, reflexionará sobre lo agobiante que es el confinamiento para un creador?, piensas inmóvil.

Sorprendida por la hora, aplazas tus cuestionamientos y sales de tu cuarto para bañarte y aprovechar las cinco horas que te sobran antes de que Liza, Liz y Channon, tus compañeras de departamento, comiencen sus actividades e irrumpan tu tranquilidad.

Vuelta a tu habitación te enfrentas al caballete y continúas el autorretrato. Te miras en el lienzo mirando al espectador en un ambiente vegetal monocromo. ¿Es la influencia de Degas, tu artista favorito, la que se asoma inconsciente en la mirada que implora complicidad y comprensión? Auscultas, sin tu total consentimiento,tus sentimientos. Sabes que algo se revela y te emerge de las entrañas, de súbito, un temor.

Abres la ventana para inhibir la ansiedad y contemplas un día con poco sol. Recluida, tomas aire y sacas las manos, negras de grafito y carboncillo, para hacer ondas en el viento tranquilo de 5th Avenue de Brooklyn.

Te invade el anhelo de tus gustos y prácticas de antaño. México y todo lo que extrañas de él. Tu papá, tu mamá… tu adorado Dante. Cómo quisieras llegar a abrazarlo y decirle que desde hace días tienes un mal día; que vives junto a toda la humanidad una sombría etapa que llegó en el instante preciso para eclipsar tu sueño.

Pero no tienes tiempo para eso. La modalidad virtual es aún más extenuante que las clases presenciales, –por insospechado que parezca–. No vivir el proceso de aprendizaje en Tribeca es para ti una enorme decepción, sin embargo, aún te exaltan las críticas y felicitaciones de tus profesores por Internet.

En una hora y media comienza la clase en línea. Te retrotraes. Tienes que estar fuerte y concentrada para el reto de hoy. Apilas los materiales a un lado de tu taza de café. Miras confundida el autorretrato abandonado y te diriges a la computadora para terminar el ensayo sobre El Greco.

Al fin terminas, con el tiempo justo y con la acostumbrada insatisfacción que te producen tus niveles de exigencia, lo firmas: Gabriela Cortés Mora, te arreglas el cabello y te conectas. Es la clase de anatomía y dibujo estructural con el profesor Evan Kitson.

Compartes con la misma intimidación que azora a quien es obligado a desnudarse en público, tu dibujo con los resultados de la lección anterior. Justo antes de que Elaine, una de tus tres compañeras latinoamericanas, desde su casa –a miles de kilómetros de Nueva York–, habilite su cámara para mostrar su versión.

Tus tres compañeras latinas, sudamericanas, cedieron ante la intimidación del coronavirus en Nueva York, la ciudad que tuvieron a mal catalogar como el epicentro de la pandemia en el mundo. Emprendieron en la primera oportunidad su retorno a casa. Tú, por el contrario, sabes que estos vientos de adversidad pasarán, que son transitorios, como lo es un eclipse. Y así, inquebrantable como siempre has sido, sujetas con fuerza la empuñadura dispuesta al combate.

Son las 5:00 de la tarde, consultas el menú virtual de los pocos restaurantes que brindan servicio por la zona. Te decidiste por unas enchiladas verdes hechas con tortillas que no saben a tortilla y con un insípido intento de salsa que no sabe ni a chile ni a tomate. Le restas importancia, las pides y esperas que lleguen a la puerta de tu casa. Cuando termines de comer finalizaras la transcripción y esquematización de tu proyecto.

Lo visualizas terminado, en el montaje, con una museografía que respete la narración del mensaje con la misma consideración hacia los elementos gráficos y las características de la plástica. No te cuestionas cuándo, ni dónde se cristalizará la exhibición, pero algo es definitivo: serán quince obras en gran formato.

Es la medianoche del día 250 del posgrado, el 143 de la epidemia, será mejor que duermas antes de que el despertador te indique que son las 6:00 de la mañana, que “ya es hora”, como te decía tu mamá al levantarte a ti y a tu hermana para ir a la escuela. Antes del mediodía de mañana debes entregar tu ensayo sobre Alberto Durero. En analizar la simbología y la distribución de los elementos de “Melancolía” se te fueron las horas.

Dicen que a comienzos del próximo mes regresarás a tomar algunas clases presenciales.  El sol comienza a destellar  en Nueva York.

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