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Llanto de junio: padres e hijos arrebatados por la violencia

Guillermo Castillo, Centro Universitario de Periodismo de Investigación (CUPI)

Fotos: Cortesía

Celaya, Guanajuato.- Las letras chiquitas en el calendario indican que no es un día como cualquier otro. En México, el tercer domingo de junio se acostumbra a festejar el Día del Padre, momento para agradecer a los hombres de la casa y recordarles todo el cariño y afecto que se merecen. Una celebración especial, que va destinada de los hijos hacia los hombres que entregaron la vida.

Pero, ¿qué pasa cuando esta fórmula ya no es así, cuando falta una de las dos piezas? ¿Cómo sentirse padre cuando un hijo se ha ido, o viceversa? ¿qué ocurre cuando no se han ido, sino más bien cuando han sido arrebatados?

De acuerdo con datos oficiales, en los últimos seis años se han abierto carpetas de investigación para más de mil 200 homicidios cometidos en la ciudad de Celaya. Tan sólo en lo que va del 2020 han ocurrido 221 asesinatos en “La Puerta de Oro del Bajío”, seis veces más que en el municipio de Querétaro, cuya población es casi del doble.

Celaya, este 20 de junio de 2020

Por otro lado, aunque el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas se encuentre actualmente inhabilitado, Alejandro Encinas Rodríguez, subsecretario de Gobernación para Derechos Humanos, Población y Migración, estima que existen cerca de 60 mil casos de personas desaparecidas en todo el país.

“Es como si nos hubieran degollado”

Jorge era un hombre que amaba el trabajo y que salía cada día con una sonrisa a ganarse el pan para los suyos, recuerda Guillermo a su padre, a quien le arrebataron la vida en el lugar donde trabajó durante más de dos años.

Desde niño, Guillermo fue muy apegado a su padre, el respeto y cariño entre ellos jamás se ausentaron ni por un solo día. Con el labio entre los dientes, recuerda el gusto que compartían por las películas y el futbol, las idas al cine y las veces que comían a solas son los momentos que más atesora con él.

“Cenábamos cada noche en familia, diario platicábamos, le encantaba hablar sobre su trabajo, porque disfrutaba mucho lo que hacía”.

Durante los días del padre, en junio, Jorge era el “rey” de la casa. Un merecido descanso durante todo el día, que culminaba con su platillo favorito, el pastel de carne, rodeado de su esposa, sus tres hijos y sus nietas.

“Ese día lo consentíamos. A mi papá le gustaba que estuviéramos todos, le gustaba la unidad en la familia”.

A pesar del riesgo por la violencia y la inseguridad en la zona donde trabajaba, Guillermo nunca percibió temor por parte de su padre.

El jueves 2 de abril de 2020, Jorge se levantó a las cinco de la mañana y, como de costumbre, volteó a los cuartos de sus hijos para verlos dormir antes de partir rumbo a su trabajo, sin imaginarse que sería la última vez que abriría la puerta de su casa.

Esa tarde, hombres armados entraron al motel donde trabajaba y le dispararon junto a otra empleada del lugar y un huésped.

“Fue como un bloqueo, no lo podía creer, me salí de la realidad”

La familia rechazó darle seguimiento a la investigación, pues desconfían de la eficiencia de las autoridades para cumplir sus deberes. “Mi papá siempre fue la cabeza de la familia, entonces es como si nos hubieran degollado. Siempre vio por todos nosotros, ahora como hijos nos tocará trabajar el doble”.

Hace dos meses que Guillermo no tiene a su padre, los días son como losas y cada una es más pesada que la anterior. Hoy no se celebra nada, no puede haber fiesta sin el festejado, sin poder abrazarlo. “Mi papá me enseñó lo que es la palabra trabajo con hechos y me dejó mucho eso, amar y trabajar por quienes amo”.

“Me arrebataron la alegría”

Juan Augusto era estudiante de la Universidad Politécnica de Guanajuato; cursaba su sexto cuatrimestre en la carrera de ingeniería automotriz.

Tenía 19 años cuando se apagó el destello en sus ojos. Ese día, a su lado, su padre Juan José también perdería la vida a causa de la violencia en la ciudad.

Desde niño, Augusto iluminaba a la familia con su sonrisa, con sus ocurrencias. Mientras él estaba, la casa era fiesta.

“Era muy amiguero, le encantaba bailar y cantar de todo, pero más la música norteña, jugaba futbol americano a pesar de ser muy delgado. Era muy alegre de verdad, y a lo mejor muchas personas con víctimas dicen eso, pero de verdad él era muy feliz”, relata Hilda mientras recuerda la vida de su tercer hijo.

A pesar de su separación, Hilda mantiene recuerdos muy preciados de Juan José, de la época en la que estuvieron juntos. “Le gustaban mucho los caballos, los jaripeos. Viajábamos a todos lados, le encantaba ir de paseo con sus hijos, son recuerdos muy bonitos que les dejó a ellos”.

Los días del padre solían ser una entrañable tradición en la familia

“Salíamos a desayunar o comer juntos, o nos salíamos al parque. Nos juntábamos todos y nos íbamos con él, a pesar de que estábamos separados el trato era muy cordial y de mucho respeto, siempre pensando en el bien de los muchachos. Nunca dejaron de festejarle, siempre estuvieron muy cerca de su papá”.

Hilda describe la estrecha relación que mantenían padre e hijo a pesar de su divorcio con Juan José.

“Se buscaban mucho. De repente estaban muy contentos, otras veces (…) no querían verse, pero su relación era como la de cualquier padre e hijo. Ese día por casualidad o circunstancias estaban juntos”.

En la tarde del 28 de junio de 2017, Augusto regresaba de la universidad en su coche y pasó a recoger a su padre para visitar a su abuela. Esa misma noche partiría a Puerto Vallarta en su primer viaje de generación.

Al llegar la casa, sujetos armados descargaron varias detonaciones sobre los cuerpos del joven y su padre. Les dejaron heridas de muerte.

Ese día, comenzó el calvario para Hilda y su familia, el sufrimiento no termina cuando se entierra a un hijo. Las idas al ministerio público, el reconocimiento del cuerpo y el señalamiento de las personas fueron algunas de las cosas de su nueva realidad, de su nueva vida mutilada por la violencia.

“Era el alma de mi casa, la alegría de la familia, porque en realidad como él, ninguno de los otros. Era alegre, ocurrente, bromista y muy cariñoso, entonces en estos casi tres años nunca lo había dicho, pero me arrebataron la alegría”.

Hilda y su familia decidieron apartarse del proceso legal ya que no confía en unas autoridades rebasadas por la violencia y la delincuencia organizada, pero cuenta que no deja de exigir justicia y no quita el dedo del renglón para encontrar a los responsables.

“La vida sin un hijo no se construye, más bien lo aceptas y sigues viviendo, con los recuerdos, las tristezas, pero ya no se construye. Hay que hacerse a la idea de que algún día te vas a volver a encontrar con él, es la única esperanza que me queda como mamá”, expresa.

“Fue un ser que me llenó de vida, que me completó y que nunca pensé que se iba a ir tan pronto. Yo lo dejaba vivir cada momento, y me enseñó que la vida se tiene que vivir cada día, que no puedes esperar para mañana lo que puedes disfrutar el día de hoy”.

La desaparición de una hija: ningún día es bonito por más que brille el sol

Daniela vendía aguas en el mercado del Quinto Sol; estaba tomando su “año sabático” para entrar a la prepa el curso entrante. Soñaba con ser criminóloga y resolver delitos que ayudaran a la gente a encontrar justicia.

Una mañana después del 24 de diciembre, fue la última ocasión que Tere vio a su hija. Hoy, la luz de esperanza aún mantiene cálido su pecho.

Con la música a todo volumen en su cuarto, así es como Tere recuerda a Dani. Una niña extrovertida, rebelde, muy feliz y segura de sí misma para forjarse metas.

“La vida de Dani era una vida bonita, sana, no te voy a decir que era una niña ejemplar pero sí era tranquila, muy responsable, ordenada. Íbamos juntas para todos lados, le encantaba bailar, patinar. Dani era todo”.

Tere cuenta que el padre de Daniela esperaba con mucha emoción el festejo del tercer domingo de junio. Se juntaban los tíos, primos y abuelos para festejar a los hombres de la casa. Sin embargo, las circunstancias apagaron lo que algún día fue motivo de gozo.

“Dani era algo seca con su padre, pero él sabía que lo quería mucho y se lo demostraba bastante el día del padre. A partir de que Dani ya no está, para nosotros ya es un día como cualquier otro”, relata con emoción.

La mañana del 25 de diciembre de 2018, Daniela salió rumbo a la colonia Las Flores para visitar a una amiga. Teresa la notó rara, como preocupada o triste, pero su hija le respondió que sólo tenía algo de gripe. Nunca llegó a la casa de su amiga. Tenía 17 años cuando desapareció.

Su familia esperó dos días antes de interponer la denuncia de su extravío. “Sentía que alguien la tenía amenazada desde antes, pero a veces como padre uno no se da cuenta de este tipo de cosas, creemos que los hijos nos tienen la confianza para decirnos todo, pero no siempre es así”.

Teresa y su familia recorrieron “semefos” por todo el estado de Guanajuato, cada que encontraban restos de mujeres jóvenes en municipios cercanos ella iba para el reconocimiento de las señas particulares, una experiencia tortuosa por las imágenes que tenía que ver con la intención de encontrar a Daniela.

Pasó el tiempo y poco a poco se apartó de esa rutina. Ellos hacen las preguntas y te archivan. Hay “muchos” expedientes, entonces eres un número más para ellos. “Llegan más casos, y vuelven a hacer lo mismo, se olvidan de todo, el tiempo va pasando y los van dejando ahí”, manifestó.

La pesadilla no ha terminado para los padres y el hermano de Daniela, ningún día es bonito por más que brille el sol. El llanto y la desesperación los han atado como cadenas a una realidad insoportable.

“A mí me tocó ser hija y mis papás veían en mí esa vida bonita, el pensar en lo que yo iba a ser de grande. Ahora que yo estoy viendo esta vida sin Dani pienso que nada más te paras y le echas ganas a la vida, pero ya no hay un mañana. Se para todo tu destino, y es muy triste”.

Además de cargar con el dolor de no saber nada sobre su hija, Teresa cuenta que ha tenido que lidiar con personas que buscan obtener un beneficio a costa de su sufrimiento. “Nos extorsionaron como unas cinco veces, porque poníamos el número en Facebook y de ahí se enganchan para marcarte. Pero yo nunca caí en ese juego, además nunca tuve dinero para pagar un rescate. También hay personas que me dicen que la han visto, pero no es cierto, sólo son personas que quieren lucrar con tu dolor”.

Han pasado casi dos años desde la última vez que Tere abrazó a Dani, los días se escurren uno tras otro y la esperanza, aunque escasa, aún le da fortaleza para seguir buscando. “Cuando se vive esa situación de una hija desaparecido el miedo se te quita, te vuelves más fuerte. Si ya no tengo a mi hija, ¿qué más me puede pasar?, ¿miedo? ya qué, si lo que más quieres no lo tienes.”

Daniela dejó una huella profunda en la vida de sus padres. Se encuentran entre el cielo y el infierno, entre la tristeza de no tener una tumba donde rezarle, y la esperanza que al mismo tiempo les brinda esto.

Dondequiera que se encuentre, Tere mantiene su recuerdo impregnado en las paredes de su casa, fantaseando con el día que su hija abra la puerta.

“A veces uno se autoengaña, pero es la única forma de mantenerse con un motivo. Ella era sumamente más fuerte que yo. No sé dónde esté, pero esa fuerza me la ha transmitido de alguna manera, ella me ha enseñado todo eso. Pensamos que nosotros les vamos a enseñar todo, pero terminas aprendiendo de los hijos muchas cosas”.

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