Alfonso de la Torre - Con-Sciencia

La ancestral costumbre de La Guelaguetza – Alfonso de la Torre

El mes de julio en México se significa nacional e internacionalmente por la festividad de La Guelaguetza en el sudeste mexicano, pero más que nada, porque nos recuerda anualmente una de las características fundamentales de nuestra nacionalidad mexicana.

La costumbre indígena de la guelaguetza es una antiquísima tradición de los pueblos mixteco zapotecas que durante los últimos tres milenios y medio han venido celebrando una serie de rituales en honor de Centeotl, diosa de la vida que se manifiesta en el maíz tierno (los elotes), con el propósito de implorar su ayuda para que las cosechas sean abundantes, pero sobre todo para perpetuar la esencia de nuestra coherencia nacional.

Las Fiestas de los Lunes del Cerro se celebran invariablemente los dos lunes siguientes al 16 de julio de cada año en el Cerro del Fortín de la ciudad de Oaxaca y constituyen un acontecimiento en el que participa todo el pueblo, sin distinción de clases, razas o condición social, para un intercambio recíproco de apoyo mutuo entre individuos y pueblos en un marco festivo de música, canto y danza.

Entre los pueblos se intercambian memoria; entre los individuos se intercambian amistad (a la hermosa manera de la degüinemica de los ópatas sonorenses) o trabajo manual o físico, o servicios, animales, materiales o alimentos.

Los intercambios se ofrecen entre los pueblos y los individuos, en calidad de trueque, es decir, con la exclusiva intención de que el obsequio sea correspondido. En el caso de los pueblos -mixtecas, zapotecas, mazatecas y mixes- con las memorias de sus regiones, comunicadas siempre mediante la ejecución de sus danzas nativas y el colorido de sus vestidos y vistosos atuendos; y en lo individual con productos o servicios de alguna otra especie que necesite el oferente.

Tanto a la manera de realizar el ofertorio como a las ofrendas intercambiadas se les llama guelaguetza en zapoteca. Es esta, a la vez, una forma de donación y oblación individual y colectiva que exige la diosa de la vida como condición para transubstanciarse en los elotes que sostienen la vida misma de la gente; y una forma de utilizar al prójimo y a la comunidad como una especie de banco para acumular y sustraer capital social.

Los zapotecos se conocen y reconocen a sí mismos por alguna variante del término La Gente o Be’ena’a. Las implicaciones de este término son varias: “La gente de este lugar”, “La gente verdadera”, “Los que no han venido de ninguna otra parte”, “Los que siempre han estado aquí”.

Sus memorias ancestrales sobre el origen de la gente cuentan que sus antepasados o bien algunos salieron de la tierra, de las cuevas, mientras que otros son árboles y fieras del lugar convertidas en gente: su elite gobernante desciende de seres supranaturales que moran entre las nubes y que a su muerte volverán a tal estado de existencia.

La gente como yo, que no somos élite venida del cielo, “los que no hemos venido de ninguna otra parte”, “los que siempre hemos estado”, también puede ascender a las nubes a su muerte si hace de La Guelaguetza una forma de vida, es decir, si vivimos en oblación, dándonos siempre a los demás, vaciándonos constantemente para recibir la donación de los otros: esto nos enseña la festividad zapoteca y así lo recuerda anualmente el maestro de ceremonias al inaugurar los festejos diciendo en su lengua lo que castellanizado se traduciría como “Nuestros antepasados tenían la costumbre de hablar con el Monte Xinadjo y llevaban sus regalos (su guelaguetza) para el monte”. Llevemos los nuestros a los montes hogareños donde se asientas las casas de cada uno de nuestros hermanos mexicanos.

La degüinemica de los ópatas sonorenses

 A tres mil kilómetros de distancia geográfica, por diferentes motivos y en distintos tiempos, se da una expresión existencial casi idéntica a la guelaguetza zapoteca en su esencia y sus liturgias sociales, en lo que a la amistad se refiere.

Tanto por la similitud de rituales como por la importancia que tiene comprender la trascendencia de tan distantes ceremoniales necesito contarles una característica cultural de los ópatas que siempre he admirado y que explica el antecedente ontológico de la lealtad y camaradería del sonorense para con sus coterráneos; lo que también explica, por supuesto, la espontánea facilidad que tienen los sonorenses para entablar y mantener relaciones amistosas perdurables y muy estables y cohesionadas relaciones familiares.

La amistad para los ópatas es de valor tan supremo que emociona y compele a contárselo a todos. Le conceden a la amistad y a los amigos una trascendencia y una importancia tan notables que consagraron el ritual del entablamento de amistades en una de sus fiestas colectivas más importantes: La Degüinemica, voz ópata que significa dame y te daré.

Consiste en un baile simbólico de la tribu que anualmente recuerda la conquista y las paces concertadas con los españoles. Hombres y mujeres aprovechan la festividad para crear un vínculo amistoso imperecedero. En la reunión, un individuo de cualquiera de los sexos baila frente a una determinada persona, de cualquier sexo, por la cual siente predilección, haciéndole o prometiéndole algún presente de valor, según la condición de quien efectúa el regalo o hace la promesa.

Después de bailarle por horas, el oferente abraza a la persona que ha sido objeto de la distinción y le invita a bailar o a dar vueltas al compás del canto o del son que ameniza la fiesta. Así queda celebrado un trato de amistad y alianza inquebrantable que no se rompe sino con la muerte.

No se trata de cortejos sexuales. Son alianzas de amistad entre individuos del mismo sexo o individuos de sexo diferente. Son muy otros los rituales del cortejo con intenciones o intereses matrimoniales. Estos últimos se hacen en privado y no requieren ni de la sanción comunitaria ni del fastuoso marco de la mayor festividad anual de la tribu.

A los copartícipes del ritual de amistad, durante la degüinemica, se les llama noreguas, es decir amigos en el sentido más generoso de la palabra. El ópata abandona todo cuanto tiene, antes que violar las tácitas capitulaciones de consideración recíproca que se han establecido entre él o ella y sus noreguas. Por su noregua hace el ópata, espontáneamente, todo género de esfuerzos y aún sacrificios por servirle y protegerle.

Quién fue objeto de la demostración de interés en una amistad durante la degüinemica, al año siguiente durante la festividad invierte los papeles y es él o ella quien después de bailarle por horas y abrazar a su noregua, le invita a bailar o a dar vueltas al compás del canto o del son que ameniza la fiesta para quedar con ello ratificado el trato de amistad y la alianza inquebrantable hasta la muerte.

Sólo es permitido tener un solo o una sola noregua durante la degüinemica, para que puedan dedicarse los noreguas por dos años, a consolidar su amistad entre ellos antes de hacer nuevas amistades.

Si consideramos que el promedio de vida de los ópatas es de noventa años y que la comunidad tribal les permite celebrar alianzas de amistad desde los ocho años, los ópatas llegan a tener cuarenta amigos durante su vida: muchos más de lo que somos hoy capaces de tener durante nuestras existencias.

La degüinemica es una hermosa y emblemática fiesta que interpreta la fidelidad mutua como el cimiento de la exquisita civilidad ópata. Visitaré cada una de las familias mexicanas, sin distinción alguna, y no te extrañe si me ves bailándole a todos y cada uno de los tuyos, comenzando por ti.

Y si aceptas a lo sonorense ser mi noregua y lo hacemos a lo zapoteca en calidad de guelaguetza, a lo mejor recordamos cómo se es ser mexicano, o aprendemos al menos a ser cristianos… o al menos nos regalamos el enorme placer de tratarnos y querernos como hermanos.

 

Alfonso de la Torre

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