Historias de la Metrópoli

«No uso cubrebocas porque me sofoco»: la «nueva» normalidad en las calles de Querétaro

Crónica: Jesús Arriaga/EnLaLupa.com

Fotos: César Gómez Reyna

Entre el semáforo rojo del gobierno federal y el naranja del estatal, las calles de la ciudad de Querétaro continúan inmersas en la «nueva» normalidad: los negocios permanecen abiertos, la gente se ha relajado y pasea en buen número por calles y avenidas, algunos con cubrebocas, otros sin él, a pesar de las invitaciones de las autoridades a usarlo; no obstante, los exhortos a quedarse en casa, a salir a lo más indispensable, a evitar los contagios.

Como esa pareja joven, con un bebé de brazos. Ella usa cubrebocas, él y el menor, no. También las dos mujeres que rebasan la quinta década de vida y que caminan lentamente, viendo los aparadores en la calle de Corregidora sin cubrebocas y sin conservar la sana distancia.

En el mirador de Los Arcos la gente se reúne. Algunos sí llevan cubrebocas. Muchos otros no. Se juntan en grupos de amigos. Son jóvenes en su mayoría, confían en sus sistemas inmunológicos, a pesar de que muchos de los contagios de SARS CoV-2 se presentan también en adultos de menos de 30 años.

Hablan por teléfono, se toman selfies, ríen, conversan, se abrazan, aun con las advertencias de mantener una distancia de seguridad. La incredulidad de algunos, de creer en teorías conspirativas, o simplemente las ganas de salir a «estirar las piernas» los lleva a las calles.

Para los comerciantes eso es bueno. Tienen meses de «vacas flacas». Ver y tener a la gente en la calle, potenciales clientes, los anima. Cumplen en su mayoría con las medidas sanitarias, para no ser clausurados y multados por la autoridad.

Piden a los clientes que usen cubrebocas al ingresar a los negocios, aunque afuera muchas personas no los usan adecuadamente. Los llevan en el cuello, o mal colocados. «Es que me sofoco, joven», dice una mujer de unos 65 años, quien lleva su cubrebocas en la garganta. Ríe ante su respuesta, como si fuera una gracia.

«Hay gente muy enferma», le dicen. Responde que «ya les tocaba. Que ni modo, que todos tienen que morir algún día. Para eso nacimos, para morir».

Frente al Panteón de los Queretanos Ilustres los puestos de artesanías son visitados por los paseantes. En algunos de ellos hay familias enteras. Unas venden, otras compran. Las y los artesanos tienen que salir a la calle a vender. No tienen con quien dejar a los niños en casa, así que también están en los puestos. Es su realidad: no se vende, no hay dinero.

El panteón permanece cerrado. A pesar de ello, la cantidad de personas que se reúne ahí es importante.

Conforme se adentra en las calles del primer cuadro queretano el número de personas aumenta. Dependientes de negocios anuncian sus productos, el olor de la comida en los restaurantes invita a pasar a sentarse a comer. Las medidas de sanidad en los negocios de este giro son más estrictas: acceso limitado y servicio para llevar.

Han sido muchas semanas de encierro, de claustro en casa, viendo al mundo a través de una ventana, o en las redes sociales, donde los amigos, familiares o conocidos presumen las fotografías de sus paseos y reuniones ¿Por qué no salir entonces? ¿Por qué permanecer encerrados? ¿Por qué no salir a dar “una vuelta”, a pesar de los más de 40 nuevos casos de Covid-19 que reportan en promedio diariamente las autoridades de salud en el estado?

Los templos de la ciudad permanecen abiertos. No hay servicios religiosos, pero la gente entra a rezar por unos minutos. La fe, para muchos, es algo importante.

Los autos estacionados en las calles sirven como parámetro para conocer cuántas personas están en el centro. No hay lugares para dejar el auto, a menos que sea en alguno de los estacionamientos del centro.

Jardines como en Zenea o el Guerrero también son puntos de reunión de las familias que salen a pasear. “Los niños ya estaban aburridos. Para ellos es más difícil”, argumentan muchas madres y padres de familia, quienes sacan a pasear a sus hijos.

La falta de costumbre o la distracción de volver a la calle provoca que las recomendaciones de las autoridades de salud no se acaten. En las filas para los cajeros automáticos se olvidan de la sana distancia, no falta quien encienda un cigarrillo, o se quite el cubrebocas para hablar por teléfono, o que incluso estornude sin cubrirse la boca.

Para quienes tienen que salir a ganarse la vida, como vendedores de artesanías, empleados de comercios, meseros, personal de limpia, no hay otra opción que estar en la calle.

“Qué más quisiera que quedarme en mi casa con mis hijas y mi esposo”, dice una trabajadora de limpia que omite su nombre. “Hay que trabajar y ni modo. Ya si agarramos el coronavirus, ni modo. A nosotros nadie nos dirá héroes porque no estamos salvando vidas. Si nos enfermamos y morimos dirán que fue por tarugas”.

En las calles se viven dos realidades: la de quienes aburridos del confinamiento salen a pasear “nada más un ratito” que se convierte en horas, y la de quienes tienen que estar en la calle para trabajar, aunque quisieran estar en sus casas a salvo de la pandemia.

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