Andrés Garrido del Toral - Memorias Peregrinas

El Querétaro intervenido (I) – Andrés Garrido del Toral

Uno de los capítulos más injustos en nuestra sufrida historia como na­ción fue la Segunda Intervención Francesa –la primera fue la Gue­rra de los Pasteles en 1836-1837– que nos provocó sangre, sudor, lá­grimas y muerte desde 1862 hasta 1867. Los queretanos fuimos parti­darios de Maximiliano pero no del imperio franchute, porque al decir de los historiadores los franceses se portaron muy mal con la gen­te de esta tierra queretana cuan­do entraron allá por noviembre de 1863, en un exceso de violaciones, saqueos, fusilamientos sin juicio previo, despojo de viviendas, ro­bo de ganado y siembras etcétera.

Había terminado la Guerra de Reforma en Calpulalpan, en di­ciembre de 1860, y Miramón se refugió en Cuba. El extraordina­rio guerrero había ganado todas las batallas pero perdió la guerra, precisamente ese 22 de diciembre en Calpulalpan.

Los liberales ganaron esa gue­rra reformista con una minoría ac­tiva, y los conservadores la perdie­ron con una mayoría inerte.

Eso sí, el triunfo liberal no re­solvía inmediatamente los gran­des problemas de México: de los 22 millones que el gobierno jua­rista pretendía recibir por la ven­ta de los bienes de la Iglesia católi­ca, solamente llegaron a la hacien­da pública 6 millones.

Juárez parecía dotado de pode­res sobrenaturales al no ser ratifi­cado el Tratado de McLean Ocam­po con Estados Unidos por la lle­gada de la Guerra de Secesión.

Decretó la suspensión de pagos por dos años de la deuda externa el 17 de julio de 1861. El Congreso de la Unión discutió este decreto en el mayor sigilo. Los diplomá­ticos se enteraron de tal decisión hasta ese día.

Dicho decreto fue una virtual declaración de quiebra, pero sobre todo fue un fuego junto a un depó­sito de explosivos. Guillermo Prie­to era el secretario de Hacienda.

Juárez no podía dar marcha atrás y al despilfarro de lo obtenido por la venta de bienes clericales su­mó préstamos forzosos, aunados a bandolerismo, guerrillas, mexi­canos en cortes europeas y Guerra de Secesión. Su ángel guardián era el Estados Unidos federalista.

51 diputados federales pidie­ron la renuncia del presidente Juá­rez, liderados por el famoso liberal Manuel M. Altamirano. Nunca en la Historia de México se juntaron en tan breve lapso un mayor nú­mero de condiciones favorables para el derrocamiento de un pre­sidente de la República.

Al perder los federalistas nor­teamericanos la batalla de Bull Run el 21 de julio de 1861 se deci­dió la intervención extranjera con­tra México.

El 31 de octubre de 1861 se fir­mó la Convención de Londres pa­ra intervenir en México, pero sin menoscabar el derecho del pueblo mexicano a elegir y constituir li­bremente su forma de gobierno.

Regla de Tres según Fuentes Mares: Inglaterra podía y no que­ría; España quería y no podía; Francia podía y quería.

Las reclamaciones de los inver­sionistas eran tres millones de Pa­rís; diez millones de Madrid y se­tenta millones de Londres.

Los liberales mexicanos ama­ban a Francia por sus libertades y odiaban a España, por la conquis­ta. España se portó mejor con no­sotros que Francia en el siglo XIX.

Importancia del Tratado Wyke- Zamacona.

Las naves españoles llegaron a Veracruz en diciembre de 1861, mientras que las inglesas y france­sas lo hicieron en enero de 1862.

Los altos comisionados de las tres naciones intervencionis­tas fueron General Prim Conde de Reus (España), Juren de la Gra­viere y Dubois Saligny (Francia) y Charles Wyke (Inglaterra).

Los conservadores no querían ver a los aliados extranjeros tan desinteresados en los asuntos in­ternos de México y los liberales no los querían de ningún modo. Los discursos de España e Inglaterra no eran agresivos: parecían ser­mones presbiterianos según Fuen­tes Mares.

Los diplomáticos le tenían más miedo al vómito negro que a la sol­dadesca juarista.

Los preliminares de La Sole­dad y Manuel Doblado, Ministro de Relaciones Exteriores juarista

Francia contaba en ese mo­mento con tres mil soldados; Es­paña con seis mil e Inglaterra con ochocientos nada más. Juárez los dejó avanzar hasta Córdoba, Ori­zaba y Tehuacán en un acto de buena fe.

España e Inglaterra se retiran pero Francia rompe la alianza tri­partita y rompe relaciones con México el 9 de abril de 1862, lle­gando con su ejército hasta Acultzingo teniendo como objetivo Puebla de los Ángeles.

El general Lorencez venía acompañado del mexicano hijo de Morelos, Juan N. Almonte. En París le habían dicho a Lorencez que los conservadores poblanos lo recibirían con arcos de triunfo y una lluvia de flores, pero nadie le dijo que lo esperaba ya el general Ignacio Zaragoza con el Ejército de Oriente.

Juan N. Almonte aconsejó a Lorencez atacar Puebla por el con­vento de El Carmen y éste resolvió atacar frontalmente por los fuertes de Loreto y de Guadalupe. Salig­ny había descrito a Lorencez como “un imbécil además de petulante”, como era todo francés parisino se­gún José Fuentes Mares.

La batalla por Puebla inició con el ataque galo a las nueve de la ma­ñana ese 5 de mayo de 1862, ter­minando al atardecer que se retiró del combate con la derrota a cues­tas el mejor ejército del mundo mundial, dirían mis fans en Face­book, Norma Elvira Trejo y Mag­dis Cabrera.

“La petulancia le ha causado más víctimas mortales a Francia que el ejército alemán en las dos guerras mundiales”, según Fuen­tes Mares.

Los mexicanos se apuntaron la primera y única victoria en gue­rra extranjera, la otra sería en 2018 contra Alemania 1-0 en el Mundial de Futbol de Rusia.

Napoleón III suspendió fiestas, banquetes, bailes y cacerías al sa­ber la noticia de Puebla, quitándo­se y poniéndose nerviosamente y con rabia su anillo nupcial, en una forma inconsciente o consciente de repudiar a su esposa Eugenia de Montijo, a quien cargaba la res­ponsabilidad de ser la iniciadora de la aventura mexicana.

Después de la derrota del 5 de mayo de 1862 en Puebla, Napo­león El Pequeño no podía retro­ceder y no retrocedió: relevó del mando a Lorencez y nombró en su lugar al general Elie Forey, llama­do “El Héroe de Italia”, quien vi­no acompañado de cincuenta mil soldados.

El 17 de mayo de 1863 sucum­bió Puebla tras un sitio de sesenta y tres días, disolviéndose el Ejér­cito de Oriente al mando de Jesús González Ortega ya que Zaragoza murió de tifo en medio de grandes diarreas un año antes.

Jesús González Ortega, Héroe de la Reforma en la batalla decisi­va de Calpulapan, en lugar de reti­rarse en plena batalla poblana ca­pituló y abrió las puertas de la ca­pital a los franceses, que entraron a ella el 10 de junio de 1863. Por­firio Díaz y otros grandes genera­les fueron presos y muchos deste­rrados a Francia. Porfirio escapó afortunadamente.

“Jamás sabremos de dónde sa­lieron tantos bellacos a recibir a los vencedores franceses. No se había visto nada igual desde la entrada de Iturbide el 27 de septiembre de 1821”. José Fuentes Mares.

Lo mismo digo yo cada vez que gana un candidato a gobernador o a presidente de la República. La ti­ranía de las mayorías ignorantes.

Les vendo un puerco chaque­tero y bellaco.

Andrés Garrido del Toral

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